“Hoy, algún tipo de dios está presente y también oculto en nuestras vidas. Es el fantasma que circula en las pantallas”. (Ilustración: Giovanni Tazza).
“Hoy, algún tipo de dios está presente y también oculto en nuestras vidas. Es el fantasma que circula en las pantallas”. (Ilustración: Giovanni Tazza).
Alonso Cueto

Escritor

Cuando la calle se convierte en un escenario bélico, la casa no es solo un lugar donde vivir, sino –sobre todo– un refugio contra el enemigo. Nuestras milicias en esta guerra están conformadas por la “avanzada” o la “primera línea”, que forma el grupo de médicos y enfermeras. El resto, la población civil, solo puede resistir en sus refugios. Es lo que me dice mucha gente que no pisa la vereda por ningún motivo (“a lo más una vez por semana, para comprar algo”, es una frase que escucho con frecuencia), pues se ha impuesto una cuarentena personal. Hoy es un privilegio para los que se lo pueden permitir, y lo hacen con miedo y alivio: el sueño de la cuarentena propia.

En este santuario de la salud que es la casa de cada uno, los objetos sagrados ocupan un altar. Con frecuencia, tienen un espacio en la parte alta de la pared. La pantalla de la televisión y de la computadora son nuestras lámparas de Aladino, la fuente de nuestros rituales de purificación. Después de varios meses de pandemia, muchos ya no quieren seguir viendo las noticias.

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Vivimos en y desde las pantallas. En muchas casas, cada miembro tiene la suya propia. La vida se ha reducido y también se ha extendido. Las computadoras son a la vez instrumentos de trabajo y fuentes de entretenimiento. En la vida doméstica impuesta, la ropa casual o la pijama son habituales. Vemos noticias, escuchamos música, recorremos películas o series, trabajamos en un artículo como este, hablamos con amigos o vemos mensajes sin movernos de un asiento. La tecnología nos ha fijado a un lugar. Nos ha dicho: “De aquí no te mueves porque eres mi siervo, bendito seas”. Si antes el espacio de la casa era distinto al del trabajo, ahora la tecnología los ha unido. La oficina que antes quedaba fuera de la vivienda ha entrado al dormitorio. Y va a quedarse allí por un buen tiempo.

Quizá la tecnología en tiempos de pandemia le ha dado la razón a Pascal, que dijo que “todas las desgracias del hombre se derivan del hecho de no ser capaz de estar tranquilamente sentado y solo en una habitación”. Blaise Pascal, el filósofo y matemático francés del siglo XVII que inventó el diseño de la calculadora y la teoría de la probabilidad, es autor de otra frase famosa: “El corazón tiene razones que la razón no conoce”. Su vida fue un ejemplo de esto último. Víctima de crisis depresivas y de su dependencia con su hermana, Pascal murió muy joven (antes de los 40 años), dejando una gran obra. Tuvo otra frase perdurable: “Toda religión que no afirme que Dios está oculto, no es verdadera”.

Pero hoy, algún tipo de dios está presente y también oculto en nuestras vidas. Es el fantasma que circula en las pantallas. Esos son los dioses que nos salvan y nos condenan. Nos sentimos fatigados si nuestro celular tiene poca batería. Que no haya Internet en casa crea una alarma y zozobra generales. Mientras haya, seguimos escuchando con provecho las recomendaciones de amigos sobre series nuevas. Ante todos los sistemas virtuales que nos atrapan y nos definen, creo que hay que aprovecharlos (sobre todo con la pandemia y en invierno) pero en algún momento del día lo mejor es desobedecer a Pascal y salir a la calle. Salir a cualquier sitio, de preferencia a uno lejano. Caminar, detenerse, sentarse en una banca. Si no hay nadie cerca, también podríamos quitarnos la mascarilla un momento. El aire es un bien común y vale la pena disfrutarlo en estos tiempos de escasez y esperanza.