"A quienes insisten en servirse del miedo para dividir a las comunidades, debemos decirles: la diversidad es una riqueza, nunca una amenaza". (Ilustración: Rolando Pinillos)
"A quienes insisten en servirse del miedo para dividir a las comunidades, debemos decirles: la diversidad es una riqueza, nunca una amenaza". (Ilustración: Rolando Pinillos)

Por doquier, una amenazante oleada de y de violencia impulsada por el odio se cierne contra los fieles de muchas religiones. En los últimos meses han asesinado a judíos en sinagogas o han profanado con esvásticas las lápidas de sus sepulturas; se ha asesinado a tiros a musulmanes en mezquitas o se han vandalizado sus lugares de culto; han matado a cristianos en sus ceremonias religiosas; se han incendiado sus iglesias.

Más allá de estos horribles ataques, se profiere una retórica cada vez más repugnante no solo contra grupos religiosos, sino también minorías, inmigrantes, refugiados, mujeres y los llamados “otros”.

Se explotan los medios sociales para exacerbar la intolerancia. El odio está dejando de ser marginal. Reconocemos que el discurso de odio es un ataque a la tolerancia, la inclusión, la diversidad y la esencia de los derechos humanos.

En términos más generales, ese discurso socava la cohesión social, erosiona los valores comunes y puede sentar las bases de la violencia, haciendo retroceder la causa de la paz, la estabilidad, el desarrollo sostenible y la dignidad humana.

Temo que el mundo se acerca a otro momento crítico en la lucha contra el demonio del odio.

Por esa razón, he puesto en marcha dos iniciativas de las .

En primer lugar, acabo de presentar una Estrategia y Plan de Acción sobre el Discurso de Odio para coordinar las iniciativas al respecto en todo el sistema de las Naciones Unidas, encarando las causas profundas y haciendo que nuestra respuesta sea más eficaz.

En segundo lugar, estamos elaborando un plan de acción para que las Naciones Unidas participen plenamente en las iniciativas encaminadas a ayudar a proteger los sitios de carácter religioso y garantizar la seguridad de los lugares de culto.

A quienes insisten en servirse del miedo para dividir a las comunidades, debemos decirles: la diversidad es una riqueza, nunca una amenaza.

Un espíritu profundo y sostenido de respeto mutuo y receptividad puede trascender publicaciones y tuits disparados en una fracción de segundo. Nunca hemos de olvidar que, después de todo, cada persona es un “otro” para alguien, en alguna parte. Cuando el odio se ha generalizado, la ilusión de seguridad se vuelve imposible.

Huelga decir que toda acción encaminada a afrontar el discurso de odio y darle respuesta debe ser compatible con los derechos humanos fundamentales.

Responder al discurso de odio no implica coartar o prohibir la libertad de expresión, sino evitar que ese discurso se convierta en algo más peligroso, como una incitación a la discriminación, la hostilidad y la violencia, que están prohibidas por el derecho internacional.

Debemos reaccionar ante el discurso de odio como ante todo acto doloso: condenándolo, negándonos a amplificarlo, contrarrestándolo con la verdad y alentando a los perpetradores a cambiar su comportamiento.

Es el momento de redoblar nuestros esfuerzos por erradicar el antisemitismo, el odio contra los musulmanes, la persecución de los cristianos y todas las demás formas de racismo, xenofobia y formas conexas de intolerancia.

Los gobiernos, la sociedad civil, el sector privado y los medios tienen papeles importantes que desempeñar. Los líderes políticos y religiosos tienen la responsabilidad especial de promover la coexistencia pacífica.

El odio es un peligro para todos, por lo que combatirlo ha de ser tarea de todos.