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María Mendoza Michilot

Periodista y docente universitaria

Es difícil resumir las vivencias acumuladas como periodista de El Comercio. Al igual que cuando revisamos la historia de la prensa peruana, decenas de rostros y experiencias van y vienen en el tiempo como en una película; personas que conocimos dentro y fuera del Diario a lo largo de los años se agolpan en la memoria. Muchos de ellos, hombres y mujeres que aprendimos a admirar y a seguir; en quienes pensamos recurrentemente porque parecen hacer viable esa promesa que Jorge Basadre pensó para el Perú, sobre todo cuando emergen las cíclicas crisis de valores.

Empecé a ejercer el periodismo en el segundo lustro de 1980 cuando una profunda crisis económica y social, agudizada durante el gobierno de turno, y la insania terrorista de Sendero Luminoso cabalgaban como dos de los cuatro jinetes del apocalipsis (el de caballo negro y el de caballo rojo) rumbo al abismo y con ellos, el Perú. El día a día laboral mostró que esta profesión se hace caminando: así llegué a improvisados talleres de arpilleras, artesanos y de pequeños negocios, cuyos conductores luchaban por reunir algún dinero para sobrevivir; también a comedores populares, donde las madres hacían milagros para dar una ración alimenticia a sus hijos.

Comprobé cómo a la diáspora de compatriotas en busca de un mañana mejor se sumaban campesinos de la región Junín, para trabajar en Estados Unidos como pastores de ovejas en California, Oregon, Idaho, Nevada, Utah, Washington. Salían por un tiempo y al retornar viajaban otros grupos. Aquellos se reintegraban a las faenas agrícolas y se unían a las rondas para proteger a sus comunidades de Sendero.

Lo sucedido en el periodismo nacional en la década de 1990, cuando una parte de la prensa vendió su línea editorial y otra asumió un rol ejemplar de control social, me remite a Max Weber, para quien el periodismo puede ser una profesión inclasificable, con una vida azarosa y sometida a tentaciones que hacen que la “sociedad” la juzgue permanentemente; una profesión, sin embargo, de complejas condiciones de producción para obtener un buen trabajo periodístico que debe ser elaborado rápida y eficientemente. También me recuerda a Aurelio y Alejandro Miró Quesada, quienes sostenían que como periodistas debemos valorar las luces y no caer en las sombras que empañan nuestra labor cotidiana a la hora de encarar la noticia.

Por esos años, El Comercio empezó su modernización: los periodistas dejamos las carillas para escribir en computadoras. El color, los rediseños y las infografías abrazaban los Principios Rectores. El Diario me asignó nuevas tareas, al igual que a otros periodistas, bajo la gestión de Alejo y Paco Miró Quesada. Quiso el destino que cubrir una de las asambleas preparatorias de Naciones Unidas sobre racismo, discriminación y xenofobia en Ginebra, Suiza, en mayo del 2001, me permitiera conocer y alertar sobre el peligro de que el Perú perdiera los primeros millones de dólares hallados por la fiscalía de Zúrich en las cuentas del ex asesor presidencial Vladimiro Montesinos.

Cuando decidí dejar el Diario, en enero del 2012, comprendí que nunca nos vamos de los lugares que habitamos, en mi caso, de una casa donde me formé profesionalmente, que me acogió por 26 años y me hizo actora y testigo privilegiada de alentadores cambios en nuestra sociedad y en este querido periódico, hoy con una presencia relevante en lo digital.

También he tenido la oportunidad de ver a tantos estudiantes –hoy jóvenes profesionales– tomar la posta y empezar a escribir su propia historia. El reto es enorme porque leer el periódico no solo sigue siendo un ritual o ceremonia masiva en que el lector consume este producto o ficción de manera silenciosa, como anota Benedict Anderson. Más allá del soporte a través del cual se lea, vea o escuche, también brinda la posibilidad de sembrar sentimientos de pertenencia en la colectividad, la comunidad política o la nación que imaginamos, anhelamos y necesitamos consolidar.