Andrzej Duda

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Nicolás Maquiavelo, en su obra “El Príncipe”, señala cierta regla en la historia. Constata, con cierta dosis de ironía, que “todos los profetas armados han triunfado; todos los desarmados han perecido”. Sin embargo, hay excepciones a la regla. A los profetas desarmados, la historia frecuentemente les daba la razón. Normalmente con atraso, pero de forma clara. Un gran ejemplo de ello es la victoria del sindicato polaco “Solidaridad” y de su “Mensaje para los hombres de trabajo de Europa del Este” transmitido hace 40 años.

En agosto de 1980, con la creación del Sindicato Independiente y Autogestionario “Solidaridad” [NSZZ “Solidarność”] en Polonia, surgía uno de los eventos más importantes en la experiencia de Europa de posguerra. El evento trajo consecuencias cruciales también para toda la comunidad internacional. Pocos preveían entonces que la caída del comunismo, del sistema de dominación soviética sobre los países de Europa Central y Occidental, y de la división del mundo en dos bloques enemigos iba a llegar pronto. Sin embargo, que era cercano y verdaderamente realista, se pudo sentir en el ambiente de la I Convención Nacional de los Delegados de SIA “Solidaridad”, que empezó el 5 de septiembre de 1981 en Gdańsk.

El mundo observaba con admiración cómo el primer movimiento sindical independiente en el territorio entre el río Elba y Vladivostok, movimiento de la libertad y de la esperanza, estaba deliberando libremente, guiándose por los estándares de la democracia y parlamentarismo. En la Convención en Gdańsk, fue trazada una gran visión de las reformas sistémicas, sociales y económicas, cuyo denominador común era la idea de autogobernación y sentimiento cívico. Al igual que en 1791, la Constitución polaco-lituana del 3 de mayo, la primera ley fundamental promulgada en Europa, hacía una gran obra de restauración de la República. De igual manera, el programa de reformas de Solidaridad significaba un avance importante en comprender las cuestiones de Estado y economía. No solo porque la idea de “Polonia autogobernante” y “poder del pueblo” golpeaba radicalmente las bases del sistema autoritario de aquel entonces; también porque los cambios propuestos por Solidaridad tenían intrínseco un gran espíritu de modernidad.

Lo vemos claramente desde la perspectiva de hoy, especialmente después de la experiencia de la crisis económica global y de la pandemia que vivimos actualmente. Vemos que los objetivos sociales y económicos deberían estar en armonía, que es necesario el desarrollo sostenible que no absolutiza las ganancias a corto plazo. Entendemos también cuán importante es la congruencia social y la participación justa en los frutos del crecimiento económico. Comprendemos la importancia de la actividad cívica y la representación del país y de Europa para un funcionamiento estable de las instituciones y toma de acertadas decisiones de nivel estratégico. No se puede descartar que si no hubiera sido introducida la ley marcial en Polonia, que fue un ataque comunista a la libertad emergente, las reformas propuestas hace 40 años en la Primera Convención de Solidaridad podrían haber trascendido su época e iniciar las soluciones pioneras. No obstante, esa es otra historia.

El logro más importante y visionario de la Convención fue el “Mensaje para los hombres de trabajo de Europa del Este”. Paradójicamente, este tenía un propósito pragmático y un origen sencillo. Su autor intelectual fue un joven cirujano Henryk Siciński. El coordinador de elaborar el documento y el secretario del grupo directivo de la Convención fue el ingeniero electricista Antoni Pietkiewicz, quien, posteriormente, en la Polonia libre, llegó a ser un alto oficial de Estado y gerente económico. Un texto corto fue elaborado por destacados activistas de la oposición democrática –el jurista Bogusław Śliwa y el matemático Jan Lityński, cuya muerte trágica hace medio año nos llenó de una tristeza profunda–. El “Mensaje” iba a ser, sobre todo, la voz de la verdad y libertad traspasando las barreras impuestas por las dictaduras comunistas y su propaganda mentirosa. Llegaba de forma simple y al corazón: “La Delegación reunida en Gdańsk en la I Convención de los delegados de SIA “Solidaridad” envía saludos y palabras de aliento a los trabajadores de Albania, Bulgaria, Checoslovaquia, República Democrática de Alemania, Rumania, Hungría y todas las naciones de la Unión Soviética. Como primer sindicato independiente en nuestra historia de posguerra sentimos profundamente las similitudes de nuestra historia. Les aseguramos que a pesar de las mentiras difundidas en vuestros países somos un grupo auténtico de 10 millones de trabajadores organizados, creado como consecuencia de las huelgas obreras. Nuestro objetivo es la lucha por la mejora de la situación de todos los trabajadores. Apoyamos a todos los que entre vosotros decidieron entrar en el difícil camino de la lucha por un movimiento sindical libre. Creemos que, en poco tiempo, nuestros representantes y los suyos, podrán reunirse con el objetivo de intercambiar las experiencias sindicales”.

