"El proceso electoral nos mostró cómo una estrategia puede fallar y que existen elementos claves que pueden escapar de nosotros". (Foto: Archivo GEC)
"El proceso electoral nos mostró cómo una estrategia puede fallar y que existen elementos claves que pueden escapar de nosotros". (Foto: Archivo GEC)
Paula Ponce de León Lovatón

Profesora de la Pacífico Business School

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El pasado 11 de abril, todos los peruanos acudimos a ejercer nuestro derecho de de nuestro futuro presidente. Para algunos esta fue una grata experiencia, pero para otros no.

Una pregunta que responde casi a todo lo acontecido ronda mi mente: ¿quién es el responsable de lo sucedido? La gestión moderna nos habla del término en inglés ‘accountability’, el cual curiosamente no tiene una traducción literal al español; quizá su definición más cercana es “rendir cuentas sobre algo designado”. De este modo, analicemos un poco lo sucedido:

La estrategia de la y el consistía en 3 pilares: (i) disminución de aforos en los locales de votación, para lo cual se incrementó el número de locales en casi un 50%, (ii) dar prioridad a la población vulnerable, otorgándole un horario para votar priorizado o preferente, (iii) establecer un proceso de votación disminuyendo hasta casi anular el contacto físico o con objetos.

Este es un plan bastante concreto y que en las pruebas realizadas mostró un alto grado de eficiencia. Entonces, ¿por qué las cosas no salieron como se esperaba? ¿Qué falló?

Cuando hablamos de que una persona, sistema u organización es responsable y debe rendir cuentas por algo, debemos evaluar qué o quiénes son el factor clave para la ejecución de la actividad. El factor no previsto por la ONPE era uno totalmente ajeno a ellos: garantizar el cumplimiento de la actividad de los miembros de mesa, elemento que por años se ha demostrado ha sido el eje de las elecciones.

En este caso, como en salud, la complejidad de alcanzar resultados controlados se vuelve mayor, pues si al designar la responsabilidad olvidamos el factor humano, la meta no será alcanzada y será tentador trasladar la responsabilidad a la población. De este modo, tomando esta experiencia como lección aprendida, debemos considerar un rediseño en los pilares de la estrategia de la ONPE:

a. Establecer un voto escalonado por rango etario, permitiendo a los jóvenes de entre 18 y 28 años ser aquellos que voten de modo mandatorio en el primer turno de elección. Esta es la única forma que, independiente del cumplimiento de los miembros de mesa, garantizará la apertura oportuna de las mesas.

b. Que la hora de voto preferente para la población vulnerable sea exclusiva en un horario accesible entre las 12:00-2:00 p.m., de modo que se garantice que todas las mesas estén abiertas.

c. Continuar con los protocolos de bioseguridad y educación para disminuir riesgos.

El proceso electoral nos mostró cómo una estrategia puede fallar y que existen elementos claves que pueden escapar de nosotros. Para rendir cuentas se requiere claridad en la estrategia y los involucrados. El líder de la estrategia debe reconocer que el factor más variable y menos controlado es el humano.