(Foto: AP)
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Farid Kahhat

Analista internacional

fkahhat@comercio.com.pe

Según los expertos, los grupos de extrema derecha en tienden a crecer durante gobiernos demócratas y a declinar durante gobiernos republicanos. En ese sentido, lo que ocurre bajo la administración de sería una anomalía.

Por ejemplo, tan solo en una semana se produjeron el asesinato de dos afroamericanos, el envío de explosivos a medios de comunicación y dirigentes demócratas, y el asesinato de once judíos estadounidenses en una sinagoga, todos ellos actos terroristas perpetrados por individuos de extrema derecha.

Más aun, según Jonathan Greenblatt, presidente de la Liga Antidifamación (organización judía estadounidense que registra y denuncia el antisemitismo y los crímenes de odio), en los últimos 25 años cerca del 80% de los asesinatos atribuibles a motivaciones extremistas fueron cometidos por supremacistas blancos. Si bien estos tienden a victimizar a integrantes de minorías étnicas en general, en años recientes sus principales víctimas han sido judíos y musulmanes. Según el FBI, en el 2016, los judíos fueron las víctimas en el 54% de crímenes de odio motivados por la religión. Los musulmanes, por su parte, fueron víctimas del 24% de esos crímenes.

En el caso específico del atacante de la sinagoga en Pittsburgh, Robert Bowers, la asociación entre ambos grupos fue absolutamente explícita: en redes sociales singularizó a la organización Sociedad Hebrea para la Ayuda al Inmigrante (cuyo lema es “Da la bienvenida al extraño, protege al refugiado”), como blanco de su ira. Una de las expresiones que reprodujo fue la siguiente: “¡Son los sucios y malvados judíos quienes traen a los sucios y malvados musulmanes a este país! ¡Primero detengan a los judíos y luego preocúpense por los musulmanes!”.

La asociación, por lo demás, no es nueva. Ya en el 2008 un estudio del Centro de Investigaciones PEW concluía respecto a Europa lo siguiente: “En general, existe una clara relación entre las actitudes antijudía y antimusulmana: el público que tiene una visión negativa de los judíos tiende a tener también una visión negativa de los musulmanes”.

Cabría hacer, sin embargo, una atingencia. Mientras el crecimiento en los ataques contra los musulmanes comienza con los atentados terroristas del 11 de setiembre del 2001, en el caso de los judíos el incremento es bastante reciente. Según la Liga Antidifamación, tras diez años de declive, los incidentes antisemitas crecieron en un 34% en el 2016 y en un 57% en el 2017. Es decir, coincidiendo con la campaña para las últimas elecciones generales y el primer año de la presidencia de Donald Trump.

Antes de concluir que existe una asociación entre ambos hechos, debiéramos recordar el lugar común según el cual correlación no equivale a causalidad. Pero hasta ahora Trump ha sido incapaz de distanciarse de los supremacistas blancos, entre los cuales recaba respaldo. Desde quien fuera líder del Ku Klux Klan, David Duke, hasta los manifestantes que, en Charlottesville, portaban símbolos nazis mientras coreaban “¡Los judíos no nos reemplazarán!”.

Además, claro, de que jamás mencionó la motivación tras el ataque en Pittsburgh (omisión que nunca comete cuando el atacante es un musulmán). Ello es en sí mismo deplorable, con prescindencia de si produce o no efectos ulteriores. Por eso dirigentes progresistas de la comunidad judía le enviaron una carta en la que le decían que no será bienvenido en Pittsburgh mientras no denuncie explícitamente a los supremacistas blancos.