Incluso en el mismo movimiento “Solidaridad” algunos activistas partidarios de la táctica de la revolución autolimitante veían el “Mensaje” como demasiado audaz. A pesar de ello, el 8 de septiembre de 1981, fue aprobado con aplausos por los delegados con la mayoría absoluta y se convirtió en un documento oficial de la Convención. Efectivamente, provocó la furia de las autoridades comunistas en Polonia y en otros países. En Moscú estaban enfadados. Leonid Brézhnev describió el “Mensaje” como “un documento peligroso e incitador (…) que iba a causar problemas en todos los países socialistas”. La campaña de calumnias y odio hacia “Solidaridad” fue aún más fuerte. Muchos políticos de occidente también tenían dudas y veían el “Mensaje” como un paso arriesgado.

Sin embargo, en “Solidaridad” prevaleció otro pensamiento. El historiador británico Anthony Kemp-Welch, observador de las deliberaciones en Gdańsk y testigo de la lectura del “Mensaje”, acertadamente lo describió así: “Fue un momento único en la historia cuando, en nombre de las razones morales, se rechazaron las limitaciones de la Guerra Fría y de la necesidad de realizar una política real y se propuso un programa de solidaridad a las naciones vecinas”.

Este programa cambió la imagen de Europa. Vemos hoy, sin duda, que fue un acto profético, incluso causativo. Los “profetas desarmados” ganaron. Después de 1981, llegó 1989. A través de Europa Central y Occidental, pasó la ola de libertad, cayó el muro de Berlín, el comunismo fue derrotado y se desintegró la Unión Soviética y su tiranía. Aparecieron las condiciones para una integración europea, para fortalecer la alianza de naciones libres y países de nuestra región entraron en la OTAN y a la Unión Europea. Europa Central y Occidental tuvo un éxito histórico: desde hace años, es el área de estabilidad y desarrollo, lugar que atrae la atención del mundo con sus logros, potencial económico y aspiraciones ambiciosas.

La esencia del “Mensaje para los hombres de trabajo de Europa del Este” fue producto de la historia común y solidaridad que trascendía las fronteras. Hoy, como hace 40 años, nos guía ese objetivo. Está basada en nuestra cooperación cercana en la región –dentro del Grupo de Visegrado, los 9 de Bucarest, plataforma de cooperación militar de los países del flanco este de la OTAN y en la iniciativa de Tres Mares, que reúne a los países del área comprendida entre los mares Báltico, Adriático y Negro–. Me alegra que cada vez más comúnmente en Europa y en el mundo Tres Mares es valorado como un proyecto relevante que sirve para el desarrollo de la infraestructura, creación de los vectores de cooperación económica en el eje norte-sur europeo y el fortalecimiento de la integración de la Unión Europea. Una nueva iniciativa importante es la plataforma de Crimea, cuya inauguración tuvo lugar durante la reciente celebración solemne del 30o aniversario de la independencia de Ucrania. A través de esa estructura, damos una señal común de no ser pasivos frente a las infracciones a la ley internacional, de la integridad territorial y el debilitamiento de la seguridad en nuestra región.

Cooperamos en nombre de intereses comunes, en nombre de la libertad cuyas semillas fueron el mensaje de solidaridad que salió de Polonia hace 40 años. Hoy, esta victoria de la libertad la manejamos satisfactoriamente y la defendemos firmemente. El éxito de Europa Central y Occidental surge de la visión de largo plazo que, con energía y valentía, proclamaron los participantes de la Convención de “Solidaridad” en Gdańsk en 1981. No ignoréis la fuerza de los profetas incluso si os parecen desarmados.

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