La alfombra nueva, por Pedro Suárez-Vértiz
La alfombra nueva, por Pedro Suárez-Vértiz

Debo iniciar este artículo especificando que me he vuelto una persona de rutinas enfermizas. Tengo un horario y un orden estrictos para todo. Los días deben ser, para mí, iguales. Así cuido mis acciones como la alimentación, el baño y el sueño, y evito el estrés. Lo hago con una meticulosidad que ya no puedo variar. Todo debe estar en su lugar, en su medida y a su tiempo. Debo estar organizado antes, durante y después de cada actividad. Esto es producto de la gran ansiedad que padezco por mi problema neurológico. Si no sigo mis secuencias, me desorganizo y me angustio.

A inicios de esta semana mi esposa me dijo que ya tocaba cambiar toda la alfombra de nuestro cuarto. No limpiarla, porque ya se había hecho muchas veces, sino cambiarla por completo. Yo accedí porque siempre es bueno evitar el mal aspecto, la humedad y los ácaros. Llegó el viernes y junto con ella vinieron sus dos hermanas y su mamá. Yo pensé que era la reunión habitual aprovechando que mi suegra estaba en Lima –porque ella vive en la playa Zorritos–, pero no. Las vi entrar a mi cuarto como soldaditos y empezaron a sacar las cosas del escritorio, las cajas de las repisas y luego los cajones de los muebles. Todo mientras yo veía por televisión mi especial de ovnis. Se iban pasando las cosas como hacen los obreros cuando se pasan los ladrillos. Dos de ellas en mi cuarto, una en el pasillo y otra finalmente reubicando todo afuera. Todo lo iban apilando en la sala. Una vez fuera lo cargable, sacaron fuerzas de donde no había y alzaron los muebles: el escritorio, las mesas de noche y la cabecera de madera con fierro. Todo esto hecho por mi carpintero con madera de cedro.

De pronto me vi en un cuarto gigante. Con mucho más espacio de lo que imaginaba y con un extravío temporal de horror. Pensé: “Esto es amor, Pedro, nadie hace esto por ti. Agradécele a Dios”. Y eso hice. Así empecé a batallar contra la ansiedad. Solo me dejaron la cama, la TV –que va en el rack– y las lámparas de noche, que felizmente son de brazo y salen de la pared. A las 3 p.m. llegaron los hombres a colocar la alfombra nueva. Me tuve que ir al cuarto de mis hijos para que pudieran voltear mi cama y empezar a instalar la alfombra, que ya habían llevado cortada, para ganar tiempo y no incomodarme más. Mi esposa estuvo supervisando los cambios y también atenta para calmar las ansias que me estaba causando esta miniremodelación que en mi cerebro era toda una odisea. No hay duda: las chicas aman remodelar. Me dijo que solo era un cambio de alfombra. Una vez terminado el trabajo, le dije que regresen todo a su sitio para poder acomodarme y volver a mi rutina, pero me explicó sutilmente que recién empezaban los cambios, pues al día siguiente por la mañana pintarían el cuarto y cambiarían los muebles grandes por unos más chicos y modernos, que seguro nos darían más espacio y así yo podría estar más cómodo. Mi mente explotó.

Dormimos esa noche como en un campamento, esperando que fuera domingo y mi cuarto estuviera listo. El sábado efectivamente pintaron, previa mudada mía nuevamente al cuarto de mis hijos. Mi esposa seguía trabajando y viendo la forma de acomodar los muebles para que no ocupen tanto espacio y yo pueda estar más holgado. Esta semana, obviamente, todos los muebles y cajones siguen apilados en la sala pues, oh sorpresa, cayó el electricista a cambiar todos los tomacorrientes. “Pero, ¿por qué cambiarlos si todavía funcionan?”, dije yo. Fue una terapia intensiva de paciencia, tolerancia y control de la ansiedad que pensé no podría superar, pero que finalmente logré. Gracias a mi esposa, por tanto amor y cuidado. Ahora solo quiero comer, retomar mi especial de ovnis y descansar.

Esta columna fue publicada el 15 de octubre del 2016 en la revista Somos.