'El sueño de la casa propia', por Lorena Salmón. (Ilustración: Nadia Santos)
'El sueño de la casa propia', por Lorena Salmón. (Ilustración: Nadia Santos)
Lorena Salmón

Nunca tuve la independencia económica para mudarme de la casa familiar a compartir una con alguien de mi edad. Tampoco tuve la valentía para estudiar algo fuera, encontrar una oportunidad. Porque si buscas e insistes, hay.

No, yo me quedé viviendo en la casa de mis papás hasta que fui mamá. Inclusive los primeros años de ese período.

Sucede que como periodista, y absolutamente con la cabeza puesta en el amor dramático de turno, no tenía una carrera muy promisoria y menos aún ingresos que me permitieran mantenerme. Igual, la idea no me atormentaba: vivía con mis padres.

Soñaba despierta que, de ser cierto, posible y real, algún día viviría en Barranco como muchos de mis amigos. Ahora, un par de los más cercanos están ahí.

Cuando salí embarazada de Horacio tenía un trabajo en el que no recibía un sueldo fijo.

Con eso no podía vivir. Así que mi sueño de cambiarme de distrito mutó a que en algún momento futuro alquilaría un departamento que quedara a la vuelta de la esquina de la casa de mis padres.

Algo que nunca se dio.

Vivir con mis padres fue maravilloso, no podría quejarme de nada: la ayuda que recibí de sus brazos, impagable.

Cuando conocí a mi esposo, tomamos la decisión de mudarnos cerca de nuestros progenitores y también cerca del colegio en el que estudiarían nuestros hijos.

Coincidentemente, el lugar era La Molina.

Yo crecí ahí pero juré que cuando llegara el momento de irme nunca más volvería a vivir por allí. Durante años trabajé en el Centro de Lima; durante otros, en la misma Canaval y Moreyra. Así que durante mucho tiempo, para ir a trabajar, tuve que atravesar embotellamientos no aptos para sistemas nerviosos vulnerables.

Por eso cuando me llegó la misión de buscar el lugar donde viviría con mi familia, puse los ojos en otro lado del mapa.

Encontré en planos un departamento con pequeña terraza en una calle muy calmada, en un espacio con acceso a varias vías, con linda vista y cerca de mis papás.

Estoy en este depa desde hace más de diez años.

Cada vez que fantaseamos con mudarnos –porque hay sitios más lindos, porque nuestros amigos comparten barrio, porque fue lo que siempre soñamos– a mí se me encoje dentro algo. Me encanta mi casa, cada detalle, cada espacio.

La idea de desprenderme de ella cuesta.

Durante unos años dicté clases de yoga todas las mañanas allí.

Aquí paso la mayor parte de mi día, sentada en mi terraza mirando los cerros. Sí: tengo una vista privilegiada y he sido testigo de unos cielos que me han quitado el aliento.

La capacidad de poder asombrarme solo mirando mi ventana es una bendición.

Como que aquí, en esta casa, hayamos crecido todos.

La familia empezó nuclear: hijo, hija, madre y padre. Fueron llegando la gata, el gato y el perro.

Fuimos cambiando de forma y de fondo, todos, y llenado las paredes de huellas humanas y animales. De fotos del paso del tiempo. De color.

Le pusimos plantas –muchas de ellas no sobrevivieron– y objetos preciados no por su valor económico, sino sentimental. La llenamos de historias, de risas y corazones, además de una colección de artesanía alusiva al amor, y quizás la única que tengamos.

Por el momento, y hasta que Maui aprenda correctamente a comportarse, nada de alfombras.

Aparte de ellas, no nos hace falta mucho más (quizás habitaciones más amplias y un jardín donde pueda tener un palto).

En casa siempre hay música, se siente el amor, y eso basta. //

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