REUTERS/Carlos Barria
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Bruno Maçães

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Trump ha sido objeto de burlas interminables por sus acrobacias en los ‘reality shows’ y ha sido atacado por su deliberada indiferencia hacia los hechos.

Pero lo que la mayoría de los críticos han pasado por alto es que su desconexión de la realidad es una característica, no un error. No es un defecto que deba corregirse, porque sin él, Trump nunca se habría convertido en presidente.

Trump llenó la Casa Blanca de personalidades mediáticas y dirigió la administración casi como una serie de televisión. Una y otra vez se ha esforzado por producir una visión de los eventos políticos lo suficientemente plausible como para ser absorbente, pero sin la monotonía y el dolor de la realidad.

Una clave fue crear historias profundamente inmersivas sin permitirles chocar contra los límites de la realidad. A menudo tuvo éxito, convenciendo a sus seguidores de que estaban viviendo en un nuevo país.

Hace un año, durante un mitin, Trump se dirigió a sus seguidores y recordó la noche de su victoria en el 2016: “Esa fue una de las noches más grandiosas en la historia de la televisión”. Fue uno de los momentos más reveladores de sus años en la Casa Blanca: su presidencia, al parecer, no fue un evento en la historia política del país, sino un evento en la historia de la televisión.

Lo que Trump prometió fue el poder de crear mundos imaginarios y la libertad de dar rienda suelta a una vida de fantasía egoísta y extravagante, libre de las limitaciones de la corrección política o incluso de los buenos modales.

Así, Trump pareció tomar la llegada de la pandemia como un insulto personal. Si pudiera desear que desapareciera, la reelección hubiese estado asegurada. Lo intentó: con las ambigüedades sobre su gravedad y letalidad.

La ilusión comenzó a ceder ante el implacable ataque de esta amenaza. Incluso cuando Trump dio positivo, los impulsos de ‘reality show’ nunca se detuvieron: los videos del Centro Médico Militar Nacional Walter Reed y el regreso exitoso a la Casa Blanca, quitándose la máscara y con el “heroico” regreso a la campaña.

Biden pareció entender antes que todos que la fantasía estaba a punto de colapsar y los votantes no estaban preparados para una ficción. El binario principal en la política estadounidense ahora puede no estar entre la izquierda y la derecha, sino entre la ficción y la realidad.

Después de las elecciones, se comparte ampliamente un veredicto: Trump puede irse, pero el trumpismo llegó para quedarse. Esto puede ser cierto, pero no será de la forma en que la gente piensa.

Lo que sobrevivió no fue el trumpismo, sino la política de fantasía. El regreso a la realidad es solo una etapa en el desarrollo de nuevas fantasías. La búsqueda bien podría retomarse por la izquierda, donde también hay muchos instintos poderosos para luchar contra la realidad.


–Glosado y editado–

© The New York Times.

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