Aung San Suu Kyi rodeada de simpatizantes y reporteros. Fotografía de archivo, tomada en noviembre del 2015. REUTERS
Aung San Suu Kyi rodeada de simpatizantes y reporteros. Fotografía de archivo, tomada en noviembre del 2015. REUTERS
/ Jorge Silva
Redacción EC

Hay una gran diferencia entre ser activista y reclamar las malas decisiones del gobierno, y otra estar en el gobierno y querer seguir siendo activista. En el caso de y , los encontrones se hicieron evidentes.

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Porque el reciente golpe de Estado en Birmania, y el consecuente arresto de la lideresa –que fungía de consejera– y del presidente Win Myintial, pueden ser producto de dicha inconsistencia y del miedo que generó en los sectores más conservadores.

Ni hablar por supuesto de que los militares que dominan constitucionalmente Birmania siempre miraron mal que una mujer divorciada y con hijos extranjeros sea quien mande en el país.

Pero el descrédito es algo que Aung San Suu Kyi viene arrastrando desde hace algunos años. La mujer que ganó el Premio Nobel de la Paz (1991) y fue retratada por una canción de la banda U2 (“Walk On”), jamás pudo conciliar la prédica con su gobierno.

A finales del 2019, ella compareció frente a la Corte Internacional de Justicia de la Haya. ¿Qué tenía que decir frente a la limpieza étnica que se sucedió en Birmania bajo su mandato? ¿Cómo era posible que una Nobel de la Paz no hiciera nada al respecto?

Dos años antes, el ejército birmano había asesinado a miles de rohingyas –minoría étnica de musulmanes que durante décadas han sufrido constante hostigamiento y son considerados ilegales en Birmania– y quemado sus casas y pertenencias.

La lideresa tenía las manos atadas.

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El ejército no es libre para violar y torturar, pero sí puede ir y pelear, porque, tal como se anota en la Constitución, las cuestiones militares son resueltas por el ejército. Eso es algo que estamos tratando de cambiar, hemos sido claros al respecto”, se excusó.

Así como la Corte de la Haya, otras organizaciones también cuestionaron a Aung San Suu Kyi. La Universidad de Oxford le retiró el Premio de la Libertad, mientras que el Museo del Holocausto de EE.UU. hizo lo mismo con el Premio Elie Wiesel.

Amnistía Internacional también le quitó el galardón de Embajadora de Conciencia (por su “vergonzosa traición de los valores que alguna vez defendió y porque ya no representa un símbolo de esperanza, valentía y defensa de los derechos humanos”).

Entre tanto, la activista Malala Yousafzai y más personas pidieron que se le retire el Premio Nobel de la Paz, pero eso nunca pasará. Aung San Suu Kyi todavía sigue siendo Nobel porque el galardón no se puede quitar una vez entregado.

Y, ahora, el crédito de Aung San Suu Kyi parece haberse acabado. Las Fuerzas Armadas birmanas acaban de retomar el poder que perdieron en las urnas, pero que en el hecho (y amparados por la Constitución) todavía conservaban.

¿Cuál puede haber sido la razón la razón para este golpe de Estado? Los militares acusan fraude electoral –en un país en el que los poderes del Estado son dominados por los militares, la Liga Nacional para la Democracia (de Win Myintial y Aung San Suu Kyi) ganó con gran margen– y el posible cambio de la Constitución.

Los golpistas aducen que era necesario devolver el orden al país.

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