Analgésicos para la (in)seguridad, por Elder Cuevas-Calderón
Analgésicos para la (in)seguridad, por Elder Cuevas-Calderón
Elder Cuevas-Calderón

Semiotista, profesor e investigador de la Universidad de Lima

Un homenaje a un ex mandatario sudafricano. Un traductor. Millones de televidentes. El traductor, en simultáneo, parado al costado de los mandatarios, convierte lo dicho al lenguaje de señas. Al parecer, están pensados todos los públicos (oyentes y no oyentes). Sin embargo, esas señas –acusan los entendidos en este tipo de lenguaje– no dicen nada. Incluso días después se sabe que el traductor tuvo un ataque de esquizofrenia durante la ceremonia y, por tanto, no cumplía con traducir lo dicho por los expositores sino realizaba señas inconexas, sin sentido, sin significado. 

Slavoj Žižek sostiene que, en lugar de ser un grave error de seguridad o de selección del personal, se trata de una clara lectura de lo ocurrido ese día. Nada de lo narrado fue pensado para los sordos. Por el contrario, esa puesta en escena fue una forma exculpatoria creada por nosotros (los oyentes) y para nosotros (los mismos oyentes). Que las señas no dijeran nada era más bien un síntoma de lo ocurrido: toda esta pantomima nunca tuvo sentido. 

De niño recuerdo que un cartel desviaba mi rumbo o me hacía cruzar a la calle. “¡Cuidado, perro bravo!” era suficiente para advertirme de la precaución que el dueño de esa casa había tomado para que nadie se acercara a su propiedad. 

Tiempo después, ese cartel mutó. Ya no se trata de un anuncio pintado a mano, ahora es un anuncio de la municipalidad impreso con letras grandes y vistosas que, con mucho entusiasmo, me invita a sonreír ya que estoy siendo grabado. Además, se suma una caseta de serenazgo y una cámara de seguridad que vigila –en teoría– toda la calle. Sin duda, la jubilación del famoso ‘perro bravo’ dio pase a nuevas formas disuasivas. 

Así como se pregunta Žižek en torno a la contratación del traductor, también nos podemos preguntar para quiénes están construidas esas formas disuasivas. ¿Para quién es esa caseta del serenazgo? ¿Para quiénes son esas cámaras colgadas en cada esquina de la ciudad? ¿Para quiénes son los enrejados de las calles? ¿Para quiénes son los carteles? 

Más allá de responder estas interrogantes, que podrían convertirse en una perogrullada, tal vez la pregunta más pertinente sea: ¿estamos haciendo lo mismo que en el homenaje? ¿Son acaso los dispositivos de seguridad una amalgama de signos y señas que, en vez de tener sentido, nos están diciendo que esta no es nada más que una puesta en escena de nosotros y para nosotros?

Basta con cruzar la información sobre la tasa de denuncias con la tasa de victimización para darnos cuenta de que creamos más dispositivos de seguridad sin tener mayor éxito. Se exige a las autoridades mayor control y vigilancia; sin embargo, solo se crean dispositivos de seguridad para calmar la inseguridad del ciudadano y no de la ciudad. 

En otras palabras, se exige a las autoridades la creación de analgésicos que alivien la sensación de inseguridad pero que son incompetentes para disuadir el crimen. ¿Y por qué son incompetentes? Porque el destinatario de estos dispositivos no son los posibles delincuentes sino los mismos ciudadanos que crean ‘fortalezas imaginarias’ para ellos y contra ellos. Es decir, crean simulacros de espacios seguros, signos que, al igual que las señas del homenaje, poco o nada importan si generan sentido, si tienen un trasfondo detrás, o si al menos están significando algo, ya que al parecer lo más importante es que estén puestas allí. 

Así podemos entender que, pese a la creación de cada vez más dispositivos de seguridad, el problema sustancial es que estamos emitiendo señales inconexas, vacías de significado y, peor aun, parecemos contentarnos con ello, con el simple montaje, con el simulacro del lugar “seguro”. Si con el cartel del perro bravo se quería advertir a los agresores de lo “preparados” que están los ciudadanos, en realidad, este –o cualquier mecanismo usado por su figuratividad– solo devela una peligrosa vulnerabilidad en la que la cura (los dispositivos) es peor que la enfermedad (la inseguridad).