Adopta un gato, por Pedro Suárez-Vértiz
Adopta un gato, por Pedro Suárez-Vértiz

Soy amante de los animales en general. De niño tuve perros, gatos, monos, coatíes, patos, conejos, pollos, canarios, loros, hámsters y muchos más. Eso sí, reptiles nunca. Estoy seguro de que todo animal domesticado es cariñoso. Con decirles que mi hermano crio un pollito hasta que se volvió gallo. Dormía en su cama echado, tapado hasta el cuello, apoyado de perfil en la almohada, y de día veía televisión con él comiendo Ticoticos. Tengo animales desde que me acuerdo. Siempre fueron perros raza cocker spaniel mientras vivía en casa con jardín. Una vez que me mudé a un departamento –y con lo rápida que se ha vuelto la vida– noté que lo más práctico era tener gatos. No rompen nada, no hacen ruido, no demandan espacio, ni paseos, ni baños, ni sacos de comida. Realmente se pagan solos. Y a pesar de que siempre escribo anécdotas sobre ellos, esta vez quiero proporcionar información útil para los interesados en ayudarlos.

Un lugar que nos encanta a los fans de los gatos es, sin duda, el parque Kennedy de Miraflores. Mi familia y yo somos frecuentes visitantes de este entretenido lugar. Todo empezó cuando dejé San Isidro por Miraflores e íbamos mi esposa y yo a pasear ahí a mi primogénita cuando era bebé. En mi casa le decimos parque ‘Kenry’, porque así lo bautizó mi hijo Salvador cuando de pequeño no podía pronunciar la palabra correcta. Nosotros felizmente vivimos cerca y podemos ir a toda hora a ver a los gatos. A disfrutar de cómo posan, juegan, duermen y se acercan a la gente.

La pasión de mi hija Mariajosé y de su abuela –mi mamá–, además de los gatos, es fotografiar en el parque a los adultos mayores bailando en la rotonda, con equipos de música y todo. Es una alegría verlos todos arreglados disfrutando, invitándose a bailar respetuosamente, riendo y gozando. Descubres que venimos a este mundo a aprender la misma lección: la igualdad. Todos en la misma frecuencia. Como los gatitos.

Mi hijo Tomás es conocido por reclamar a toda costa el famoso arroz con leche. Hace su cola, paga su plato y se sienta a comerlo sin prisa en la rotonda de los hippies (así le llaman a la zona de los artesanos). Ellos venden todo tipo de interesantes antigüedades y manualidades. Mis hijos –cuando eran más pequeños– me pedían tantos cueritos y enigmáticos objetos que tenía que distraerlos para no desfalcarme. Mi esposa –también amante de los gatos desde que me conoce, tanto que me pregunto si en su amor por ellos me ha superado– hace ansiosa su cola para comprar los picarones del parque. Son muy buenos y vale la pena probarlos.

Regresando a los gatos, es infaltable llegar, buscarlos, sentarnos a su lado y hacerles cariño. Hay de todos los colores. La mayoría se deja acariciar. Para nosotros, hallar uno de raza cartujo –plomos de color entero, como los míos– es una alegría. No siempre lo logramos, pero el hecho de buscarlos y conversarles –porque son unos parlanchines– nos encanta. Sentimos que son parientes de los nuestros. Mi amigo Daniel Sheron, de la municipalidad de Miraflores, me aclara: “Los gatos que están en el parque central de Miraflores –la zona pegada a Schell se llama Kennedy y la pegada al óvalo, 7 de Junio– son abandonados por personas que definitivamente no quieren a los animales. Pero gracias a un grupo de voluntarios son cuidados y dados en adopción”. Así que si alguna persona quiere adoptar, basta que vaya (de viernes a domingo de 4 a 8 p.m.) con su canastilla para gatos y escoja el que más le guste. Recibirá un certificado de la adopción y listo. Llévate un gatito. Escoge el que más te quiera. Serás muy feliz y tendrás una linda historia que contar.

Esta columna fue publicada el 21 de mayo del 2016 en la revista Somos.