Ana Jara en la cornisa, por Pedro Tenorio
Ana Jara en la cornisa, por Pedro Tenorio
Pedro Tenorio

Analista político

La oposición ha repetido durante el fin de semana que está muy cerca de los 66 votos que necesita para censurar a la jefa del Gabinete, , y forzar así al presidente Ollanta Humala a recomponer su equipo ministerial. Hay quienes piensan que, de ocurrir esto, el mandatario se vería en la necesidad de convocar a una personalidad independiente, capaz de reforzar al Ejecutivo con nuevos aires e ideas que le permitan liderar la agenda nacional durante su último año en Palacio de Gobierno. 

Sin embargo, la verdad es que, aun en los cálculos más entusiastas (que hablan de 60 votos comprometidos para la votación de hoy), la oposición está lejos de lograr su cometido.

En ello pesa que el Gobierno, cómo no, dedicara la semana de representación parlamentaria a un discreto y paciente ejercicio que ya ensayó en ocasiones anteriores, como cuando algunos ministros parecían condenados y salieron airosos de su interpelación. O cuando tuvo que lograr el voto de investidura de la propia Jara y de su antecesor : conseguir el apoyo de los “indecisos”, de preferencia ex oficialistas (actualmente en bancadas como Dignidad y Democracia o Acción Popular-Frente Amplio), ex aliados de la primera hora (dispersos en Perú Posible y Somos Perú), o cortejar abiertamente a quienes solo quieren escuchar una oferta (los hay en Solidaridad Nacional, Unión Regional e independientes sin bancada). Si se sabe que el próximo año hay elecciones y que muchos buscarán su reelección, es evidente el precio a pagar –¡una obra para mi provincia, vamos!– para que, en nombre de la gobernabilidad, se abstengan o voten contra la censura.

Pero hay una razón adicional que favorece la permanencia de Jara al frente del Gabinete y esta va más allá de los cuestionamientos políticos que justifican su salida del Ejecutivo. El presidente se ha encargado de hacerle saber a la clase política y al país que él no está dispuesto a seguir las recetas que adversarios o analistas le formulen públicamente. 

Así, de ser censurada Jara, lo más probable sería que la terquedad de un mandatario que considera que todo va bien y que el ruido político es orquestado por “la prensa concentrada” y los enemigos de la democracia (léase apristas y fujimoristas) traería como consecuencia el nombramiento de alguien con más limitaciones –tanto políticas como de gestión– que la actual jefa del Gabinete. Incluso a costa de empantanar un nuevo voto de investidura en el Parlamento. Por ejemplo, podría designar a Fredy Otárola, ex titular del Congreso –sin pena ni gloria (aquí sí vale el cliché)–, u otro gris colaborador entre los ‘duros’ del humalismo.

¿Por qué soy tan pesimista? Primero, porque en el último año de gestión es poco probable que una personalidad independiente y de prestigio, convocada con la expectativa de fortalecer al Ejecutivo, acepte un encargo con tantas limitaciones. Y segundo, pero probablemente más importante, porque ningún independiente con predicamento aceptaría ser un primer ministro con dos jefes: el presidente Humala y su esposa

Así las cosas, aunque merecida por su pésimo manejo del escándalo de los ‘dinileaks’ y otras inconsistencias en el liderazgo del Gobierno, la caída de Jara traería como consecuencia un remedio peor que la enfermedad.

Desde la cornisa de cualquier edificio se puede observar el horizonte o saltar al vacío. Esta vez, y según la información con que contamos al momento de escribir estas líneas, todo indicaría que Ana Jara seguirá observando. Aunque seguramente ni ella misma tenga claro hasta cuándo.