Andre y Steffi suelen disfrutar de los partidos de hockey sobre hielo. (Foto: @AndreAgassi)
Andre y Steffi suelen disfrutar de los partidos de hockey sobre hielo. (Foto: @AndreAgassi)
Ricardo Montoya

Periodista y psicólogo

@RMontoyaDes

En palabras del doctor Johnson, el que vuelve a casarse confía en “la victoria de la esperanza por sobre la experiencia”. Andre Agassi, quien hace una semana cumplió 50 años, lleva veinte de ellos diciéndose que invitar a cenar a Steffi Graf, en 1999, fue el mayor acierto de su vida.

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En 1994. (Foto: Reuters)
En 1994. (Foto: Reuters)

“Esa desgraciada me plantó”, vociferó indignado John McEnroe en los camerinos de Wimbledon al enterarse de que Steffi, aduciendo dolores en el tendón derecho, no jugaría con él las semifinales de los dobles mixtos. Ignoraba ‘Big Mac’ que entre el grupo de jugadores que escuchó sus quejas contra la alemana en la catedral del tenis estaba la razón de su ausencia. La noche anterior Graf y Agassi habían disfrutado de su primera cita romántica. Con el tiempo el disgusto cedió, relata McEnroe en sus memorias.

Es desde aquella velada en Londres que dos personalidades antagónicas han rodado juntos por el mismo sendero. No es mucho lo que queda ya del Agassi que proclamaba “la imagen lo es todo” para un comercial de zapatillas. El pelilargo, de argollas en ambas orejas y short de jean, debutó en la Copa Davis contra Perú y regaló con Yzaga posiblemente el mejor set que se haya jugado en Lima. Un Jaime inspirado se imponía 8-6 cuando se suspendió la contienda por falta de luz natural. Al día siguiente, antes del mediodía, Andre ya había torcido el rumbo del partido. Ese es el Agassi que, condenado al tenis por su padre, se empeñaba en hacer la revolución. “Yo detestaba el juego. A mí nadie me preguntó si quería ser tenista”, desahogaba en “Open”, su fantástica autobiografía. Drogas, dopaje, pelucas, fama y borbotones de talento acompañaron, con altibajos, su escalada al cenit del deporte blanco.


En medio de una agobiante soledad, se hace amigo y luego pareja de la cantante Barbra Streisand, 28 años mayor que él. Es ella quien lo cobija en la farándula hollywoodense donde, años más tarde, conocería a Brooke Shields, su primera esposa. Calendarios e intereses distintos terminarían el matrimonio de la hermosa actriz con el deportista.

Poco después Agassi completaría sus triunfos en todos los torneos de Grand Slam al conquistar Roland Garros. Ese mismo año Steffi ganaría en París, por lo que debieron cumplir con las actividades protocolares juntos. “[Si bien] las preciosas piernas de Stephanie ayudaron a que me enamorara sin remedio, en realidad, había algo en su manera de comportarse que la hacía única entre tantas”, confesó Agassi después.

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Imantados desde aquel París, Agassi y Graf son una de las parejas más sólidas del deporte. Steffi, tímida por naturaleza, ha conservado siempre un perfil sin aspavientos y ha dedicado, desde su retiro, la mayor parte de su agenda a manejar la fundación filantrópica de Andre. En una insólita muestra de coherencia ambos decidieron enviar a sus hijos a estudiar a una de las muchas escuelas que construyeron.

Contradiciendo todos los pronósticos, Jaden, el primogénito de las dos leyendas del tenis, ha firmado contrato por un equipo de béisbol, los Trojans de la Liga Universitaria del Sur de California. Andre y Steffi, que combinados acumulan 30 torneos de Grand Slam individuales y dos medallas de oro olímpicas, jamás presionaron a su hijo a jugar su deporte predilecto.

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Hace un tiempo, en el ingreso de Steffi al Salón de la Fama, Andre manifestó en el discurso de inducción que todavía no se habían inventado las palabras para precisar el tipo de corazón y espíritu que tiene la mujer que ama. Su esposa respondió que de todas las cosas que le regaló el tenis sin duda la mejor fue conocerlo a él.

Hay cosas que se hacen por amor. Cambiar para bien, por ejemplo. Quizás por eso, para el prólogo de su libro autobiográfico, el ahora pelado de Las Vegas eligió una frase de una carta de Van Gogh a su hermano Teo, que es, en el fondo, una dedicatoria a su mujer: “Un afecto muy profundo y muy serio es el que nos libera de ese cautiverio que nos imponemos a nosotros mismos. Ser hermanos, ser amigos, y el amor compartido, es lo que abre las puertas de la cárcel, gracias a un poder supremo. A una fuerza mágica”.

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