Foto: Hugo Curotto / @photo.gec
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Omar  Manky

Investigador de la Universidad del Pacífico

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Hace poco más de un año, en medio del estallido social chileno, se filtró el audio en el que Cecilia Morel, primera dama de ese país, anunciaba, desesperada, una “invasión alienígena” que haría necesario “disminuir privilegios y compartir con los demás”. La élite peruana ha respondido con similar miedo e incomprensión a las últimas protestas. Por un lado, la incapacidad y fragmentación de la clase política ha abierto un escenario para que diferentes grupos se movilicen. Por el otro, emergen nuevas formas de comunicación y acción política, especialmente entre los jóvenes. Este no es más el Perú de los 2000, aunque muchos todavía no lo hayan notado.

El uso del ‘terruqueo’ para deslegitimar las protestas de los trabajadores agrarios da cuenta de esto. Pero de tanto repetirla, la estrategia se ha agotado: la semana pasada vimos a periodistas corrigiendo al empresario Benjamín Cillóniz, notando que ‘terruquear’ es una calumnia que impide el diálogo. En las calles y en las redes sociales, “terrorista” es una etiqueta cada vez más vista como una estrategia de amedrentamiento, respondida con memes más que con vergüenza. Imaginar que radicales dirigen las protestas es otro razonamiento que envejece pronto. Usando un argumento similar al del Gabinete Flores-Aráoz, empresarios y periodistas acusaron a la izquierda, olvidando que sus partidos ni siquiera puede coordinar elecciones internas.

Se ignora, además, que las demandas de los trabajadores no son nuevas, y que mirarlos como niños engañados impide entender razones y buscar salidas. En una sociedad con cientos de conflictos al año, esperar marchas para corregir es absurdo. Lleva a situaciones como las de empresarios que no saben con quién dialogar, luego de años de usar estrategias que llevaron a una tasa de sindicalización de menos del 5%. O a crear leyes en tiempo récord.

Hace una década, Alberto Vergara reclamó a la élite hacer política, pues llegaría el momento en el que sus operadores no podrían ayudarles. El momento llegó, y la élite no tiene mucho que ofrecer. La defensa de la ley de agroexportación ha sido pobre: empresarios publicando boletas de pago –¿debemos felicitarlos por cumplir la ley?– y repitiendo las mismas estadísticas económicas que hemos visto por años. La política pública debe partir de evidencia rigurosa. Pero –¡sorpresa!– también necesita ser política: una discusión sobre qué país queremos.Muchos empresarios han renunciado a decirnos qué debemos mejorar para cerrarse en la defensa de lo que debe permanecer. Durante los siguientes meses necesitan hacer política. Entender demandas, proponer salidas, convencer sin asustar. O no tendremos alienígenas, sino dinosaurios camino a extinguirse.