Una pareja cruza una calle desierta en Colombia (país en el que también se han dictado medidas de confinamiento) el pasado 27 de marzo. (Foto: EFE/ Ricardo Maldonado Rozo).
Una pareja cruza una calle desierta en Colombia (país en el que también se han dictado medidas de confinamiento) el pasado 27 de marzo. (Foto: EFE/ Ricardo Maldonado Rozo).
Elder Cuevas-Calderón

Semiotista, profesor e investigador de la Universidad de Lima

El virus ha mutado. Pero esta vez lo hizo, no en su sentido biológico, sino en lo semiótico. Con el paso de los días, vemos cómo va desplazando la arena biológica para inscribirse en la resignificación de la vida cotidiana. El virus ha mutado de nuestros organismos a la práctica social y, con ello, el sentido que lo articulaba. De la noche a la mañana, pasamos de relacionarnos de forma cercana, colectiva, viscosa y sucia, a una distante, individual, seca e higiénica. Este virus ha atacado, principalmente, al tiempo; y, con ello, a la situación transpersonal que nos obliga a repensarlo, que lo califique como desquiciado, que obligue a la introspección y a pedirle un respirador artificial ante el colapso de todo lo que estaba sostenido con alfileres.

El tiempo cronológico, lineal, proyectivo, valorado por su productividad y su aprovechamiento, en el que se siembra ahora para cosechar después, en el que nos vamos construyendo como un producto, equiparado con la economía y cuyo imperativo es el de aprovecharlo haciendo algo, ha sido suspendido. El virus ha empezado a atacar por allí, a desencajar la facilidad de elaborar una agenda, a la obsesión de revisar el reloj o las notificaciones del teléfono, a calcular nuestro desplazamiento de un punto a otro. Se han suspendido las unidades cronométricas, mesurables. Estamos frente a un tiempo extra-ordinario (por fuera de lo común) y cuyo aroma exige otra aproximación. Si el tiempo suspendido era entendido como una carrera que rellenaba sus espacios para evitar la angustia de la muerte, no es gratuito que frente a su detenimiento los primeros síntomas de este virus semiótico sean la asfixia o los ataques de ansiedad.

Esta suspensión nos plantea una pregunta: ¿podría existir una forma alterna de concebirlo? ¿Podría ser el rato lo suficientemente subversivo para desarticularlo? Justamente, este sustrae la medición de su ponderación, es el tiempo que escapa al tiempo, una relación no cuantificada sino cualificada, un tiempo diferente de lo que viene (y no de lo que se pierde). El rato como un lugar en el que no se precisa mirar el reloj, que nos propone una relación cualitativa, diferente, en donde el vínculo con el otro tiene una valoración excedente a lo económico. Sin embargo, este aún expele un aroma tóxico para nuestros organismos, acostumbrados a vivir un tiempo apocalíptico, agobiado por su finitud, fugacidad y evanescencia.

Sin embargo, las patologías que emergen no solo homologan la detención del tiempo con el estancamiento, sino que lo elevan al grado de retroceso. El tiempo cuantificado es del individuo, aquel que se desprende de la comunidad; y que adolece porque (cree) que no hace nada.

Sin duda, son momentos difíciles para el tiempo cronológico y para individualismo, que, aun estando intubado, pugna por sobrevivir, y cuyos signos vitales se ven en la especulación de precios o el acaparamiento de productos de primera necesidad. Se torna desquiciado –ahora más que nunca– pensar que podamos salir de esto aferrándonos al tiempo cronológico y al individualismo que, como ya podemos ver empíricamente, no hace que más que sentenciar a muerte al otro.

¿Podemos desarrollar una vacuna? Tal vez, entendiendo que este es un problema social, que pide a gritos la necesidad de hacer política, alejándose del individualismo y de la metafísica. Este virus se vence con una comunidad organizada que decida cuáles son las prioridades, exigiéndole al Estado que esté presente pero que no se sobrepase, fiscalizándolo más aun con las nuevas disposiciones que ha dado el Ejecutivo.

¿Hay una esperanza? Sí. En la vida comunitaria, forjada no solo por vínculos económicos y políticos, sino por puentes sólidos de fraternidad; en el que se asume el costo de lo que hacen sus hermanos, y que lo protejan; que, en vez de demandar ponerle un fusil en la cara, defienda a cada uno de sus integrantes, no para que infrinja la ley o para encubrirlo, sino para que no tenga o no quiera hacerlo.


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