(Foto: AP)
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Farid Kahhat

Analista internacional

fkahhat@comercio.com.pe

“Todo lo que deseo en esta vida es disputar las elecciones contra el candidato de la red de televisión Globo”, dijo Luiz Inácio al anunciar su candidatura presidencial para el 2018.


Que quien encabeza las encuestas de intención de voto defina su candidatura por contraposición a un medio de comunicación parece el ejemplo por antonomasia de un discurso “populista”. Es decir, aquel discurso en el que un dirigente político se arroga la representación del “pueblo” (en singular) y define los intereses de este en contraposición a los de ciertas élites privilegiadas.

Hay cuando menos una característica que esas élites comparten en el discurso populista: no alcanzaron su posición de privilegio con base en méritos propios, sino con base en su influencia política.

Se trata sin duda de un discurso simplista y maniqueo, que busca inflamar pasiones. Pero eso no implica que carezca de fundamento alguno en la realidad. Si alguien requiriese pruebas de que, en Brasil, esas élites no deben su fortuna al propio mérito, le respondería con una palabra: Odebrecht. Podría replicarse que el partido de Lula (el PT) fue parte del sistema de corrupción que tenía en su núcleo a empresas como Odebrecht. Pero precisamente por eso Lula define su candidatura en contraposición a Globo, no a Odebrecht: creo que el discurso populista tiene cierto fundamento en la realidad, no que carezca de un aura demagógica.

¿Cuál es ese fundamento en el caso de Lula? El Grupo Globo es el conglomerado mediático más grande de América Latina, y alcanzó ese status durante la última dictadura militar brasileña. No se trata de una mera coincidencia.

El ahora Grupo Globo respaldó a través de su línea editorial el golpe de Estado de 1964, e inauguró sus transmisiones televisivas en 1965. Durante los años de la dictadura tuvo una cobertura complaciente con el régimen, como muestra el hecho de que a un año de su fin, durante las manifestaciones por elecciones directas, estas fueron cubiertas como parte de las celebraciones por el aniversario de la ciudad de San Pablo.

Si quiere comprobar lo dicho, puede remitirse a los mea culpa de la propia cadena en agosto del 2013 (titulado “El apoyo editorial al golpe del 64 fue un error”), y de abril del 2015 (sobre la cobertura de la campaña “Diretas Ja!”, a cargo del conducto William Bonner).

De otro lado, la cobertura amplia y favorable que Globo brindó a las marchas por la destitución de Dilma Rousseff contrasta con la cobertura relativamente menor y desfavorable que recibieron las manifestaciones por elecciones generales anticipadas o la reciente huelga general contra las políticas de Michel Temer.

La mayor paradoja en ese caso es que el Grupo Globo critica en el Brasil aquello que respalda en Venezuela. De un lado, la convocatoria a elecciones generales antes de la fecha prevista por la Constitución (creo que en ambos casos existen razones válidas para plantear esa demanda). De otro lado, los intentos por paralizar el tráfico durante la huelga general brasileña no fueron diferentes a los ‘trancazos’ convocados por la oposición venezolana.

Desde el ‘mensalao’ hasta el ‘petrolao’, los gobiernos del PT estuvieron lastrados por escándalos de corrupción. Pero nada mejor para desviar la atención sobre ellos, que mostrar evidencia verosímil de que poderes fácticos (como Globo), se confabulan en tu contra.

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