Anécdotas de los últimos cambios de mando en el Perú
Anécdotas de los últimos cambios de mando en el Perú
Juan Aurelio Arévalo

Jefe de Fidelización y Proyectos

jarevalom@comercio.com.pe

Ocho horas esperando que terminen de llegar tus invitados son suficientes para colmar la paciencia de cualquiera, más aun si eres el presidente de la República. El 27 de julio de 1985, la agenda del entonces presidente del Fernando Belaunde, indicaba que debía estar desde las 10 de la mañana hasta las tres de la tarde en el Grupo Aéreo N° 8 para recibir a los seis mandatarios que asistirían a la toma de mando de Alan García.


 
Pero nadie contó con que en pleno vuelo a Lima, la nave que trasladaba al presidente argentino Raúl Alfonsín, junto a su par uruguayo Julio María Sanguinetti, iba a recibir una amenaza de bomba y tendría que aterrizar de emergencia en Rosario. Nadie imaginó tampoco que el jet que trasladaba al mandatario boliviano Hernán Siles Zuazo presentaría una falla técnica veinte minutos después de despegar y lo mandaría de regreso a La Paz.
 
Cuando finalmente llegaron, surgió otro problema. La alfombra que señalaba el recorrido de las autoridades no dejaba de serpentear por fuertes ráfagas de viento. Incluso en pleno himno uruguayo, las partituras de varios músicos se fueron volando.
 
El traslado de las delegaciones fue aun más llamativo. Consciente del peligro del terrorismo (ese mismo día estalló un coche bomba en las inmediaciones del Comando Conjunto), Alfonsín llegó con 40 guardaespaldas y un auto negro totalmente blindado. Cientos de miembros de la Guardia Civil y la PIP estuvieron emplazados en una ruta de veinte kilómetros hasta el hotel Bolívar, donde se alojaron los invitados. A falta de rejas, los agentes bloquearon las calles aledañas al trayecto con piedras y llantas.
 
--- Mi día de gloria --- 
 
Al día siguiente, un treintañero García no estaba dispuesto a pasar a segundo plano. Altivo ingresó en el hemiciclo acompañado por un coro que entonó la canción "Mi Perú". En vez de imponerse la banda de Belaunde, se mandó a hacer una de talla extragrande que él mismo llevó y colocó. A la salida, cuando los miembros de seguridad esperaban que ingresara al vehículo oficial, los cuadró con un: "¡A pie!". Ni bien llegó a Palacio dio su primer balconazo. Un ambulante le contó su dramática situación y García respondió: "¡Ustedes serán los primeros!".


 
Sin duda fueron los primeros, pero los primeros en sufrir el descalabro económico que caracterizó a su gobierno. Cuando regresó al hemiciclo en 1990, esta vez no fue recibido por un vals, sino por sonoros chiflidos y carpetazos. Su evidente nerviosismo se vio reflejado cuando tras saludar a los presidentes de Bolivia, Chile y Venezuela, subió al estrado y bajó repentinamente porque se había olvidado de los de Argentina y Colombia. Tres veces se leyó el reglamento del Congreso para lograr orden en la sala. Con la mirada por momentos perdida y la voz entrecortada, García concluyó su discurso en medio de gritos de ¡lárgate! y ¡cállate! Nunca se lo vio tan incómodo, pero en el 2006 se cobró la revancha.
 
--- Los tiempos cambian ---
 
Cuando ingresó Alberto Fujimori, todas las bancadas lo recibieron de pie y aplaudiendo. Quién diría que dos años después cerraría el Congreso. En el 2000, al asumir su ilegítimo tercer mandato, su bancada lo ovacionó mientras al mismo tiempo ardía el Banco de la Nación. Aquel día Lima se inundó de gases lacrimógenos. El accionar de los vándalos que se infiltraron en la Marcha de los Cuatro Suyos dejó seis muertos, más de ochenta heridos y tres edificios públicos en llamas.
 
Pero a Fujimori poco pareció importarle los reclamos. Durante los 42 minutos que duró su discurso no habló sobre conciliación nacional ni democracia. Antes de verlo jurar por tercera vez, la oposición abandonó el hemiciclo. Si una imagen quedó grabada fue la de Martha Hildebrandt colocándole la banda presidencial al revés y él sonriendo con mueca cínica.

Cuatro meses después el mal augurio se cumplió. El Congreso declaró la vacancia de Fujimori por incapacidad moral y tras aceptar la renuncia de sus vicepresidentes, y censurar a la presidenta del Parlamento designó a Valentín Paniagua presidente del gobierno de transición. "Nace hoy un nuevo tiempo", dijo el recordado acciopopulista quien, a diferencia de sus antecesores, dejó el mando ovacionado. Es más, cuando se retiró del Congreso el 28 de julio del 2001, un grupo de periodistas lo llamó y para su sorpresa no fue para pedirle declaraciones sino para aplaudirlo por su labor. "¡No es patería!", le dijeron y él respondió sonriendo "lo sé, lo sé".
 
Ese día Toledo empezó su jornada en el asentamiento humano Ancieta Alta y repartió desayuno a 300 niños. Como de costumbre, alguien le avisó que se estaba haciendo tarde y se despidió con un "me voy porque me tengo que ir a cambiar de cacharro". Tras la ceremonia en el Parlamento, rindió homenaje a los seis vigilantes que fallecieron en el Banco de la Nación y, junto a los 12 mandatarios que llegaron a la asunción de mando y el príncipe Felipe de Asturias, plantó árboles en el Gran Parque de Lima como símbolo del florecimiento de la democracia.
 
Al día siguiente partieron al Cusco. Toledo llegó dos horas tarde a Sacsayhuamán, pero igual se confundió con la gente y cantó con los hermanos Gaitán Castro a ritmo de quenas y charangos. Luego se trasladó con sus invitados a Machu Picchu para recibir la energía de los apus en una juramentación simbólica.
 
Cinco años después, Toledo volvió a poner la nota anecdótica cuando, tras culminar su discurso en el Congreso y desearle suerte a Alan García, se retiró del hemiciclo sin entregar la banda presidencial. "¡No te la lleves!", le gritaron desde los palcos y entre risas corrigió el error. A diferencia del pasado, García entró y salió ovacionado del Parlamento. Luego ingresó en Palacio rodeado por centenares de apristas que causaron un alboroto descomunal.


 
En el 2011, García instauró una nueva forma de entregar la banda presidencial: se la dio al jefe de la Casa Militar de Palacio. Con el brazo en ristre saludó a sus ministros que no cesaban de aplaudirlo y lanzó una última mirada triunfante al patio de honor. Luego partió en un jeep negro con lunas polarizadas, pero ahí nomás se dio un porrazo con la realidad.
 
Al intentar salir contra el tráfico por el jirón Callao, un grupo de policías le impidió el paso. Por unos instantes el vehículo parecía deambular desorientado frente al edificio del Club de la Unión hasta que giró y desapareció por una calle contigua a la catedral. Cosas que pasan cuando ya no se tiene puesta la banda.

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