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Aaron E. Carroll

Escritor y profesor de Pediatría de la Universidad de Indiana. Columna especial de "The New York Times"

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La mayoría de nosotros hemos escuchado sobre reacciones alérgicas a las vacunas COVID-19. Pero no es de extrañar que ocurran. Y no hay duda de que el valor de la vacunación supera el riesgo.

El Centro para el Control y la Prevención de Enfermedades (CDC en inglés) señaló en una guía que una pequeña cantidad de personas habían experimentado reacciones alérgicas importantes. Aun así, un promedio de alrededor de 60 personas mueren cada año por picaduras de avispas y abejas y tres veces más mueren por alergias alimentarias. Cuando el CDC actualizó su guía, al menos seis de los cientos de miles de receptores habían experimentado una reacción alérgica grave, pero todos se recuperaron con el tratamiento.

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Es comprensible que el público esté preocupado por los peligros de los nuevos medicamentos, especialmente los que se desarrollaron tan rápidamente. Pero ponga esas cifras en contexto: más de 2,1 millones de personas en EE.UU. han recibido una dosis de una vacuna en este momento. Hasta ahora se han observado alrededor de 11 reacciones alérgicas graves, que representan aproximadamente una de cada 190.000 dosis administradas. Esto sigue siendo más alto que la tasa general de anafilaxia en las vacunas, de 1,3 por millón, pero puede ser porque estamos siendo más cuidadosos con el seguimiento.

El contexto también importa. Aproximadamente uno de cada 10 estadounidenses ha informado de una reacción alérgica a las penicilinas. Entre uno de cada 2.500 y uno de cada 5.000 experimentan anafilaxia. Pero los pediatras como yo dispensan penicilina todo el tiempo, porque la mayoría de las reacciones son leves y las graves se pueden controlar, y porque los beneficios superan a los daños.

Cada resultado negativo de una vacuna COVID debe sopesarse frente a la posibilidad de enfermarse o morir a causa de la enfermedad. Si bien una gran mayoría de las personas que desarrollan COVID-19 sobreviven, más de 670.000 estadounidenses han sido hospitalizados con la enfermedad. Los científicos todavía están luchando por tratar a los que sufren los efectos a largo plazo. Recibir una vacuna parece ser más seguro que infectarse con el virus.

Para que la crisis termine, necesitamos inmunidad colectiva. La única forma de lograrlo es inmunizar o infectar a la mayoría. Esto último sería una tragedia. Asustar a las personas innecesariamente para alejarlas de lo primero daría lugar a más infecciones y más muertes.

Las vacunas no son perfectas. En los próximos meses, sabremos de personas que fueron vacunadas y se enfermaron igual. Esto no es que la vacuna sea un fracaso; simplemente mostrará, como sabemos, que no es 100% efectiva.

–Glosado y editado–

© The New York Times

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