"La espontaneidad, simbolizada por los memes que todos conocemos, pero impulsada por los que (como los explica Dawkins) se dan en nuestro día a día de persona en persona, afectan la política y la sociedad hoy más que nunca".
"La espontaneidad, simbolizada por los memes que todos conocemos, pero impulsada por los que (como los explica Dawkins) se dan en nuestro día a día de persona en persona, afectan la política y la sociedad hoy más que nunca".
Gonzalo Ramírez de la Torre

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Si antaño la transmisión y descarte de ideas, principios, prácticas y costumbres se concretaba mediante las interacciones espontáneas que se daban cara a cara, hoy estas se dan en todo momento y a una escala nunca vista, todo a través de las redes sociales. Y ello, serio o cómico, complejo o sencillo, abstracto o concreto, son memes –y son más que imágenes chistosas–. Por lo menos como los describió en 1976, entendidos como unidades socioculturales equivalentes a los genes –por lo transmisibles–, solo que fuera del mundo de la genética. E impulsan reacciones y conductas orgánicas visibles a diario, incluso en el terreno político, y algunos pueden ser muy contagiosos.

En noviembre, tras la vacancia de Martín Vizcarra y la asunción de Manuel Merino, la indignación, literalmente, se hizo viral. Se propagó como fuego por hojas secas, tuit tras tuit, historia (como se entienden en el vernáculo digital) tras historia. Mientras más gente participaba en las marchas, más decidían sumarse. Diversos grupos, desde izquierdistas hasta derechistas, desde ‘otakus’ hasta metaleros, desde monjas hasta ateos, encontraron en lo ocurrido una razón para sentir malestar y expresarlo, por sus propios motivos, con su propia “agenda”. Todo ello se hilvanó en las plataformas virtuales, mutando en cada individuo, pero materializándose, como vimos, en cambios tangibles que las agrupaciones políticas solo podrían soñar conseguir. No se necesitó grandes campañas para convocar las movilizaciones, bastaron un par de memes elocuentes o reparar en que, de pronto, todo tu ‘feed’ de Instagram estaba unido en su irritación.

Y ello, a diferencia de lo que puedan creer algunos políticos, no banaliza los fines ni los medios para lograrlos. Así ocurre la política hoy en día, así se ejerce la ciudadanía. Hoy un ‘memazo’ agita más pasiones que cualquier discurso pomposo que pueda darse en una plaza. No por el chiste o el mensaje per se, sino por las sutilezas socioculturales que alberga. Y todo esto no se puede fabricar, no se puede concebir en una oficina gubernamental ni en un local de campaña.

Sin embargo, durante su breve administración, Manuel Merino y su equipo, liderado por Ántero Flores Aráoz, nunca entendieron (o no quisieron hacerlo) las fuerzas que los obligaron a dejar el Gobierno. El expresidente del Consejo de Ministros lo dejó claro en una entrevista que ofreció en Willax hace más de un mes, cuando sugirió, con pantallazos en mano, que la pericia técnica detrás de la elaboración de algunos de los afiches que promovían las marchas era evidencia clara del financiamiento internacional que, según ellos, estaba detrás.

Lo más probable es que el señor Flores Aráoz haya estado convencido de que lo que mostraba eran pruebas sólidas sobre una conspiración extranjera contra el régimen en el que participó, pero ese es precisamente el problema. La administración Merino subestimó a quienes la enfrentaron, sus herramientas y su idiosincrasia, al punto de pasar por alto que cualquier ‘millennial’ con acceso a una computadora puede armar un afiche sin que le cueste un centavo y, más importante aún, sentirse motivado a participar por convicción en una marcha sin que lo haya influenciado un líder político, un partido, o una organización malvada domiciliada en las entrañas de un volcán. Bastan sus pares y un sentimiento común.

Pero esta idea parece foránea para algunos de nuestros políticos, sobre todo para los más conservadores. Para ellos la espontaneidad parece no existir, siempre tiene que haber una cabeza y un dedo que señale el camino y una agenda rígida detrás. Para ellos las redes sociales son espacios de ocio banal, no de política y discusión. Los jóvenes son descerebrados influenciables, no individuos con principios e ideales que sienten y contagian indignación. Asimismo, parecen creer que un meme solo puede ser un chiste y no una pieza clave de comunicación y de difusión de ideas y hasta prácticas.

El 13% del país, de acuerdo con una encuesta de Ipsos, participó en las movilizaciones de noviembre y otro 73% las apoyó. En otras palabras, 86% de peruanos coincidía en su rechazo al Gobierno de Manuel Merino. La escala del malestar no se puede explicar por el astuto liderazgo de un líder político y pretender hacerlo ignora cómo la política se conduce en el siglo XXI.

La espontaneidad, simbolizada por los memes que todos conocemos, pero impulsada por los que (como los explica Dawkins) se dan en nuestro día a día de persona en persona, afectan la política y la sociedad hoy más que nunca. Menospreciarlos a ellos y a las plataformas por las que se transmiten es mezquino y políticamente torpe.