Aztecas e incas: una comparación necesaria, por Luis Millones
Aztecas e incas: una comparación necesaria, por Luis Millones
Luis Millones

Antropólogo

Resulta desconcertante que existan pocos estudios contemporáneos que comparen las sociedades indígenas de México y el Perú. En ambos países se alcanzaron las metas culturales de mayor significación en el continente, con notables diferencias, pero con logros que superan a las otras áreas de América.

El cultivo del maíz, base de la alimentación de ambas sociedades, demuestra un cuidadoso proceso de domesticación de la planta que llevó a dotarla de todas las cualidades que hoy conocemos. A eso podemos agregar, desde los Andes, a los camélidos (como las llamas y alpacas) y también al cuy, que ingresaron no solo al ámbito alimenticio, sino que cubrieron espacios del universo simbólico.

La constitución de los imperios de los Incas y de la Triple Alianza representó un cuidadoso sistema de conquistas y acuerdos que se llevó a cabo para el beneficio de las élites de México-Tenochtitlán y del Cusco y, al mismo tiempo, significó un sistema de control sobre sus dominios. Las amplias extensiones geográficas de ambos gobiernos nos dan una idea del poder de sus armas y sus argumentos de persuasión, que descansaban también en ideologías religiosas que proclamaron, de distinta manera, al sol como padre de los seres humanos. El Tonatiuh y el Inti presidieron el panteón de los dioses en ambas sociedades. Y aunque su condición de líder divino se desarrolló en circunstancias distintas, se las arreglaron para presidir la tierra y el cielo. 

La construcción de estados de tal magnitud supone una administración capaz de llevar una contabilidad refinada, en la que se dé cuenta de los recursos disponibles y mano de obra en cada región, y se siga atentamente la capacidad de producción para contribuir (por la fuerza si fuera necesario) con las capitales de cada Estado, para el engrandecimiento de su imagen y el sustento de la nobleza. Cada uno de estos imperios tuvo a su héroe que dio paso a la constitución de un Estado fuerte y poderoso. El Tlatoani (“el que habla, el orador”) Ahuízotl fue quien llevó a los mexicas (de ‘mexitli’, nombre de la etnia dominante) a conquistar todo el centro y sur de México, incluyendo Guatemala, en fechas que han proporcionado los códices: del 13 de abril de 1486 al 2 de setiembre de 1502. 

En los Andes tenemos al inca Pachacuti Inca Yupanqui, quien accedió al poder luego de derrotar a los chancas y salvar al Cusco, abandonado por el inca Viracocha. No tenemos fechas para su reinado, dado que los quipus siguen siendo un enigma para los estudiosos. La noticia sobre la relación de gobernantes del Tahuantinsuyu proviene de la información oral que la nobleza incaica proporcionó a los cronistas del siglo XVI, y que probablemente se rehacía en función del inca que lucía la mascapaicha como muestra de su categoría. 

El imperio mexica se llamó de la Triple Alianza (Excan Tlahtoyan) porque estaba conformado por tres estados con gobiernos independientes que habían llegado a un acuerdo: México–Tenochtitlán, Texcoco y Tlacopan. Visiblemente, México-Tenochtitlán era el dominante, lo que podía apreciarse en el reparto del botín luego de las conquistas, en el lujo de sus construcciones y en el peso de sus decisiones. La estructura del gobierno mexica se asentaba en tres sistemas administrativos que controlaban el ejército, la religión estatal y el comercio.

Los incas no permitieron entidades estatales que compitiesen con el Cusco. Así, es notable la manera en que destruyeron, entre otras sociedades, a Chan Chan, capital de Chimú o Chimor y dispersaron a sus pobladores, como diciendo que el único centro de importancia tenía que ser la capital de su imperio. De tal forma que los beneficios de la expansión de sus fronteras favorecía sobre todo a la nobleza imperial. Cuando llegó la hueste de Francisco Pizarro al valle de Moche, solo quedaban ruinas.

Tenemos noticia de la educación de la nobleza mexica a través de los calmécac, en la que se daba énfasis al carácter militar de las futuras acciones de sus jóvenes educandos, previéndose que serían líderes políticos del Estado, enfatizando también la formación religiosa que tenía mucha importancia en las decisiones imperiales. El comercio se había desarrollado en un segmento especial de la población que se conocía como pochteca, que gozaba del aprecio de la nobleza mexica, ya que los mercaderes viajaban grandes distancias e informaban al gobierno de la Triple Alianza sobre la producción y gobierno de los pueblos con los que entraban en contacto, lo que resultaba de gran utilidad para futuras conquistas o intercambios comerciales.

Las crónicas, salvo el caso de Garcilaso de la Vega, no nos dan noticia confiable de la educación impartida en los yachayhuasi o “casas del saber” de los incas. Su información tiene un parecido muy cercano a la educación española de la época, lo que nos aleja un tanto de lo que pudo ser prioritario para los incas. Pero podemos recoger la pista de la educación de la nobleza andina a través del rito de pasaje conocido como huarachico, descrito con detalle por Cristóbal de Molina, conocido como “el Cusqueño”. Allí se explica todo lo que el joven noble tenía que aprender para pasar las pruebas que se le exigían para ser miembro de la clase privilegiada.

La comparación de los dos imperios precolombinos se debe extender a los períodos que siguen, ya que compartimos la condición colonial y dependencia de España por tres siglos, el desconcierto republicano del siglo XIX y los problemas de la construcción nacional de los siglos que le siguen. Todos ganaremos si los estudios de historia comparada pendientes nos muestran lo que hemos logrado y nuestras metas futuras, en un cordial intercambio que haga mejores y más profundos los lazos que nos unen.