Soldados iraquíes en Mosul levantan una gran bandera negra del grupo yihadista en la mano, al revés como símbolo de derrota. (Foto: AFP)
Soldados iraquíes en Mosul levantan una gran bandera negra del grupo yihadista en la mano, al revés como símbolo de derrota. (Foto: AFP)
Farid Kahhat

Analista internacional

fkahhat@comercio.com.pe

El objetivo fundamental de la intervención militar estadounidense en Siria es derrotar al autodenominado Estado Islámico. Dado que no consideran que los represente (después de todo la gran mayoría de sus víctimas son otros musulmanes), en Medio Oriente esa organización es conocida por su acrónimo árabe Dáesh, el cual a su vez es similar a la palabra árabe para designar el acto de aplastar algo con el pie.

Las circunstancias en el campo de batalla están ad portas de materializar ese simbolismo: Dáesh está a punto de perder su último bastión en Mosul (la ciudad más grande que haya controlado), y comenzó ya el asalto sobre Raqqa (a la cual considera su capital). Volvamos ahora a la forma en la que se autodenomina el Dáesh: Estado Islámico. Al margen de cualquier otra consideración (como el reconocimiento bajo el derecho internacional), Dáesh cumplía con una condición fundamental para hacer verosímil su pretensión de constituir un Estado: ejercía control militar sobre un extenso territorio, y ejercía el gobierno sobre la población y los recursos que se encontraban dentro de él.

Cuando en el título nos referimos a la virtual derrota de Dáesh, es precisamente porque la pretensión de constituir un Estado con un ejército regular que libra una guerra convencional está a punto de desaparecer. Lo cual no implica que desaparezca Dáesh, sino que volverá a la clandestinidad como una organización que, antes de librar combates regulares, se concentrará en el empleo del terrorismo como táctica.

Y el posible incremento de la violencia terrorista que ejerce Dáesh es la primera de las malas noticias. De hecho, a diferencia de Al Qaeda, en un momento dado la mayoría de los militantes armados de Dáesh en Siria e Iraq provenían de otros países. Eso es importante porque desde el 2014 Dáesh realiza invocaciones públicas para que quienes comparten su ideario perpetren atentados terroristas en Europa y Estados Unidos, en represalia por los bombardeos que una coalición liderada por este último país realiza contra las ciudades que solían controlar (produciendo también ingentes bajas civiles de las que apenas oímos hablar). Y es probable que, ante su inminente derrota en Siria e Iraq, parte de los reclutas occidentales hayan regresado ya a sus países de origen o estén intentado hacerlo.

La segunda mala noticia es que, como suele ocurrir ante la victoria de una coalición a la que solo une el enemigo común, se acerca el momento de dirimir cuál de los victoriosos habrá de controlar los territorios y recursos, y a las personas que abandone Dáesh. Los recientes derribos de aviones sirios por parte de fuerzas  estadounidenses nos recuerdan que esas diferencias no siempre se dirimen mediante una negociación. La secuencia de los hechos es sintomática. Dado que Estados Unidos decidió que no expondría a sus propios soldados para capturar Raqqa, buscaron un aliado local.

Aunque rebautizado para ocultar su identidad, ese aliado local es una milicia Kurda a la que Turquía considera la rama siria del Partido de los Trabajadores del Kurdistán, su enemigo mortal. Por eso no paró mientes en bombardear sus huestes, hasta que Estados Unidos decidió colocar fuerzas especiales sobre el terreno para disuadir a Turquía. Pero las tropas estadounidenses que protegen a las milicias kurdas también requieren protección, todo lo cual explica esos derribos.

Lamentablemente es temprano aún para cantar victoria.

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