(Foto: AP)
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Farid Kahhat

Analista internacional

fkahhat@comercio.com.pe

Tanto durante la insurgencia en la Sierra Maestra como en los meses posteriores a su ingreso en La Habana en enero de 1959, declaró con claridad meridiana que la cubana no era una revolución comunista. En 1998, declaró en entrevista con Jorge Ramos que el régimen cubano era una dictadura, y en entrevista con Jaime Bayly que el movimiento bajo su dirección no era socialista.

Tiempo después Castro proclamaría que la cubana era una revolución marxista leninista y que él sería comunista hasta el último de sus días. Chávez, por su parte, acuñaría la frase “socialismo del siglo XXI” para definir la naturaleza del régimen que presidía. En ambos casos existe una respuesta obvia a la pregunta sobre qué ocurrió en el período que media entre una y otra declaración: ambos personajes ocultaron por consideraciones tácticas su verdadera identidad política, revelándola solo cuando lograron consolidar su control del gobierno. Es decir, ambos mintieron en forma deliberada. Tal vez esa sea la respuesta correcta. Solo quisiera sugerir que existe otra posible respuesta: que ambos se radicalizaron durante ese interregno como consecuencia de las circunstancias adversas que debieron enfrentar.

En el caso cubano existe una secuencia de eventos que podrían explicar la radicalización del régimen. Tras las primeras expropiaciones de empresas estadounidenses, en 1960 Estados Unidos responde con sanciones parciales contra la economía cubana, que luego se convertirían en un embargo comercial. En 1961, EE.UU. organiza la fallida invasión de Bahía de Cochinos con el propósito de derrocar al régimen cubano. Ese parece haber sido un punto de inflexión crucial, dado que el cambio oficial en la naturaleza del régimen y la consolidación de una alianza con la Unión Soviética son posteriores a ese hecho. En 1962 se produce la crisis de los misiles en Cuba, y luego el respaldo del Gobierno Cubano a diversas insurgencias de izquierda es respondido por el Gobierno Estadounidense con un respaldo incondicional a dictaduras anticomunistas, así como con los múltiples intentos de la CIA por asesinar a Fidel Castro.

En el caso de Venezuela, no existe mayor duda sobre cuál fue la coyuntura crítica: la huelga de PDVSA (empresa de la que depende la mayoría de las exportaciones de Venezuela), sucedida por el fallido golpe de Estado contra Hugo Chávez en el 2002. La prueba de ello sería que virtualmente todas las acciones que buscan concentrar poderío político y económico en el Gobierno Central son posteriores a esos hechos. Un artículo de agosto en el diario “El País” sostiene que la base industrial de Venezuela fue “arrasada por la larga campaña de expropiaciones y controles que empezó en el 2003”. En el 2003 aparecen también los primeros afiches proponiendo la permanencia de Chávez en la presidencia hasta el 2021. La ley orgánica que permitió al chavismo copar el Tribunal Supremo de Justicia fue aprobada en mayo del 2004. A su vez, según Human Rights Watch, las principales normas que restringen la libertad de expresión se adoptan desde fines del 2004.

Recordemos que en Venezuela críticos prominentes del autoritarismo y la represión bajo Maduro respaldaron el fallido golpe de Estado contra Chávez (María Corina Machado o Leopoldo López) o fueron gobierno durante la represión del ‘Caracazo’ (el partido Acción Democrática).

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