(Ilustración: Giovanni Tazza)
(Ilustración: Giovanni Tazza)
Marilú Martens

Exministra de Educación

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En el , algo que nos caracteriza, aparte de la creatividad, es la solidaridad que demostramos en situaciones de emergencia. Es ahí cuando solemos poner una mano en el pecho y estiramos la otra para ayudar a quienes más lo necesitan. Situaciones como el sismo en Pisco, el fenómeno de El Niño costero y, por supuesto, la más reciente pandemia del son ejemplo de ello: empatía y solidaridad.

Las situaciones adversas siempre sacan lo mejor de nosotros, pero, ¿pasa lo mismo en el día a día? Somos un país solidario, pero, lamentablemente, poco honesto. Un estudio internacional realizado por investigadores de las universidades de Michigan, Utah y Zúrich en el 2019 encontró que el Perú es uno de los países menos honestos, ocupando los tres últimos puestos junto con China y Marruecos.

El alto nivel de informalidad en el país y la falta de una adecuada educación cívica son factores determinantes en estos resultados. Acciones como pasarse la luz roja, colarse en las filas, o incluso sobornar o ser autoridades sobornables, por citar algunos ejemplos, forman parte de nuestra cotidianidad. La “cultura del más vivo” está normalizada y nos hace mucho daño.

La encuesta nacional del Proyecto Especial Bicentenario (Datum, 2020) indica que la mitad de las y los peruanos considera que no practicamos ningún valor. ¿Qué tenemos que hacer para convertirnos en una sociedad con inquebrantables? Quizá podemos empezar mirando buenos ejemplos. Países como Suiza, Noruega y Holanda aparecen como los más honestos en la lista. Aspectos como la ética, el compromiso y la honorabilidad son temas imprescindibles en países que se encuentran en un nivel diferente de desarrollo.

Muchos de esos países manejan el famoso código de honor, a través del cual las personas se comprometen a actuar con respeto, honestidad e integridad, así como a cumplir las reglas acordadas, con el fin de tener una convivencia sana. En el Perú, diversas instituciones gubernamentales –las Fuerzas Armadas, colegios de profesionales e incluso ciertas universidades– cuentan con un código de honor o de ética.

Lo cierto es que no es suficiente con tenerlo y firmarlo, lo importante es cumplirlo. ¿Es posible que confiemos en la palabra de otra persona? La encuesta nacional del Proyecto Especial Bicentenario señala que 8 de cada 10 peruanos no confían en los demás. Sin embargo, 7 de cada 10 quieren recuperar esa confianza.

El sector público, privado y el tercer sector tienen la responsabilidad de establecer programas y alianzas que contribuyan a educar y formar en valores a las peruanas y los peruanos del futuro. Solo así será posible el desarrollo social y económico que todos anhelamos. “Una acción vale más que mil palabras”, escuchamos decir, pero la realidad nos lleva a repensar también la importancia de la palabra de honor.

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