"Esa mirada que se tiene hacia los votantes que se encuentran fuera de Lima reproduce una lógica paternalista en la que creemos que solo existe una visión válida de progreso y desarrollo ". (Foto: Violeta Ayasta / GEC)
"Esa mirada que se tiene hacia los votantes que se encuentran fuera de Lima reproduce una lógica paternalista en la que creemos que solo existe una visión válida de progreso y desarrollo ". (Foto: Violeta Ayasta / GEC)
Ana Lucía Mosquera Rosado

Comunicadora, investigadora y activista

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La indignación colectiva posterior a la elección ha activado una serie de análisis y contenidos que nos recuerdan que el está más presente que nunca y se hace notar a través de comentarios, publicaciones e imágenes que intentan ridiculizar al votante campesino e indígena, tomando como referencia su manera de hablar, su vestimenta o sus costumbres para categorizarle como un ser inferior.

Esa mirada que se tiene hacia los votantes que se encuentran fuera de Lima reproduce una lógica paternalista en la que creemos que solo existe una visión válida de progreso y desarrollo y que aquella que difiera de esta es producto del resentimiento o la ignorancia. A partir de esos análisis, hemos construido y reproducido esta visión sesgada del mal llamado “Perú profundo”, un concepto utilizado desde hace muchos años que no hace más que crear una barrera que se hace cada vez más visible y que continúa fragmentando la sociedad, contribuyendo a la idea de que existimos “nosotros” y “los otros”.

Bajo la idea de estos dos Perú, existe un grupo que ostenta superioridad moral e intelectual, y que por lo tanto es más pensante; y otro grupo primitivo, incivilizado e incapaz de tomar decisiones sensatas.

Y, desafortunadamente, el segundo grupo está pensado y categorizado desde una perspectiva étnico racial, que se utiliza como base para minimizar y despreciar a las comunidades indígenas, que ahora son señaladas como las culpables de los resultados electorales que colocan en segunda vuelta a Castillo.

Además de ello, los mensajes reproducidos en las últimas horas alimentan el pánico que tenemos a que una cultura predominante para las élites de las grandes ciudades desaparezca, y en su reemplazo obtengamos una serie de prácticas y costumbres de gran significado para los pueblos originarios, pero que aún siguen siendo consideradas como inferiores.

Esta mirada racista ha estado presente a lo largo de la campaña, y también ha sido utilizada para referirse a la candidatura de , quien ya había sido objeto de burlas por llevar un sombrero característico de su región, y por expresarse en quechua, a pesar de que existe un gran sector de la población que habla este idioma. La manera en la cual se mezclan el racismo y el humor sirvieron para categorizar a un elector “no tradicional” y marcar la diferencia y la inferioridad del mismo, y durante las últimas horas, estos discursos han proliferado en redes sociales e inclusive análisis de medios de comunicación.

La elección pone en evidencia las necesidades de comunidades que viven día a día las consecuencias de las desigualdades estructurales en el país. Además de reflexionar sobre la necesidad de reducir las brechas que impiden que algunas personas alcancen el desarrollo, tenemos que reflexionar también sobre cómo pensamos y construimos una sociedad y qué debemos hacer para desterrar discursos que solo contribuyen a hacer que esas brechas sean más grandes.