(Ilustración: Giovanni Tazza)
(Ilustración: Giovanni Tazza)
Bjørn Lomborg

Cuando una “solución” a un problema causa más daño que el problema, quiere decir que el diseño de políticas ha fallado. Este es el lugar en donde nos encontramos a menudo con respecto al calentamiento global.

Organizaciones activistas como Worldwatch sostienen que el aumento de las temperaturas hará que más personas pasen hambre, por lo que se necesitan recortes drásticos de las emisiones de carbono. Sin embargo, un nuevo estudio publicado en “Nature Climate Change” ha descubierto que una fuerte acción climática mundial causaría mucha más hambre e inseguridad alimentaria que el propio cambio climático.

Los científicos utilizaron ocho modelos agrícolas globales para analizar varios escenarios de aquí al año 2050. Estos modelos sugieren, en promedio, que el cambio climático podría exponer a 24 millones de personas más al hambre. Pero si se aplicara un impuesto mundial sobre el carbono, habría un aumento en el precio de los alimentos tal que la cantidad de personas en riesgo de hambre aumentaría en 78 millones.

Hemos oído historias similares antes. Hace diez años, la locura de los biocombustibles arrasó en los países ricos con el apoyo incondicional de los activistas verdes que aclamaban cualquier cambio que se alejara de los combustibles fósiles. Los cultivos de alimentos fueron reemplazados para producir etanol y el aumento resultante en los precios de los alimentos obligó a por lo menos 30 millones de personas a caer en la pobreza y a 30 millones más en el hambre, según la organización benéfica británica ActionAid. Si queremos erradicar el hambre, hay formas mucho más eficaces de hacerlo.

Alrededor de 800 millones de personas están desnutridas hoy en día, sobre todo a causa de la pobreza. La iniciativa más importante que podría emprenderse mañana no es una política que ralentice la economía mundial, sino una que reduzca la pobreza: un acuerdo comercial mundial.

Se permitió que el acuerdo de libre comercio de Doha colapsara con solo una fracción de la atención prestada a las negociaciones mundiales sobre el cambio climático.

Según un estudio encargado por el Copenhagen Consensus, la reactivación de Doha sacaría de la pobreza a otros 145 millones de personas para el 2030. Podría hacer que la persona promedio en el mundo en desarrollo gane 1.000 dólares al año, lo que les permitiría no solo alimentarse mejor a sí mismos y a sus hijos, sino también ofrecer mejor atención de salud, más educación y llevar una vida más próspera.

La política climática de la UE bajo el acuerdo de París les costará unos 600.000 millones de dólares al año durante el resto del siglo y, en el mejor de los casos, reduciría la temperatura en tan solo 0,05 °C para finales de siglo.

Al comparar el costo descomunal con el ligero retraso en el daño climático, cada dólar gastado aporta solo tres centavos de beneficios climáticos, es decir, menos daños por huracanes, menos oleadas de calor y menos estrés agrícola.

Obligar a los países pobres a reducir las emisiones es aun más perjudicial, porque la energía barata y abundante sustenta la prosperidad. Al margen de esto, el gran problema de forzar los recortes de carbono es que la energía verde todavía no es el salvador que se retrata como tal.

Incluso después de décadas de fuertes inversiones en subsidios para apoyar la producción de energía verde –con un costo de más de 150.000 millones de dólares solo este año–, la Agencia Internacional de Energía considera que la energía eólica proporciona solo el 0,6% de las necesidades energéticas, y la solar el 0,2%.

Tenemos que ser más inteligentes sobre el cambio climático. Mi grupo de expertos solicitó a 27 economistas climáticos de alto nivel que exploraran todas las respuestas políticas posibles, y la conclusión fue que la mejor inversión a largo plazo es en I+D de energía verde. Por cada dólar gastado, se evitarían 11 dólares de daños climáticos.
Esto tiene mucho más sentido que el enfoque climático actual, que en la mayoría de los casos provoca más daño que beneficio.