(Per)versiones del odio, por Elder Cuevas
(Per)versiones del odio, por Elder Cuevas
Elder Cuevas-Calderón

Semiotista, profesor e investigador de la Universidad de Lima

¿Qué espera conseguir quien denigra con su palabra a los miembros de ‘otra’ comunidad, quien declara a los homosexuales como inadaptados sociales? ¿Cuál es la intención del discurso de odio si, en realidad, no aspira a cambiar nada? ¿Es responsable de su acción el sujeto que daña con su discurso a un miembro de ‘otra’ comunidad?  

Si seguimos a Judith Butler, nos daremos cuenta de que el sujeto que insulta está meramente citando el ‘corpus’ disponible de los discursos excluyentes; en otros términos, cita, repite fragmentos del ambiente discursivo, del razonamiento y de los hábitos de la comunidad a la que cree pertenecer. Así, el sujeto que es percibido como autor del discurso injurioso es, por lo tanto, solo el efecto, el resultado de la cita. Y el hecho de que el sujeto parezca ser el autor de la afirmación tan solo oculta este hecho. 

El sujeto, como autor ficticio del discurso, ha recibido la carga de la responsabilidad para que la historia quede indemne, puesto que esta no puede ser enjuiciada, el sujeto sirve como chivo expiatorio. Así, esta reflexión de Butler nos invita a pensar: ¿Nos equivocamos cuando le atribuimos la responsabilidad por el discurso del odio a un sujeto singular?

Si bien tampoco es nuestra voluntad poner a los sujetos como meros efectos discursivos, y por lo tanto eximirlos de cualquier responsabilidad, la pregunta que nos ronda, ya sea desde el sujeto o desde el discurso es: ¿Qué se busca con el insulto? Es claro que si se emite una ofensa la voluntad del que lo hace es la respuesta del otro, pero seamos agudos y veamos que no solo pasa por la reacción, sino va más allá. 

En principio el que insulta busca provocar en el atacado un cuestionamiento de su identidad y un sentimiento de inferioridad. Pero no solo se queda allí, el que injuria pide la confirmación de su propia identidad ya que el insulto le da las herramientas para definirse a él como parte de una comunidad, de una unidad social compacta y hegemónica. Y si se entiende que el ofendido no puede responder, es justamente porque el discurso del odio está diseñado para aprovecharse de la “indefensa” estructura de la víctima, que en pocas palabras, si cala hondo es porque el blanco de la violencia es el núcleo no simbolizable del otro. 

Sin embargo, no es lo único que pretende. A su vez, busca dar un lugar especial al que insulta para definir su posición frente al interpelado y, por tanto, forzar al calumniado a aceptar esta preeminencia. Así, en el delirio del agresor, cuando alguien se siente ofendido, lastimado o humillado, a través de ese dolor, se le concede la autoridad, ya que el insulto no es más que la expresión de ser reconocido (como parte de algo). 

En términos psicoanalíticos, el que agrede busca constantemente colocarse en un lugar del universo simbólico donde aparezca ante sí mismo como digno de ser amado. Por eso en el discurso de odio (más aun en la homofobia) esta identificación simbólica juega un papel trascendente. Así podemos darnos cuenta de que el agresor no insulta a alguien en específico sino a un fantasma creado desde su propio delirio y al que ataca a partir de la creación imaginaria que tiene de él; en breve, él es agresor pero también es la víctima del discurso que lo embarga.

Finalmente, ¿a quién se agrede? Es claro que esta es una partida de cartas en solitario, pero que lo interesante de estos insultos no nos sirve para saber quién es o cómo es el agredido sino para saber cómo razona el agresor, y por lo tanto cuáles son sus fobias y patologías. Principalmente, nos sirve para saber –en el lenguaje utilizado– cuáles son las heridas que aún siguen abiertas. Así el discurso del odio no es hacia el otro sino hacia uno mismo.