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Con insistentes plegarias por el fin de la pandemia del covid-19, el comenzó agosto, el mes que la tradición dedica a la Pachamama y durante el cual se le ofrecen a la Madre Tierra generosas ofrendas agradeciendo los bienes recibidos.

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“La gente no pide tanto riqueza, sino salud, estar tranquilos, no enfermar. En segundo lugar está lo económico”, explica a la AFP Eli Laura, una curandera que ha ofrecido este domingo en “La Cumbre” varias ofrendas a nombre de sus clientes.

“La Cumbre”, distante 12 km de la ciudad de La Paz, es el punto más alto (4.600 m.s.n.m.) de la carretera que une el altiplano con la zona tropical de los Yungas.

Con frecuencia la zona está coronada de nieve, lo que atrae a los visitantes que buscan  esparcimiento; sin embargo, este domingo se llenó de comerciantes y transportistas que agradecían por la prosperidad de sus negocios.

La celebración de este año estuvo caracterizada por una intensa nevada que, según los asistentes, es signo de buen augurio.

Por momentos, las ráfagas de viento eran tan intensas que impedían escuchar a los interlocutores y la niebla imposibilitaba distinguir a las personas. Solo las fogatas y las luces intermitentes de las movilidades descubrían la presencia humana en un paisaje sobrecogedor.

Sin embargo, ni la nieve, ni la gélida ventisca invernal desanimaron a los creyentes, congregados desde la medianoche.

“La costumbre es llegar el primero de agosto. A las 12 de la noche, la Pachamama abre su boca y tenemos que agradecerle mediante la ofrenda”,  dice Antonia Quispe, otra curandera, quien explica que además de pedir prosperidad y éxito en los negocios, la ofrenda es para que el covid-19 “desaparezca y para que la Pachamama se coma la enfermedad”.

- Mujeres curanderas -

La celebración de este año trajo una agradable novedad: la presencia de varias mujeres curanderas que ofician de sacerdotisas y presiden las ceremonias, desempeñando funciones que solían ser masculinas. “La mujer tiene más corazón” comenta Eli Laura.

Las ofrendas constan de flores, frutas, hierbas aromáticas, dulces, lanas de colores y tiras de papeles brillantes. “Las flores rojas son para la suerte y el amor y las blancas para la salud”, explica Denelio Flores, uno de los asistentes.

Instalada en un improvisado altar construido con pedazos de madera, que pronto arderán, la ofrenda es aderezada con golosinas, azúcar y canela molida que aluden a la prosperidad y que responden a la creencia de que la Pachamama gusta de los azúcares.

Las sacerdotisas rocían las ofrendas con alcohol, cerveza y bebidas gaseosas, invocando a los espíritus andinos o Achachilas y derramando parte del contenido en el suelo (ch’alla) como una forma de compartir el festejo con la Madre Tierra.

La espuma de cervezas y gaseosas es depositada en las  manos de los asistentes, una forma simbólica de compartir la prosperidad. “Echar  en las manos es un símbolo de que (la Pachamama) nos está dando el dinero. Lo recibes y lo guardas en el bolsillo para tí”, relata William Cori, uno de los asistentes y con varios negocios.

Las curanderas emplean menos formalismos que los varones, lo que hace que la ceremonia discurra de una manera más familiar. Tras las bendiciones se prende fuego al altar y el viento se encarga avivar las brasas. Que la fogata encienda pronto y se consuma pronto son signos de que la Pachamama está complacida con la ofrenda.

Marlene Choque, empresaria del transporte, rocía con cerveza (ch’alla), junto a sus hijos, los dos camiones en los que transporta frutas y víveres. “Venimos cada año. Esto es sagrado para nosotros. No sentimos ni el frío ni la nevada”, le comenta a la AFP.

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