"En su libro “La vida secreta de los árboles”, Peter Wohlleben revela que todos viven en una estrecha comunidad, crían y mantienen a sus hijos y se envían mensajes entre sí a través de sus redes de raíces". (Ilustración: Giovanni Tazza)
"En su libro “La vida secreta de los árboles”, Peter Wohlleben revela que todos viven en una estrecha comunidad, crían y mantienen a sus hijos y se envían mensajes entre sí a través de sus redes de raíces". (Ilustración: Giovanni Tazza)
Alonso Cueto

Escritor

Para huir de los pensamientos delirantes, propios de cualquier encierro, salgo en dirección a una farmacia. Sé sin embargo, que el momento más afortunado del viaje es el de cruzar el parque que está cerca de mi casa, un espacio interminable que recién he descubierto durante las últimas semanas. No olvido que soy uno de los pocos afortunados, en y en cualquier ciudad, que tiene un parque cerca. Hoy llego hasta allí a toda prisa y una vez dentro, me detengo un instante. El momento me permite explorar su silencio, y mirar a mi alrededor.

Los a cuyo lado he pasado muchas veces aparecen frente a mí, con un aspecto renovado por su calma. Es una calma fluida y llena de rumores ligeros. Las hojas y ramas se mueven de vez en cuando y nada altera la fortaleza de los troncos aferrados a la tierra. La mayoría son los altos y frondosos árboles tipa, nativos de la sierra y tan comunes en Lima. Pero también hay algunas poncianas, creadoras de sombras, de hojas finas y numerosas, a veces cubiertas de flores. Más allá aparece un pino alto y pretencioso y algo más cerca, una palmera. Esta última, como se sabe, crece en cualquier clima y luce una corteza dura que busca el premio de un penacho sensual en las alturas.

Mientras voy mirando, alguna gente pasa por el parque con sus mascarillas y bolsas, indiferentes a todo lo que nos rodea. Frente a mí, un árbol muestra un conjunto de troncos delgados que se disparan hacia arriba, como si fuera un batallón que ha decidido atacar coordinadamente al cielo. Otro, más cerca, solo muestra dos o tres ramas que siguieron su curso juntas y después se separaron, como hermanos que buscaron su propio camino, aunque nunca se alejaron del todo.

En su libro “La vida secreta de los árboles”, Peter Wohlleben revela que todos viven en una estrecha comunidad, crían y mantienen a sus hijos y se envían mensajes entre sí a través de sus redes de raíces. Estas les sirven para defenderse de las amenazas (por ejemplo, las acacias lanzan un gas etileno, para advertir a los otros árboles que un animal viene a alimentarse de sus hojas). Aun cuando las raíces no se tocan bajo tierra, desarrollan unos sensores de hongos que funcionan como un sistema nervioso. Los árboles también pueden distinguir las raíces de su familia de las de otras. Juntos crean ecosistemas para sostener sus temperaturas y almacenar agua. Ya que su fortaleza está basada en las relaciones colectivas, cada uno de los árboles es necesario para la supervivencia del grupo. Wohlleben también llega a la conclusión de que los que coexisten en una tienen una vida mucho más larga que la de los árboles solitarios. No es casual que los árboles más antiguos del mundo pertenezcan a bosques extensos.

En el silencio del parque, animado por una bandada de pájaros negros, recuerdo que durante siglos hemos escogido al árbol como un símbolo de algo esencial. El Árbol de la Vida, el Árbol de la Sabiduría, el árbol de las yunsas y las Navidades forman parte de nuestros mitos y rituales. Recuerdo también que mi amigo Gustavo Bueno me ha hecho toparme con una frase de Quevedo: “Uno a uno todos somos mortales. Juntos somos eternos”. No es una enseñanza sino apenas una descripción que hemos ignorado muchos años. Mientras la luz de la tarde se filtra entre las ramas, pienso que lo mejor será no ir a la farmacia y volver a la casa con esta imagen.

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