Abimael Guzmán es un terrorista condenado por liderar Sendero Luminoso, un grupúsculo sanguinario que aterrorizó el Perú a finales del siglo pasado.
Abimael Guzmán es un terrorista condenado por liderar Sendero Luminoso, un grupúsculo sanguinario que aterrorizó el Perú a finales del siglo pasado.
Carmen McEvoy

Historiadora

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En este incierto tiempo pandémico, donde un mes, un año o un siglo dan exactamente lo mismo, una noticia me dejó perpleja. Apareció hace un mes en , un programa emitido en señal abierta por la Universidad San Martín de Porres. En el contexto de esa entrega “educativa”, que llega a los hogares de miles de adolescentes, se comparó a un genocida, , primero con Papá Noel y luego con Don Quijote de la Mancha. Los comunicadores, expertos, salvo honrosas excepciones, en la simplificación y el meme divertido, decidieron que era súper “cool” comparar al popular y entrañable Alonso Quijano con el nefasto camarada Gonzalo. Otro asiduo lector, con una incomprensión lectora inocultable, y cuya vesania destruyó la vida y esperanzas de miles de peruanos.

Exhibiendo una gravísima falta de criterio e incluso de humanidad, un grupo de irresponsables afirmaron, en señal abierta, que quien mandó a asesinar a nuestros compatriotas, entre ellos a hombres, mujeres y niños desposeídos, bebió su perversión en una biblioteca. Un argumento similar, aunque con ciertas variables, al de uno de esos delirantes congresistas, que una y otra vez elegimos, que afirmó que la cercanía a los libros nos llevaba inevitablemente al Alzheimer. Fue a partir de esta falacia que los “creativos” de Tiempo para Aprender decidieron dar un paso adelante. Concluyendo con una banalidad, acorde con estos tiempos “líquidos”, que la lectura constante puede convertirte en un asesino en serie.

En un sugerente artículo, publicado recientemente, Carmen Posadas nos recordó lo que ya es vox populi. En las sociedades avanzadas –y en las no tan desarrolladas, agregaría yo– parece haberse borrado por completo la frontera entre lo real y lo ficticio. Tanto así que un votante norteamericano, señala Posadas, puede afirmar alegremente que él elige a Donald Trump porque es el único candidato capaz de decir la verdad. Y uno se pregunta qué tiene que pasar por la cabeza de la gente para creer en la palabra de quien recomendó tomar lejía para curar el , mintió varios años sobre sus ingresos e impuestos, declaró que la gravedad de la pandemia era una patraña inventada por sus enemigos y que, luego de contagiarse por irresponsable, expandió el mal a decenas de servidores públicos que no siguieron los protocolos dados por los científicos, de los que, encima, sigue mofándose el “commander in chief”.

Hemos llegado a una situación, y es ya un fenómeno planetario, en la que la verdad objetiva simplemente no existe. Porque en el mundo de la posverdad todo es “opinable, subjetivo y acomodaticio”. Tanto así que un narcisista ignorante como Trump se cree genio y encima pretende tener los méritos para un premio Nobel, olvidando su responsabilidad en una pandemia que lo desbordó, además de esa barbaridad dicha en la campaña presidencial anterior: “Yo puedo disparar a cualquiera en plena Quinta Avenida y no perder votantes”. A estas alturas de la locura colectiva, quizás esté en lo cierto, y la mentira, la traición a la patria, la corrupción y el nepotismo vuelvan a triunfar.

Algo se ha quebrado irremediablemente en la sociedad occidental, aquella que inventó la democracia y los derechos humanos, pero también que institucionalizó la explotación y el abuso, y ahora millones pagamos la factura. En este cambio de era, que coincide con una pandemia indomable, no sabemos, a ciencia cierta, adónde nos dirigimos, porque lo que prima es la mentira y la más absoluta confusión.

La historia puede servir de brújula a través de la neblina, pero hay que tratar de descifrar el espíritu de estos tiempos mentirosos, donde el simulacro y la simulación amenazan la vida democrática. En la publicación “Fakecracia”, un libro colectivo editado por expertos en comunicación política de la región, se muestran distintos ejemplos para comprender cómo los actores políticos en América Latina usan noticias falsas a través de Whatsapp, Twitter, Facebook e Instagram. El uso de las noticias falsas en las campañas electorales es una de las raíces de la desinformación y de los graves problemas que afectan, e incluso condenan, a nuestras democracias a la extinción. El poder de las noticias falsas funciona para que los electores se confundan y no sepan por quién están votando.

Ciertamente, los electores debemos demandar en las próximas elecciones presidenciales un debate político programático, obligando a los candidatos a que presenten planes concretos y no las mentiras a las que ‘bicentenariamente’ nos tienen acostumbrados.