"Estar forzados a convivir en un espacio y tiempo determinados obliga a los congresistas a escucharse y a debatir". (Foto: Congreso)
"Estar forzados a convivir en un espacio y tiempo determinados obliga a los congresistas a escucharse y a debatir". (Foto: Congreso)
Rodrigo Salazar Zimmermann

Lo peor que le podía pasar a la pseudodemocracia peruana es digitalizarse. Pasar del hemiciclo a Microsoft Teams sin reglas claras ha traído profundos daños. Que este no debata y tome decisiones inmediatistas de madrugada no se debe solo a la debilidad de los partidos y al voto preferencial, sino también a una variable que no ha sido considerada: este Congreso ha resultado atroz en parte porque es digital.

La democracia representativa está basada en el espacio/tiempo. Los congresistas representan a sus regiones de origen (espacio) en un lugar específico (espacio) durante un momento dado para debatir (tiempo). En el mundo digital, fuera del espacio/tiempo, se rompe el vínculo de los congresistas con la ciudadanía; se alejan de la realidad de quienes votaron por ellos. Luego la distancia les genera apatía, y es más fácil proponer y votar por propuestas descabelladas. Esta situación también promueve esos plenos de madrugada. El ciberespacio no sabe de límites de horario.

Estar forzados a convivir en un espacio y tiempo determinados obliga a los congresistas a escucharse y a debatir. Ese encierro estimula ritmos y prácticas más distendidas que benefician la reflexión y el debate. En la digitalización, sin embargo, prima la inmediatez y la yuxtaposición de ideas-imagen. La inmediatez, como ya lo he explicado en estas páginas, es enemiga de la reflexión. He ahí los siete minutos para llegar a un dictamen.

El lenguaje del mundo digital es el de la sobrecarga de información. Esta enorme cantidad de estímulos inevitablemente implica una menor profundidad de análisis, lo que también explica las fatales decisiones tomadas por este Congreso. No hay coerción humana para hacer las cosas con más responsabilidad. Los liderazgos se diluyen tras la pantalla. ¿Quién es un líder en el actual Congreso digital?

En la democracia los signos importan. Importan, pues, la majestuosidad y elegancia de la arquitectura del Congreso, su protocolo y ceremonia. Eso infla al congresista con poder y determinación. Todo eso imprime una narrativa, a diferencia del olor de sofrito de ajos y cebollas que le llega de su cocina.

En la política digital el congresista se oculta en la confusión del ciberespacio. Los ciudadanos que quieren protestar contra ellos como grupo no tienen cómo hacerlo. El congresista puede apagar su cámara o decir lo que quiera sin identificarse. Hay menos rendición de cuentas. El congresista trucho está protegido por los ladrillos y la comodidad de su hogar.

Aunque la digitalización no sea positiva para la democracia, es necesario que en este contexto de pandemia, si se va a continuar con una ‘política digital’, se incluya en la reforma política las mejores prácticas de adecuación. De lo contrario, los congresistas del ciberespacio seguirán haciendo lo que no se atreven a hacer del otro lado de las pantallas.