"A medida que los enormes costos y los escasos beneficios de las políticas climáticas quedan al descubierto, existe el riesgo de que más votantes recurran a los populistas que, generalmente, no ofrecen mejores políticas climáticas". (Ilustración: Giovanni Tazza)
"A medida que los enormes costos y los escasos beneficios de las políticas climáticas quedan al descubierto, existe el riesgo de que más votantes recurran a los populistas que, generalmente, no ofrecen mejores políticas climáticas". (Ilustración: Giovanni Tazza)
Bjørn Lomborg

El reconocido activista naturalista y defensor del David Attenborough cree que los gobiernos deberían reconocer su fracaso a la hora de abordar el calentamiento global.

Recientemente habló sobre Estados Unidos y Australia, y expresó la esperanza de que el electorado vote contra los gobiernos que no están tomando el tema lo suficientemente en serio. El problema para él y otros activistas es que, lejos de castigar a los políticos que se comprometen a desechar políticas climáticas costosas, los votantes los respaldaron.

A las elecciones australianas se les llamó “las elecciones del cambio climático”. Los expertos esperaban que el Partido Laborista, preocupado por el clima, obtuviese una victoria clara, pero no contaron con la reacción del electorado contra sus planes drásticos. Un estudio estimó que la reducción del 45% en las emisiones de carbono prevista por el partido contraería la economía en 178 mil millones de dólares y destruiría unos 167.000 empleos. Los votantes reeligieron a los partidos de la coalición de centroderecha, cuya política energética se centró en reducir los precios de la energía y aumentar el suministro.

Los australianos están lejos de ser los únicos en decir ‘no’ a los costosos planes ecológicos. Los estadounidenses eligieron a Donald Trump en parte debido a su promesa de impulsar las industrias manufactureras y de combustibles fósiles derogando las regulaciones ambientales, a las que culpó de perjudicar a la clase trabajadora. Pero incluso en estados demócratas como Colorado y Washington, los votantes rechazaron las medidas impulsadas por los activistas climáticos.

En Brasil, Filipinas y varias naciones del este de Europa, los votantes han abrazado a los líderes populistas que rechazan las costosas políticas climáticas. En París, los ‘chalecos amarillos’ salieron a las calles con el fin de protestar contra las medidas para aumentar los precios del combustible.

Nada de esto significa que los votantes no quieran que se resuelva el calentamiento global. Una encuesta reciente muestra que dos tercios de los estadounidenses, por ejemplo, apoyan la “acción agresiva” sobre el cambio climático. Pero si se les pregunta cuánto están dispuestos a pagar, dos tercios ni siquiera pagarían US$100 en impuestos climáticos anuales.

La gente dice que el cambio climático es uno de los muchos problemas a los que nos enfrentamos hoy, y que la solución debe ser adecuada. Este sentimiento se alinea con la realidad científica.

Según el Panel Climático de la ONU, el impacto del calentamiento global en la década del 2070 será el equivalente a una pérdida del 0,2-2% de los ingresos medios. Para resolver un problema que cuesta aproximadamente la misma cantidad que una recesión, algunos políticos y activistas han sobreactuado.

El objetivo del Gobierno de Nueva Zelanda de cero emisiones de carbono para el 2050 costaría, según un informe encargado por el Gobierno, el 16% del PBI. La política de cero emisiones del Gobierno Británico, advirtió el canciller del Tesoro, costaría más de £1 billón.

Además, estas políticas que afectarán más a los más pobres de la sociedad casi no tendrán impacto en el clima del planeta, ni siquiera dentro de cien años, a menos que podamos garantizar que los gigantes emergentes como China y la India también reduzcan las emisiones.

A medida que los enormes costos y los escasos beneficios de las políticas climáticas quedan al descubierto, existe el riesgo de que más votantes recurran a los populistas que, generalmente, no ofrecen mejores políticas climáticas.

Un término medio sensible tiene que respetar lo que los votantes nos dicen. Tal enfoque puede incluir políticas tales como un impuesto bajo y creciente al carbono. Pero, en última instancia, debe centrarse en la realidad de que la mejor manera de solucionar el cambio climático es a través de la innovación, que hace que el precio de la energía libre de CO2 sea inferior al de los combustibles fósiles.

En lugar de desear un electorado que comparta los puntos de vista de la élite, los activistas del calentamiento global deben detenerse y escuchar.