"Es importante apuntar que al 83% todavía faltaba contabilizar más de un millón y medio de votos, que bien pueden definir una elección". (Ilustración: Víctor Aguilar Rúa)
"Es importante apuntar que al 83% todavía faltaba contabilizar más de un millón y medio de votos, que bien pueden definir una elección". (Ilustración: Víctor Aguilar Rúa)
Óscar Vidarte A.

Internacionalista y profesor de la PUCP

En principio, existen indicios suficientes para dudar de los resultados de las últimas elecciones presidenciales en . En primer lugar, genera gran suspicacia que al 83% de las actas verificadas la diferencia entre y Carlos Mesa era de 7 puntos a favor del presidente, mientras que al 95% esta diferencia creció a 10,1. Considerando que para ganar la elección en primera vuelta se necesita más del 50% de los votos o más del 40% y 10 puntos de diferencia, que Morales supere a Mesa por el mínimo requerido (0,1) resulta increíble.

En segundo lugar, la paralización del recuento de votos por parte del ente competente boliviano, que dejó casi un día completo sin nuevos resultados, devino en mucha incertidumbre. Queda en el recuerdo la caída del sistema en las elecciones mexicanas de 1988, que hizo posible una nueva victoria del PRI. Sin embargo, a pesar de las críticas contra los representantes del tribunal electoral boliviano por su cercanía al Gobierno, este mismo órgano llevó a cabo el referéndum que perdió Morales y que impidió, irónicamente, cambiar la Constitución para permitir su reelección.

Por último, la preocupación planteada por representantes de la Unión Europea, pero sobre todo por la Misión de Observación Electoral de la –cuyo secretario general, Luis Almagro, avaló la participación de Morales en la contienda electoral–, también debe resaltarse como una razón adicional para desconfiar del resultado del proceso.

A pesar de lo señalado, hablar de fraude aún puede resultar desmedido. El conteo de votos debe ser crucial para definir si será necesaria una segunda vuelta o no. Por ello, frente a las sospechas existentes, el Gobierno Boliviano ha decidido que la OEA participe en esta etapa y audite el sistema de cómputo. Si tenemos en cuenta que el régimen de Nicolás Maduro en Venezuela no permite la participación de observadores independientes en los muy cuestionados procesos electorales que lleva a cabo, en aras de la trasparencia, la decisión del Gobierno Boliviano es bastante pertinente.

Además, es importante apuntar que al 83% todavía faltaba contabilizar más de un millón y medio de votos, que bien pueden definir una elección. Siendo en su mayoría votos de origen rural, estos deberían favorecer ampliamente a Morales, aunque esto no asegura necesariamente ganar en primera vuelta. Incluso, la mayor parte de las encuestas decían que era probable que no hubiera segunda vuelta, por lo que la posibilidad siempre estuvo latente. Otra cosa muy distinta es el escenario en segunda vuelta, donde la victoria de Morales se hacía cada vez más difícil.

Si bien existe una solución a la crisis, esperar el conteo de votos y las conclusiones de la OEA (las mismas que, desde su perspectiva, deberían tener carácter vinculante), el problema radica en la tensa espera hasta el resultado final, y la población no parece estar dispuesta a aguardar mucho tiempo.

Por lo pronto, la violencia se ha desatado en todo el país altiplánico. Y, teniendo como espejo lo sucedido en Ecuador y más recientemente en Chile, se puede prever algo mucho peor. Cabe señalar que el gobierno de Morales tiene una gran responsabilidad en el alto nivel de desconfianza existente desde el momento en el que, utilizando artimañas poco democráticas, logró que el Tribunal Constitucional de dicho país le permitiera volver a postular para una reelección, a pesar de los resultados del referéndum. Pero también la protesta social se ve exacerbada por una oposición que solo habla de fraude y que no piensa, en palabras de , reconocer los resultados. Esto último no constituye algo muy responsable, pues no solo desconoce el papel que tiene la OEA, sino que, al no brindar una salida, deja en la protesta la única herramienta de acción, generando mayor inestabilidad.

En todo caso, cualquiera sea el resultado del proceso, al igual que en Ecuador y Chile, el gobierno de Morales acabará bastante debilitado. No solo se trata de su peor resultado electoral como candidato desde el año 2005 (por debajo del 50%), sino que, en caso sea declarado como el ganador, va a tener que gobernar en un país fracturado y convulsionado. Para un liderazgo que parece comenzar a desgastarse, probablemente los próximos años serán muy difíciles.