“Preocupa que el ímpetu inicial que llevó al Perú a ser el primer país latinoamericano en establecer la inamovilidad obligatoria parezca dar paso a la inercia clásica de nuestro aparato público”. (Ilustración: Víctor Aguilar Rúa).
“Preocupa que el ímpetu inicial que llevó al Perú a ser el primer país latinoamericano en establecer la inamovilidad obligatoria parezca dar paso a la inercia clásica de nuestro aparato público”. (Ilustración: Víctor Aguilar Rúa).
Janice Seinfeld

Directora ejecutiva de Videnza Consultores

Conferencias de prensa de hora y media en las que se anuncia lo que se hará y no lo que –efectivamente– se está haciendo, ¿son acaso una estrategia de comunicación eficiente?

“En estos 54 días, hemos estado evaluando dónde están los principales focos de contagio. Y los focos de contagio se dan, entre otros, en los mercados, en los bancos donde las personas van a cobrar sus bonos, en los vehículos de transporte y en los paraderos. En cada uno de esos espacios tenemos que intervenir”, sostuvo el presidente el . ¿Cincuenta y cuatro días para “confirmar” aglomeraciones que, desde el inicio de esta crisis, venían siendo denunciadas en redes sociales y medios de comunicación?

Preocupa que el ímpetu inicial que llevó al Perú a ser el primer país latinoamericano en establecer la inamovilidad obligatoria parezca dar paso a la inercia clásica de nuestro aparato público. Cómo explicar, si no, que el mandatario anuncie que, junto con autoridades locales y asociaciones de comerciantes, este mes para reordenarlos y garantizar su salubridad. ¡Este mes! También dijo que se controlará el aforo diario en el transporte público. ¿Cómo? ¿Desde cuándo?

El Gobierno amplía la cuarentena, modifica , anuncia multas, pero empezamos a escuchar cada vez más tráfico en las calles, continuamos viendo imágenes de aglomeraciones –incluso tiendas abiertas y vendedores ambulantes instalados en veredas del Centro de Lima–, y sabemos que alargar la inmovilización social es inviable para quienes viven con lo que ganan en el día. El argumento de que si el brote se descontrola, será por culpa tuya, peruano irresponsable, podrá aplicarse a casos puntuales; pero su generalización resulta ofensiva.

“Yo te convoco, peruano, peruana. ¡Ayúdanos! ¡Ayúdate!”, dice Vizcarra. ¿Somos los peruanos unos adolescentes perpetuos que desafiamos a la autoridad y nos creemos inmortales? ¿Carecemos acaso de sentido común? Ninguna evidencia lo sustenta. Lo que sí puede explicar este incumplimiento es la falta de confianza en nuestras instituciones.

El estudio “Using social and behavioural science to support COVID-19 pandemic response”, publicado a fines de abril en la revista científica “Nature Human Behaviour”, sostiene que una población que desconfía de sus autoridades difícilmente acatará sus indicaciones. Y como ejemplo cita la crisis del ébola en Sierra Leona, donde las recomendaciones sanitarias fueron encargadas a los líderes religiosos cuando fracasaron las intervenciones de expertos extranjeros.

Acercándonos al fin de la cuarentena, bien haría el Ejecutivo en identificar distintos espacios de enseñanza –incluidas sus conferencias de prensa– que permitan reforzar, machaconamente, cómo evitar los contagios: la importancia de no tocarnos la cara y de toser cubriéndonos con el brazo, cómo mantener la distancia social, cómo lavarnos bien las manos, cómo usar la mascarilla. Sabemos que es muy difícil cambiar los hábitos de las personas, incluso si su salud está bajo amenaza –ahí están los fumadores como mejor prueba–. Pero, mientras esta sea la mejor forma de protegernos, es lo que debemos hacer.

Otro estudio, titulado “Applying principles of behaviour change to reduce SARS-CoV-2 transmission” y elaborado por tres especialistas en ciencias del comportamiento, revela que las personas nos tocamos la cara entre 10 y 35 veces por hora. Para evitar la propagación de este coronavirus, sugieren acciones sencillas como acostumbrarnos a cruzar los brazos, entrelazar los dedos o meter las manos en los bolsillos. Advierten, asimismo, de un sesgo cognitivo por trabajar, y es la desproporción obvia entre el problema y la solución: lo difícil que puede ser interiorizar que controlar la mayor crisis sanitaria en un siglo está, literalmente, en nuestras manos, y pasa por dejar de tocarnos la nariz y los ojos.

Es indispensable trabajar la adherencia al distanciamiento social y a los citados hábitos para disminuir la ola de contagios y evitar rebrotes. Ningún país, menos uno tan informal y desigual como el nuestro, puede darse el lujo de desandar lo avanzado.