Arte contemporáneo, por Pedro Suárez-Vértiz
Arte contemporáneo, por Pedro Suárez-Vértiz

El esperadísimo concierto de los en el Perú fue para muchos un sueño que, luego de varias postergaciones, se hizo realidad. Somos miles los que hemos esperado la llegada de esta emblemática banda, que nos tuvo en ascuas por casi dos años. Keith Richards fue el culpable pues mencionó ‘Perú’ como jugando en Internet y todos nos volvimos locos. Nunca más abrieron la boca. Bastó ese detalle para que todos los fans, medios y empresarios empezaran a especular obsesivamente con la visita de los ingleses. Rumores y rumores. Recuerden que en nuestro ADN están los traumas de las históricas cancelaciones de los conciertos de Santana y Michael Jackson en Lima, con casi todos los tickets vendidos.

Como muchos saben, yo soy beatlemaniaco –mis condolencias por la muerte de su genial arreglista George Martin, esta semana– y rollingstoniano desde que recuerdo. Mis canciones siempre han sido influenciadas por ellos y otros grandes de aquella época. Este gusto por la música de los Rolling Stones me ha llevado a verlos en vivo en varias oportunidades y en contextos totalmente diferentes. Pero la emoción de que toquen en tu país es algo muy distinto. Viajé a la Argentina para verlos en el estadio River Plate. La actitud de los fanáticos argentinos –muchos ya la conocemos– es cantar y cantar todo el tiempo. Como si estuvieran en un partido de fútbol. El furor y el amor a esta banda son mostrados de esa forma, como no los he visto en otro lado. Corean hasta los riffs de guitarra. En el boxset The Biggest Bang, los mismos Rolling Stones manifiestan que no entendían por qué cantaban tanto ‘olé, olé, oléeeeeee…’. Finalmente comprendieron que es un entusiasta cántico de estos lares y por eso decidieron llamar Olé Tour a esta gira.

Yo siempre he sufrido de claustrofobias y en esa oportunidad no me atreví a meterme a las primeras filas de la cancha en Buenos Aires. Era una aplastadera total. Luego viajé con mi esposa, hijos –el menor de tres años se quedó con mi mamá– y hermana a Miami a visitar a mi hermano Patricio y a ver a los Rolling Stones en el American Airlines Arena. Entonces dije: “Esta es la oportunidad perfecta para que mis hijos vivan lo que es un concierto de los Stones en una ‘arena’ –coliseo–, sentados cómodamente y en las primeras filas. Algo imposible en Sudamérica. Nos fuimos todos al concierto. Patricio invitó a mi hija –que es su ahijada– y a mí. Yo, al resto. Mis hijos sentían que Mick Jagger les bailaba y cantaba a ellos cuando se acercaba a la zona donde estábamos sentados. Sentían que el mismo Mick los miraba. Les impactó ese carisma de cuando esta banda toca y eso es lo que yo quería que compartieran conmigo. Por ello no había urgencia de verlos acá. Ni compré tickets.

Pero el mismo domingo, temprano, me llamó mi amiga Luciana Olivares para regalarme dos entradas en la mejor zona y no titubeé: acepté su generosa invitación. Sin embargo, vino a mi cabeza mi claustrofobia y decidí que era mejor que fueran mis hijos mayores, ya esta vez con 21 y 18 años. Porque con McCartney en el Estadio Nacional la gente casi me carga para hacerme crowd surfing (cuando alguien es llevado sobre las cabezas en una multitud), por lo que me vi obligado a subir a la tribuna. Les dije entonces a mis hijos que se fueran juntos. No dudaron ni un segundo en cortar su día de playa y volaron a Lima, buscaron polos con la lengua entre los que tenemos en la casa –incluso les prestaron polos a sus amigos, que también fueron– y zarparon al estadio Monumental. Una vez allá me mandaban miles de videos de los mejores momentos del concierto. Lo que puedo decir y sentir con esto es que he vivido la emoción de ver a los Rolling Stones una vez más a través de ellos y me satisface que conozcan y sepan lo que significa esta banda para la historia de la música. Es parte de su educación.

Esta columna de Pedro Suárez-Vértiz fue publicada en la revista Somos. Ingresa a la página de Facebook de la publicación 

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