"El apoyo a estos personajes, a pesar de lo que han causado, combina las ganas de darle la contra al adversario con una peligrosa ceguera ideológica, muy propia de los extremos". (AFP/Venezuelan Presidency/Nicholas Kamm and HO).
"El apoyo a estos personajes, a pesar de lo que han causado, combina las ganas de darle la contra al adversario con una peligrosa ceguera ideológica, muy propia de los extremos". (AFP/Venezuelan Presidency/Nicholas Kamm and HO).
Gonzalo Ramírez de la Torre

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Ser demócrata involucra creer en el balance y la separación de poderes, en el imperio de la ley, en la libertad de expresión, en los designios de la voluntad popular y, sobre todo, en el respeto absoluto a las libertades individuales y a los derechos humanos. Si tus convicciones flaquean en alguno de estos puntos, si crees que pueden plantearse excepciones en el cumplimiento de estos, difícilmente eres un demócrata. Aquí no se puede ser selectivo con aquello que se decide defender.

En los últimos años, en el Perú (y en el mundo), las credenciales democráticas de quienes se ubican en los extremos del espectro político se han visto puestas en duda y la tendencia por plantear peros a algunos principios básicos del menos malo de los sistemas de gobierno –a pesar de que aseguran defenderlo– se ha hecho común entre algunos políticos y ciudadanos.

El caso de la izquierda es quizá el que más se ha comentado. Desde que en se instaló la dictadura chavista, con la promesa de una revolución socialista, la insistencia de este grupo por defender lo indefendible ha sido una de sus más grandes taras. Denunciar violaciones a los derechos humanos y fracasos programáticos les viene sencillo cuando el objetivo se ubica cerca a la derecha, pero cuando los atentados contra la prensa libre, el derecho a la protesta y al balance de poderes vienen de quien admiran, les es fácil hacerse los locos. Cuando la cuna del muere de hambre y sus ciudadanos son empujados al éxodo, la culpa es de todos menos del tirano con el que comparten bandera.

El Gobierno de ha gatillado contradicciones similares en algunos sectores de la derecha. Aunque el mandatario no está en la misma liga dictatorial que Maduro (gracias a las instituciones de su país), muchos de sus simpatizantes no han condenado con firmeza el de hace unas semanas y varios han hecho eco de las acusaciones de fraude electoral que el jefe de Estado ha hecho sin sustento. Al mismo tiempo, han tenido poco que decir sobre la reprobable actitud de esta administración hacia las protestas por el asesinato de George Floyd y sobre sus coqueteos con grupos extremistas.

La devoción de este grupo por la “mano dura” también se vio con lo que ocurrió durante el régimen de en nuestro país, donde la violencia de la policía hacia los manifestantes fue celebrada desde algunos frentes. En general, la derecha más conservadora hizo de la corta gestión del aún congresista foco de sus elogios. En parte porque muchos de sus principales exponentes pasaron a tener un fajín, pero, sobre todo –y esto es lo importante–, porque apoyarlo suponía antagonizar al vacado Martín Vizcarra.

En muchos sentidos, tanto desde la izquierda más nostálgica como desde la derecha más conservadora, las convicciones, o por lo menos las acciones, parecen venir más de la oposición a las ideas y prácticas del adversario que de principios propios. Terreno fértil para las contradicciones. Ocurre con Trump, que ha sabido señalar a sus opositores como socialistas y pasa con Maduro, cuyos admiradores suscriben la falacia de que los problemas de su país son consecuencia de la presión imperialista internacional.

El “enemigo” puede tener más influencia en lo que algunos grupos profesan que su propia ideología. Aunque esta también tiene un papel importante, incluso en la medida en que, con tal de dar por comprobado lo que se cree, se acepta cualquier interpretación, aunque sea falsa o conspirativa, de la realidad.

En Venezuela, el chavismo ha llevado al país a un dramático colapso económico y humanitario. El socialismo del siglo XXI nunca funcionó e hizo de una de las naciones más ricas de América Latina una de las más pobres y violentas. En el caso de Donald Trump, su Gobierno no ha hecho que “América sea grande otra vez”, sino que ha mancillado eso que la hacía un ícono de la libertad occidental: la confianza en su sistema democrático y la predictibilidad de este. De hecho, con su discurso, incluso ha fomentado aquello que por décadas su país ha luchado por exorcizar: la violencia y la animadversión a las minorías.

El apoyo a estos personajes, a pesar de lo que han causado, combina las ganas de darle la contra al adversario con una peligrosa ceguera ideológica, muy propia de los extremos. Y plantea escenarios donde supuestos defensores de la democracia seleccionan lo que es democrático o no. De forma antojadiza.