Aprender de los animales, por Pedro Suárez-Vértiz
Aprender de los animales, por Pedro Suárez-Vértiz

Esta semana fue el Día Mundial de los Animales. Se lo merecen porque de ellos, aunque no parezca, todos aprendemos mucho. La historia a continuación es alucinante de por sí, pero tiene un segundo mensaje que quedó marcado en mí para siempre. Chayo Saldarriaga –reconocido fotógrafo y músico peruano– vivía en una casita de adobe muy bonita, de tejas rojas y ventanas blancas, en la calle Atahualpa, Mirafl ores. Era la famosa zona del barrio de Coronel Inclán, célebre por los múltiples trovadores que vivían alrededor de esa larguísima vía que une el Olivar de San Isidro –cambiando de nombre a Prolongación Arenales– con el corazón de Miraflores.

La vida de mi amigo transcurría entre juegos callejeros y el tocar la guitarra con los amigos de barrio y la escuela. Chayo fue uno de mis primeros héroes cuando yo era niño. Estaba en mi colegio dos promociones más arriba que yo y tocaba todos los instrumentos. Lo seguíamos a todas partes esperando que sacara su guitarra y cantara una canción o que nos contara una de sus peculiares historias de la vida real.

Un día tocó a su puerta una señora que vendía perritos. Él, a sus 10 añ os, siempre habí a deseado una mascota y el amor se dio a primera vista. Su hermana mayor y él fueron en busca de los ahorros de todo el año y decidieron comprar una hembrita. Le pusieron por nombre Nena. A medida que crecí a, se volví a más juguetona y cariñosa. Todos en casa estaban felices con su compañía. Era de pelo largo, color caramelo, con mechas rubias y naranjas. Pero a los dos años llegó otra mascota a la casa. Era una tortuga muy ágil. Corría como si tuviera un motor. La perra, como siempre juguetona, no demoró en empezar a atormentar a la pobre tortuga.

Todo el día la buscaba para mordisquearla e intentar sacarla del caparazón cuando esta metía la cabeza. Esta acción de protección de la tortuga intrigaba sobremanera a la perrita. A pesar de corregirla, la Nena vivía obsesionada con lo que consideraba su juguete nuevo. Llevaba a la tortuga en el hocico y la zarandeaba y lanzaba cual muñeco todo el tiempo.

Chayo contó: “Una noche, cuando la familia tomaba lonche, se escucharon unos alaridos espeluznantes. Muy confundidos, nos alarmamos terriblemente al tratar de descifrar de donde salían estos macabros estertores de dolor y suplicio. Sonaban como si provinieran de un calabozo de torturas”

Se pusieron de pie con los pelos de punta y al darse cuenta que los gritos de dolor llegaban de su propia casa, se asustaron aún más. Corrieron al jardín que quedaba al fondo de la pequeña casa y, entre las sombras de la noche, vieron a la perrita con algo que le salí a de boca. Nadie se atrevía a prender la luz por miedo a ver algo horrible. Jamás imaginaron que de un perro pudieran salir alaridos tan desgarradores. Todos pensaron que se le estaban saliendo las tripas por la boca. No sabían qué hacer.

El papá de Chayo prendió la luz finalmente y descubrieron la dantesca realidad. Lo que le salí a de la boca no eran las tripas: era la lengua de la perra desencajada por el peso de la tortuga que se le había prendido como una engrapadora. En su afán de poner fin a tanto mordisqueo, había calculado sabia y pacientemente el momento preciso para morderle la lengua y no soltarla hasta dejar en claro quién mandaba.

A duras penas lograron que la tortuga suelte a la perrita y pasado el fatídico momento, todos se echaron a reír. Nena había recibido su merecido por tanta desconsideración. Nunca más se acercó ni a un metro.

Las tortugas tienen 220 millones de años en el planeta y pueden vivir hasta los 250 años. Moraleja: no te hagas el vivo con los viejos.

Esta columna fue publicada el 8 de octubre del 2016 en la revista Somos.