"Es más probable que las propuestas de solución sean aceptadas cuando provienen de alguien que no es una de las partes en conflicto que cuando provienen de un rival", considera Kahhat. Ilustración: Giovanni Tazza
"Es más probable que las propuestas de solución sean aceptadas cuando provienen de alguien que no es una de las partes en conflicto que cuando provienen de un rival", considera Kahhat. Ilustración: Giovanni Tazza
Farid Kahhat

Analista internacional

fkahhat@comercio.com.pe

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En un artículo anterior hablamos sobre los sesgos psicológicos que restringen nuestra capacidad de tomar decisiones racionales y que, aplicados al estudio de la economía, le valieron el Premio Nobel a Daniel Kahneman. Uno de esos sesgos es la denominada “devaluación reactiva”, según la cual no solemos evaluar las propuestas de quien percibimos como un rival con base en su contenido, sino con base en la identidad de quien la formula. Es decir, lo que se propone importa menos que quién lo propone.

En ocasiones ese escepticismo puede ser el resultado racional de experiencias previas, pero en otras es el mero producto de una reacción inconsciente. Kahneman, un judío que posee tanto la nacionalidad israelí como la estadounidense, menciona dos ejemplos cercanos a su experiencia personal.

El primero es un experimento en el que grupos de judíos israelíes expresan una opinión menos favorable hacia un plan de paz cuando se les dice que fue propuesto por los palestinos que cuando se les dice que fue propuesto por su gobierno (que es quien, en realidad, lo propuso). El segundo es un experimento en el que ciudadanos estadounidenses proisraelíes tienden a considerar un hipotético plan de paz sesgado cuando es atribuido a los palestinos, pero son más proclives a considerarlo justo cuando su autoría es atribuida a israelíes.

Si lee con regularidad esta columna, sabrá que hace tres semanas la misma versó sobre el hecho de que, en la comunidad internacional, . Hace dos semanas escribí sobre los riesgos que implica a través de una asamblea constituyente. Y la semana pasada argumenté que no era verosímil la acusación esgrimida por fujimoristas como Fernando Rospigliosi, según la cual el resultado electoral en el Perú se debería (al menos en parte) a la acción en nuestro país del régimen venezolano.

Paradójicamente, por la segunda columna fui acusado de connivencia con la derecha golpista, mientras que por la primera y la tercera fui acusado de connivencia con la izquierda radical. Comprenderá el lector que no puedo hacer ambas cosas a la vez sin violar el principio lógico de no contradicción. Y, de cualquier modo, mi motivación importa poco: si lo que digo es verdad, depende de si se atiene a los hechos, no de lo que me motiva a decirlo.

Pero la polarización política nos hace más proclives a la devaluación reactiva. Es decir, a juzgar lo que se dice no por su contenido, sino por las motivaciones que atribuimos a quien lo dice. Es una polarización comprensible bajo circunstancias que propiciaron la movilización de las mayores fuerzas políticas de nuestro país: el anticomunismo y el antifujimorismo. Pero recordemos que la gran mayoría de peruanos no votamos en primera vuelta por los candidatos que pasaron a la segunda, y que los partidos que los postularon están acusados ambos de albergar una organización criminal: considere eso antes de respaldar sin dudarlo su versión de los hechos o descalificar a otros solo porque no comparten sus opiniones políticas.

Precisamente por fenómenos como la devaluación reactiva suele ser tan importante la mediación para dirimir conflictos políticos: es más probable que las propuestas de solución sean aceptadas cuando provienen de alguien que no es una de las partes en conflicto que cuando provienen de un rival. E, inversamente, cuando prevalece la polarización se hace menos probable que los conflictos políticos se resuelvan mediante acuerdos.

El punto no es que esos acuerdos prescindan de consideraciones políticas: reflejando su poderío relativo, una de las partes podría obtener más de esos acuerdos que la otra. El punto es que, en ausencia de acuerdos, el único medio supérstite para resolver esos conflictos sería la fuerza.

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