El aumento en las tarifas del transporte público en Santiago de Chile detonó el descontento social y desató violentas protestas callejeras desde hace ocho días en varias ciudades del país. (Foto: AFP)
El aumento en las tarifas del transporte público en Santiago de Chile detonó el descontento social y desató violentas protestas callejeras desde hace ocho días en varias ciudades del país. (Foto: AFP)
Renzo Giner Vásquez

Miles de indignados tomando las calles de su ciudad, saqueos a comercios e incendios provocados por grupos iracundos, frases y carteles creativos de grupos más pacíficos, además de una fuerte represión policial o militar.

Hong Kong, Cataluña, Líbano, Ecuador, o ; elija el lugar que quiera, la escena será la misma. Y si bien las razones detrás de cada protesta varían caso por caso, algunos elementos se repiten sin importar la distancia geográfica.

El gran León Tolstói en su novela ‘Ana Karenina’ comienza diciendo que ‘todas las familias felices son felices igualmente, pero cada familia infeliz es infeliz a su manera’. Estas protestas son todas iguales en apariencia, pero en el fondo tienen raíces diferentes”, explica a El Comercio el distinguido escritor, laureado periodista y reconocido analista venezolano Moisés Naím.

—Las causas son distintas, pero ¿se puede hablar de algún tipo de efecto en cadena en las protestas sudamericanas?

El gran debate de hoy en Latinoamérica es si son un contagio o una conspiración. Nicolás Maduro dio claramente la señal de que era una conspiración, que el Foro de Sao Paulo había hecho un plan y que lo estaban ejecutando tal como lo habían pensado. Eso es muy poco creíble… No es creíble que hayan sido ellos quienes dispararon todas estas protestas a la vez en diferentes países. Cada uno las tuvo en sus propias circunstancias, pero no hay dudas de que una vez que cogieron vuelo, los gobiernos de Cuba, Venezuela y otros aliados mandaron a sus agentes secretos.

—¿Y los que creen en el contagio?

Creo que el contagio es importante, hay algo llamado el ‘efecto demostración’, que es el que tiene sobre la conducta humana ver cómo otros hacen ciertas cosas y qué consecuencias tienen. Eso motiva a que la gente imite y replique dicha conducta. Creo que hubo contagio, que hubo un ‘efecto demostración’ global porque vieron lo que pasaba en Barcelona, en Beirut, en Hong Kong. Yo no comparto que haya una gran conspiración inicial, creo más bien que hubo una ebullición espontánea, pero que una vez que las protestas tomaron fuerza, agentes cubanos, venezolanos y otros mercenarios contribuyeron.

Las movilizaciones en Hong Kong comenzaron en junio. (Foto: Bloomberg)
Las movilizaciones en Hong Kong comenzaron en junio. (Foto: Bloomberg)

—¿Qué lo lleva a asegurar la presencia de esos agentes?

El secretario general de la OEA, Luis Almagro, que es una persona muy seria y que tiene acceso a información de todos los gobiernos, lo dijo. También lo ha señalado el ministro de RR.EE. de Argentina, Jorge Faurie, que también es una persona con gran credibilidad. Ellos tienen acceso a informaciones. Por otro lado, uno pensaría por qué no, es una manera muy barata para esos gobiernos de crear confusión, caos y convulsiones en la región. Lo que quiero decir es que los incentivos estaban ahí: alto impacto y bajo costo, una gran oportunidad.

—En los casos de Chile y Ecuador las manifestaciones empezaron con un pedido puntual y luego se amplió la lista de exigencias. Además, no tienen un solo líder, sino que parece un descontento transversal a la sociedad.

Ahí hay tres temas muy válidos. El primero es que estas protestas –no solo en América Latina, sino en Francia, Beirut, Iraq, Barcelona o Hong Kong– empiezan como eventos muy concretos, pero cuando tienen éxito los manifestantes aumentan sus reclamos. La segunda observación es que su inicio es bastante autoorganizado, no hay líderes visibles. No existe un Hugo Chávez dando un golpe de Estado. No hay un líder carismático que dirige a los demás, hay muchas cabezas; es una organización muy poco estructurada y que se articula a través de redes sociales.

