"El dictamen del Tribunal Constitucional (TC) no defiende la tauromaquia ni la gallística, sino la necropolítica". (Agencia Andina)
"El dictamen del Tribunal Constitucional (TC) no defiende la tauromaquia ni la gallística, sino la necropolítica". (Agencia Andina)
Elder Cuevas-Calderón

Semiotista, profesor e investigador de la Universidad de Lima

¿En defensa de quién (o de qué) se sostiene la tauromaquia y la gallística? ¿Qué tipo de figura política se construye del animal a partir de esta defensa? ¿Puede ser que el debate esté más allá de las y las ? ¿Será tal vez que esta arena exceda al ruedo y se lidie en la necropolítica?

Primero. Indaguemos nuestra relación con el planeta (y por extensión con la naturaleza). Paul B. Preciado sostiene que hemos abandonado el Holoceno para entrar en el Antropoceno, y con ello transformamos nuestra relación con el planeta en una asimetría de soberanía, dominación y desafección. Un proceso que hizo creer que estábamos fuera (del planeta y de la naturaleza), que éramos otro; un movimiento doble que erotizaba nuestra relación con el poder, y que en simultáneo deserotizaba nuestra relación con el planeta. No es gratuito que bajo esta consigna el animal sea entendido como un objeto, carente de agencia, voz, derechos, sensibilidad; y por tanto, concebido como algo a ser dispuesto.

Segundo. Examinemos la condición política de lo animal. Ya sea a modo de defensa de la cultura o las costumbres, como también de la protección de la vida; lo animal del Antropoceno está enunciado como subalterno, instrumental y tutelar. Emplear el verbo ‘defender’ nos relata cómo los animales están privados de resistencia o de usar libremente su cuerpo, órganos y fluidos; sin derechos, allanados por la mera diferencia y sirven (en su acepción más instrumental) de garantes de la necropolítica. Es decir, todo aquello que es entendido como lo animal devino artefacto que normaliza y justifica el sentido de la subalternización de un grupo hegemónico que además se arroga los derechos e incluso dirime en nombre de los subalternos. También instrumentaliza los cuerpos, los teleologiza a modo de alimento o abrigo, se apropia de sus fluidos –sangre, leche, esperma– o incluso de los úteros para reproducirlos. Además, propone la necesidad tutelar, para que sigan siendo objetos –nunca sujetos– de prácticas gubernamentales; todo justificado, avalado y legitimado por la mera consigna de la supuesta superioridad de una especie sobre otra. Una suerte de esclavo natural cuyo destino es siempre ser gobernado.

En ese sentido, el dictamen del no defiende la tauromaquia ni la gallística, sino la necropolítica, que castiga toda forma de disidencia o amenaza al Antropoceno con intimidación o muerte, y que no se agota con los animales sino que se extiende a todo aquello que excede su norma. Por eso, aquí no solo se está disputando el sacrificio de los animales, sino el cuestionamiento de lo antropoceno, del lugar que ocupa como “grupo legítimo”, en breve, como sujeto universal.

De esa forma, debemos examinar las relaciones asimétricas que nos (des)vinculan de lo animal para entender cómo esta es una de las varias formas de dirimir la vida pública desde la necropolítica con técnicas de exclusión y muerte. Tal vez el criterio, (in)consciente, que guio a los magistrados sea resultado del temor de declarar constitucionales modos de existencia distintos a los del sujeto universal (el hombre). Es decir, es sintomática la respuesta del TC, puesto que la ley aún evita examinar desde qué punto de vista se enuncia, ya que al hacerlo se encontraría con la paradoja de que ni es universal ni irrestricta. Si no, piense qué tipo de grupos tienen derecho al matrimonio, o a la adopción o exhibición de sus afectos en público.

Examine su condición de privilegios. Hágase responsable. No solo sienta principios de igualdad con los animales, sino también condígalas con prácticas de igualdad. Tal vez el primer paso pueda estar en casa. ¿Usted le daría la libertad o la emancipación a su mascota? ¿Respetaría su derecho de apareamiento en vez de esterilizarlo según su conveniencia? ¿Lo dejaría morir naturalmente en vez de matarlo con la complicidad de un veterinario? Cuando eroticemos nuestra relación con el planeta (y con los diversos modos de existencia) y deseroticemos nuestra relación con el poder, algo grande acontecerá (o al menos eso espero).