Foto: Britanie Arroyo / @photo.gec
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Enrique Bonilla Di Tolla

Director de la carrera de Arquitectura en la Universidad de Lima

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Desde que una parte significativa del centro histórico de Lima fue declarada patrimonio de la humanidad por la Unesco en 1991, la política de recuperación hasta ahora más exitosa fue la que se realizó sobre los espacios públicos. Debido a las oportunas acciones que tomó más adelante el entonces alcalde Alberto Andrade Carmona, se pudo mitigar el proceso de deterioro en el que había caído el centro de Lima. El espacio público, que entonces estaba secuestrado por el comercio ambulatorio, fue rescatado, recuperado y entregado a la ciudad para que vuelva a ser, como corresponde, un patrimonio de todos. Gracias a eso, los limeños contemporáneos hoy disfrutamos más nuestro centro histórico porque sentimos que nos pertenece: es nuestro patrimonio.

Dicho esto, no nos resulta entendible lo que está por suceder en la plazuela de San Francisco, donde la Municipalidad de Lima viene realizando exploraciones arqueológicas que estarían encaminadas a la restitución de un muro pretil que tuvo la plazuela. Este cerco que tenía la iglesia de San Francisco junto con las capillas de La Soledad y El Milagro servía como cierre de un camposanto, pero fue retirado hace más de un siglo porque dejó de cumplir dicha función. Desde entonces, la plazuela de San Francisco se ha convertido en uno de los espacios más significativos de nuestro actual centro histórico y, como lo ha señalado muy bien el arquitecto Javier Luna, de gran ritualidad, ya que es lugar de procesiones, autos sacramentales e inclusive conciertos. Así, parece que ahora, pese al intenso uso público y social, habrá que privarse de esta plazuela.

Por otro lado, la declaratoria de Lima como patrimonio de la humanidad nació a partir de la declaratoria del conjunto de San Francisco, por lo que es, ‘stricto sensu’, el corazón del mismo centro histórico, y esta plazuela es parte de él. Este espacio, que por entonces tampoco tenía el cerco que se le puso en la década de los 90 del siglo pasado, bien valdría la pena liberarlo para integrarlo al espacio de las vías aledañas; lamentablemente, todo apunta a que serán peatonalizadas. Por ello, suena contradictorio que, en lugar de ganar espacio público y acercar el patrimonio a la gente, la propuesta sea recortarlo para alejarlo colocando una frontera, apelando a discutibles justificaciones históricas. Hay incluso mejores versiones –también históricas– de la plazuela que en algún momento tuvieron inclusive área verde y mobiliario urbano.

En otros contextos, incluso en Lima misma, estos temas solían discutirse con las instituciones representativas de la sociedad civil. Las intervenciones en los espacios públicos a los que me he referido al inicio de este artículo fueron objeto de un gran consenso y discusión, tanto en lo técnico como en lo público a través de los medios de comunicación. Intervenir la plazuela de San Francisco debería ser también el resultado de un consenso y no de una imposición. No debería ser tan difícil hacer una consulta pública sobre el destino de un bien que es público. ¿No es acaso la mejor forma de construir ciudadanía hacer que ella participe en sus decisiones, que tome conciencia del valor de su patrimonio y que se comprometa a cuidarlo?

Por eso, resulta imperativo que la Municipalidad de Lima informe a la ciudadanía con claridad qué es lo que pretende hacer en la plazuela de San Francisco y por qué este proyecto resulta prioritario dentro de un centro histórico que parece tener, a simple vista, necesidades más urgentes que atender.

Finalmente hay, como dice Ramón Gutiérrez, quienes entienden la recuperación de un centro histórico como la acción de una bomba de neutrones: manteniendo los edificios y desapareciendo a la gente. Tras la política de restaurar fachadas y abandonar interiores, como escondiendo la penosa condición y la tugurización tras un bastidor, ahora se acompaña la otra de cerrar espacios públicos para evitar que la gente los use porque los “deteriora”. ¿Es esa acaso la “visión” que promete nuestro centro histórico de cara al bicentenario? ¿En lugar de celebrar la libertad, celebraremos el cautiverio de nuestro patrimonio, el de todos, que ha sido secuestrado?