—¿Y el tercer tema?

Son las causas más profundas. Tiene que ver con que América Latina tiene la clase media más numerosa de su historia. No es como la clase media de Suecia o Suiza, pero sí tiene más poder de compra. Esa clase media, que se originó con el aumento de los ‘commodities’ a inicios de este siglo, lucha desesperadamente por no volver a la pobreza. Y tiene expectativas muy justificadas de mejores servicios públicos, que en Latinoamérica son un desastre: la seguridad ciudadana, el transporte, la salud y la educación.

—En una entrevista con el diario chileno “La Tercera” dijo que esa falta de un líder único era la causa de que los gobiernos no sepan con quién negociar...

Claro. Inclusive las peticiones terminan siendo algo nebulosas. Si en Chile preguntan quién organizó esto, no hay quien diga yo, tampoco lo hay en Hong Kong. De hecho, un alto funcionario prochino dijo que le gustaría sentarse a negociar, pero no sabía con quién tomar asiento o si al hacerlo con alguien este representaba a todos los que estaban en la calle. Ese es uno de los problemas que tienen los gobiernos que enfrentan este tipo de manifestaciones.

La protesta estudiantil iniciada hace una semana contra el aumento del metro de Santiago derivó en una crisis social en Chile. (Foto: AFP)
La protesta estudiantil iniciada hace una semana contra el aumento del metro de Santiago derivó en una crisis social en Chile. (Foto: AFP)

—¿Cuál sería el lado positivo de este tipo de manifestaciones?

En el fondo todo esto tiene mucho que ver con el fracaso de los partidos políticos. En el pasado, estas quejas se canalizaban a través de los partidos, que luego iban a las calles. Pero a medida que las agrupaciones políticas fueron perdiendo atractivo, la capacidad de competir por el entusiasmo de los jóvenes, de las nuevas clases medias, de los grupos profesionales, la gente dejó de creer en ellos. Entonces, las protestas callejeras que no son violentas, las de gente con cacerolas haciendo ruido y alzando su voz, son una manera de que la ciudadanía recupere la voz que antes tenían a través de otros organismos como los partidos. No quiero dar a entender que los partidos eran maravillosos, pues no, eran muy defectuosos y por eso perdieron la relevancia.

—Chile era tomado como un ejemplo de estabilidad, pero bastó raspar un poco para tener más de una semana de protestas. ¿Era posible anticipar esta situación?

Es muy fácil pronosticar al día siguiente cuál fue el resultado del juego de fútbol. Creo que nadie lo vio. El Gobierno ciertamente no lo vio, las élites empresariales, intelectuales, mediáticas y políticas chilenas tampoco vieron el grado de sufrimiento, desigualdad, injusticia y la rabia que eso causaba en la población.

—Ahora, teniendo el ejemplo de Chile y Ecuador, ¿ve que otros países de la región reúnen las mismas condiciones?

El caldo de cultivo está ahí. Es fácil pronosticar que veremos protestas en otro país, lo que es imposible de pronosticar es cuándo, ni cuál será el detonante.

—Mañana hay elecciones en Argentina y todo parece indicar que Cristina Fernández de Kirchner, esta vez como vicepresidenta, volvería al poder. ¿Qué opina de eso?

Yo no sé más de lo que dicen las encuestas. Yo las leo con bastante cuidado y todo parece indicar que el candidato Fernández le ganaría a Macri. Ahora bien, Argentina siempre nos ha dado muchas sorpresas y esta vez podría darnos otra. Pero por el momento todo apunta a que Fernández y Fernández de Kirchner serán los próximos presidente y vicepresidenta. Aguardemos a ver qué pasa.

PERFIL

Moisés Naím

(Foto: Lino Chipana / El Comercio)
(Foto: Lino Chipana / El Comercio)

Nacionalidad: Venezolana

Profesión: Periodista, escritor y analista

Trayectoria: Ganador del premio Ortega y Gasset en el 2011, miembro distinguido del Carnegie Endowment for International Peace, autor de más de 10 libros y fundador del G50, director y presentador del programa “Efecto Naím”, entre otras distinciones.