Renato Cisneros

No creamos que las matanzas escolares ocurren solamente en Estados Unidos. Es verdad que allá llevan literalmente siglos lidiando con ese problema (la masacre de Enoch Brown de 1764 sería el incidente inaugural), pero para que una tragedia de esa naturaleza suceda basta una combinatoria de factores que tarde o temprano podría darse en el Perú.

Hasta hoy, felizmente, no hemos visto aniquilamientos perpetrados por muchachos desquiciados que lanzan proclamas ideológicas o racistas mientras disparan. El único caso de asesinato en una escuela del que se tiene noticia fue reportado como un accidente. Ocurrió en marzo de 2019 en el colegio Trilce de Villa El Salvador, donde un muchacho de dieciséis años (que había llevado a escondidas el revólver con licencia caduca de su padre) activó el arma accidentalmente y mató a uno de sus amigos, José Manuel Sulca (15).

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La sola presencia de un arma en un aula ya es una derrota. Aunque esté descargada. Sin embargo, de tanto en tanto aparecen. En setiembre de 2015, por ejemplo, cuatro alumnos de cuarto de media de un colegio de Ferreñafe se fotografiaron con pistolas y pasamontañas. Aunque los medios informaron al respecto, recién tres años después la Sucamec inició una campaña de sensibilización en colegios de Lambayeque, región donde las mafias criminales suelen contratar menores de edad, deseosos de convertirse en el próximo ‘Gringasho’.

En agosto del 2018, en Cañete, la policía intervino a dos alumnos del colegio Eladio Hurtado Vicente, de doce y quince años, por manipular un revólver con todas sus balas. No son casos aislados. En marzo del 2019, el Ministerio de Educación reveló que en los últimos cinco años se registraron al menos 200 casos de violencia con armas en las escuelas del país. Ya en ese momento era evidente la creciente filtración de armas en las aulas nacionales.

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Los problemas de fondo son varios, desde el poderoso lobby internacional que justifica la tenencia de armas con argumentos de lo más ruines (“el que mata no es el arma, sino el hombre”), pasando por la informalidad que impide sincerar la contabilidad del armamento que circula, hasta la nula cultura de posesión de armas que existe entre ciudadanos que viven dominados por el miedo perenne de ser asesinados en la próxima esquina. La pólvora entra en casa de la mano de los padres, no siempre legalmente, sin que los hijos entiendan las razones. Ese secretismo activa la curiosidad de adolescentes inseguros que acaso identifican el arma con un símbolo de fortaleza, virilidad o estatus.

¿Cómo saben un padre y una madre que su hijo puede convertirse en asesino? Pues no lo saben. En 2016, diecisiete años después de la matanza de Columbine, Sue Klebold –madre de uno de los dos adolescentes que el 20 de abril de 1999 ingresaron a la secundaria de Columbine vestidos de negro, mataron a trece personas, dejaron heridas a otras veinticuatro y acabaron suicidándose– habló por primera vez en televisión. Se recriminó por no haber estado “más alerta” para detectar lo que ella prefirió llamar “la enfermedad cerebral” de su hijo. En ningún momento pudo referirse a él como asesino. Para ella, el Dylan que crio en Denver, el sunshine boy que armaba altas torres de legos, que creció conversando a diario con sus padres, rodeado de amigos, no podía ser el mismo sujeto que apareció en la portada de Time bajo el rótulo: “El monstruo de al lado”. Las veces que rebuscó los cajones de Dylan nunca encontró drogas ni armas. Tampoco esos diarios donde él, con un lenguaje procaz y violento, subrayaba el odio que le inspiraba la gente del instituto y barajaba la posibilidad de quitarse la vida. Nada hacía pensar a Sue Klebold que, a los diecisiete años, su “dulce hijo” estuviera carcomido por la venganza, a punto de convertirse en homicida.

No basta con estar al tanto de estas noticias espeluznantes. Saquemos lecciones, aprendamos, hablemos. Estamos lejos de vivirlas, sí, pero no a millones de años luz, como pensábamos. //

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