Perseverancia y paciencia, por Gianfranco Castagnola
Perseverancia y paciencia, por Gianfranco Castagnola
Gianfranco Castagnola

Presidente ejecutivo de Apoyo Consultoría

A casi 100 días de haber iniciado su gestión, el gobierno del presidente Kuczynski empieza a recibir presiones por mostrar resultados. En el ámbito económico, al menos, habrá que tener paciencia hasta que las medidas que se adopten tengan algún efecto. El nivel de actividad económica no va a mejorar en el corto plazo. Más aun, es probable que en los siguientes meses se siga deteriorando.

Es cierto que la confianza empresarial ha subido a niveles no vistos en los últimos años, y también que la cifra de crecimiento de agosto pasado, de 5,5%, impresiona en el contexto internacional. Pero esta elevada tasa responde a dos razones puntuales: una mayor producción minera, resultado de la puesta en marcha de nuevos proyectos o ampliaciones de operaciones ya existentes (Las Bambas y Cerro Verde, principalmente, cuya gestación se dio antes del 2011) y una recuperación de la pesca, producto de mejores condiciones climáticas. Pero, en simultáneo, la demanda interna –un equivalente a la sensación térmica de la actividad productiva– sigue deteriorándose.

La inercia heredada del gobierno del presidente Humala, caracterizado por su ninguneo del crecimiento de la economía, es clara: en el tercer trimestre la demanda interna no creció. La inversión privada se contrajo en 5% versus el mismo período del 2015. La producción de cemento y la de la industria de bienes de capital –que reflejan la dinámica de la inversión privada– cayeron en tasas similares. Por ello, el empleo formal este año ha crecido en apenas 0,5%. En economía, lo que no se siembra no se cosecha. Lamentablemente, en el gobierno del presidente Humala se sembró poco o nada. 

Peor aún: el déficit fiscal a setiembre ascendía a 3,4% del PBI, el nivel más alto de los últimos 15 años. Esta precaria situación fiscal no solo no deja espacio para una política expansiva que permita iniciar un proceso de recuperación de la economía, sino que, por el contrario, ha obligado al gobierno a realizar un ajuste. Así, en el último trimestre, el gasto de los ministerios (que equivale al 50% del gasto público total) se reducirá en 20%, para poder alcanzar un déficit más manejable, de 3,0% del PBI. Desafortunadamente, este ajuste exacerbará el estancamiento de la economía.

Entonces, sin viento a favor del exterior y sin herramientas para quebrar la inercia, la recuperación tardará algunos meses en llegar. Si se hacen las cosas razonablemente bien, es posible que la empecemos a percibir a mediados del próximo año. Implicará un gran esfuerzo del gobierno por mantener viva la confianza empresarial y de los consumidores, dando señales concretas de avance en varios frentes. 

La primera señal, como se ha dicho muchas veces, es el destrabamiento de proyectos de inversión que, por razones incomprensibles, el gobierno anterior no pudo o quiso hacer. No se trata solo de la lista priorizada de proyectos –la ampliación del aeropuerto Jorge Chávez, la línea 2 del metro de Lima, etc.–, sino también de generar las condiciones para que decenas de proyectos que están detenidos en todo el país se ejecuten. Por ejemplo, hace cinco años que un operador de centros comerciales busca construir uno en Tacna. Es una inversión que supera los US$100 millones, que mueve el amperímetro de la economía de la zona y que contribuye a su formalización. Sin embargo, por ser una inversión extranjera en zona de frontera, requiere de un procedimiento especial, que el gobierno anterior se negó a aplicar. Como este, existen muchos casos más.

Estamos hablando de cerca de US$8 mil millones que pueden empezar a ejecutarse en los siguientes meses. La buena inversión en infraestructura –no aquella en elefantes blancos, como los US$4,5 mil millones de la modernización de la refinería de Talara– reactiva la producción en el corto plazo y eleva la productividad de la economía en el largo plazo.

La segunda señal debe venir del más alto nivel político que debe transmitir que está promoviendo un cambio de chip de la burocracia para ponerla a favor de los ciudadanos y empresas, no en contra. Ello implica dar señales claras de que el gobierno inicia el desmontaje de la perversa sobrerregulación sectorial y de mercados y de la proliferación de trámites que ahogan la actividad productiva. Este es un trabajo de hormiga, laborioso, poco gratificante, pero de gran impacto en el mediano plazo. Implica inmersiones dentro de cada ministerio, pero también intensas coordinaciones intersectoriales –como las que se aplican en Produce en las mesas ejecutivas–.

El crecimiento de los próximos años no vendrá del exterior. Lo tendremos que construir a pulso, perseverando en políticas económicas sensatas, promoviendo la competitividad del país y facilitando la inversión privada. Y luego tendremos que esperar con paciencia el momento de cosechar lo sembrado.