Héctor López Aréstegui

A lo largo de su existencia desde su edificio primigenio construido por el emperador romano Constancio II (317 – 361), hasta la actualidad, la ha visto pasar a muchos gobernantes, revoluciones e invasiones que han sido hitos de la historia. Su estructura es testimonio de los aportes culturales de todo el mundo y de todas las épocas, tanto de Oriente como de Occidente, de la Antigüedad clásica pagana como del arte islámico y cristiano.

Por más de un milenio, la Hagia Sophia fue la sede del Patriarcado Ecuménico de Constantinopla. Allí eran coronados los emperadores bizantinos, los Césares de Oriente que nutrieron mil años más el legado greco–romano hasta fines de la Edad Media occidental.

La basílica era para Bizancio –junto al derecho romano codificado en el Corpus Iuris del emperador Justiniano (482-565)– uno de los cimientos de su aspiración de universalidad que Occidente hizo suyo tras la caída de Constantinopla en manos de los turcos otomanos el 29 de mayo de 1453. Asimismo, Oriente comparte esa herencia pues desde la Hagia Sophia partieron los misioneros que cristianizaron el mundo eslavo y le dotaron de una personalidad y cultura extraordinarias, cuyo máximo esplendor y riqueza vemos hoy en los ritos de la Iglesia Ortodoxa Rusa y su arte religioso.

Cuando Bizancio, la Segunda Roma, finalmente cayó en poder de los turcos otomanos en 1453, su conquistador Mehmed II (1432-1481) quedó deslumbrado por la belleza de sus mosaicos y ordenó que fueran respetados. Convertida en mezquita, sus sucesores la embellecieron y restauraron cuando lo precisaba. En octubre de 1918, cuando finalizaba la Primera Guerra Mundial y los turcos estaban alineados con los imperios derrotados, el gobierno dio órdenes de destruirla para que no cayera en manos de los aliados, en particular de los griegos. Los Sultanes turcos habían sido desde el siglo XVI califas del Islam, beneficiarios directos de la khotba, la plegaria donde se reconocía la lealtad de la comunidad a su autoridad política y religiosa. La derrota bélica tenía implicancias en su rol como jefes de los creyentes.

Así se realizó la primera oración del viernes durante la ceremonia de inauguración oficial de Santa Sofía como mezquita en Estambul. (Foto: EFE)
Así se realizó la primera oración del viernes durante la ceremonia de inauguración oficial de Santa Sofía como mezquita en Estambul. (Foto: EFE)

Entre 1919 y 1923 los turcos lucharon por preservar su existencia nacional. Las potencias victoriosas –Inglaterra, Francia, Italia y Grecia– discutieron el estatus político-territorial de su patria mientras mantenían una sombra del antiguo poder imperial, sostenida por las tropas aliadas de ocupación. La resistencia de Mustafa Kemal Ataturk (1881-1938) frustró la expansión griega en Asia Menor y forzó a las potencias aliadas a negociar un tratado de paz más favorable a Turquía, que se firmó en Lausana, Suiza, en 1923, sellado con un canje de población de millones de personas de ambas orillas del Mar de Mármara.

En diciembre del 2017, durante una visita oficial a Grecia, el presidente turco Recep Taypip Erdogan, echó sal a viejas heridas dejadas por la historia condenando el trato dado por el Estado griego a la minoría turca y juzgando necesaria la revisión del Tratado de Lausana. Estas declaraciones reavivaron en Grecia el recuerdo del desastre político-militar de Asia Menor de 1922 y el malestar por el estatus de la minúscula minoría griega de Estambul.

En este contexto político, la Hagia Sophia es el telón de fondo de las tensas relaciones greco-turcas. Convertida en museo en 1934 por órdenes del presidente Mustafa Kemal Ataturk, fue durante 86 años un símbolo de la aconfesionalidad del Estado turco y de la occidentalización de su sociedad. Erdogan, de filiación política islamista, dio gradualmente la espalda a la senda secular establecida por Ataturk en calidad de primer ministro (2002-2014) y luego de presidente desde el 2014.

Desde 1934, cuando Santa Sofía se transformó en museo, no se había realizado en su interior ninguna plegaria colectiva. (Foto: EFE)
Desde 1934, cuando Santa Sofía se transformó en museo, no se había realizado en su interior ninguna plegaria colectiva. (Foto: EFE)

Su rumbo político es el del neo-otomanismo, la doctrina según la cual Turquía debe ganar influencia en los países que estuvieron bajo el dominio otomano y reivindicar el Islam y el Califato como elementos de su identidad nacional. La reconversión de la Hagia Sophia de museo en mezquita es un acto político, la realización del sueño del poeta Ziya Gökalp (1875-1924): “Las mezquitas son nuestros cuarteles, las cúpulas nuestros cascos, los minaretes nuestras bayonetas y los creyentes nuestros soldados”. Recitar estos versos en 1998, cuando era alcalde de Estambul, le valieron a Erdogan una condena de diez meses de prisión al considerarse dicho acto un ataque a los principios laicos de la República turca.

Cabe recordar que la Hagia Sophia está protegida por la UNESCO desde 1985 y es de gran importancia simbólica para la Cristiandad oriental. No debe pues sorprendernos que el presidente ruso, Vladimir Putin, muy cercano actualmente a Erdogan, haya expresado su malestar por la decisión tomada por el gobierno turco. La razón es evidente: Rusia es la heredera espiritual y cultural de los bizantinos. Uno de los pilares de la política zarista del siglo XIX era la defensa de los santos lugares cristianos. Esperamos que, tal como se ha comprometido el gobierno turco, pueda resolverse el impase con el mayor respeto para los creyentes musulmanes y cristianos.

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