"Por eso esta segunda quincena es decisiva. Ojalá así lo entendamos todos y colaboremos al máximo". (Ilustración: Giovanni Tazza)
"Por eso esta segunda quincena es decisiva. Ojalá así lo entendamos todos y colaboremos al máximo". (Ilustración: Giovanni Tazza)
Carlos Basombrío Iglesias

Analista político y experto en temas de seguridad

En un pequeño pueblo frente al mar, súbitamente las aves comienzan a actuar de una manera extrañamente agresiva, picoteando con el deseo de hacer el mayor daño a los humanos; poco a poco son más, más y más, a tal punto que tapan la vista del horizonte e inician una ofensiva masiva contra las personas. Obviamente me refiero a “Los pájaros” (1963), una de las obras maestras de Alfred Hitchcock.

Aunque pareciera, no lo siento una metáfora sobre el virus que hoy nos enclaustra, que es horrible hasta en lo estético. Lo que busca Hitchcock es hacernos sentir terror frente a los usualmente dóciles y que huyen a la menor cercanía de las personas, convertidos ahora en violentos animales que quieren descargar toda su agresividad para acabar con nuestra especie. ¿Qué quiere decirnos?

El párrafo final de la novela de Daphne du Maurier “The Apple Tree” (1952), en la que Hitchcock se inspiró para esta película, nos ayuda a descifrarlo. En esas líneas, el personaje central ya derrotado y tratando de encontrar una explicación al feroz ataque de los pájaros “se preguntó cuántos millones de años de recuerdos estaban almacenados en aquellos pequeños cerebros, tras los hirientes picos y los taladrantes ojos, que ahora hacían nacer en ellos este instinto de destruir a la humanidad, con toda la certera y demoledora precisión de unas máquinas implacables”.

Haciendo un diálogo con lo que hoy ocurre, quizás las otras especies no quieren venganza y solo reclaman mejor convivencia. En imágenes y videos de diferentes lugares del mundo se ve animales poco a poco retomando control de sus entornos y disfrutándolos a plenitud (para empezar en la limeña Costa Verde), pero miran todavía de soslayo, no vaya a ser que reaparezca el depredador al que más temen: nosotros.

Y vamos a regresar –magullados, pero regresaremos–. Y cuando lo hagamos, no debiéramos olvidar las múltiples lecciones de lo sufrido. La principal, creo: no hay planeta que pueda seguir soportando 7.000 millones de personas, a menos que cambiemos radicalmente muchas cosas y de manera muy rápida.

Pero estas reflexiones chocarán con la fuerza de las cosas y las alegrías y angustias del día a día pueden tender al olvidarse, y volver a ser los mismos. Algo así como la peste del olvido que sacudió a Macondo y que se trató de remediar con papelitos encima de cada objeto para saber qué eran las cosas, para luego poner otros explicando para qué servían.

Hasta que llegó al pueblo un anciano y José Arcadio “lo saludó con amplias muestras de afecto, temiendo haberlo conocido en otro tiempo y ahora no recordarlo. Pero el visitante advirtió su falsedad. Se sintió olvidado, no con el olvido remediable del corazón, sino con otro olvido más cruel e irrevocable que él conocía muy bien, porque era el olvido de la muerte. Entonces comprendió. Abrió la maleta atiborrada de objetos indescifrables, y dentro de ellos sacó un maletín con muchos frascos. Le dio a beber a José Arcadio Buendía una sustancia de color apacible, y la luz se hizo en su memoria. Los ojos se le humedecieron de llanto, antes de verse a sí mismo en una sala absurda donde los objetos estaban marcados, y antes de avergonzarse de las solemnes tonterías escritas en las paredes, y aún antes de reconocer al recién llegado en un deslumbrante resplandor de alegría. Era Melquíades”.

De mis divagaciones, retorno a tierra, donde, para que haya un futuro que cambiar, debemos derrotar hoy a este otro virus. Y para este los epidemiólogos son nuestros Melquíades y ellos dicen que la perseverancia en hacer lo correcto es el único camino. Y en eso estamos, por lo menos acá. Pero hay que ser conscientes de que esta segunda quincena va a ser más difícil. Hay muchísima gente que está llegando a los límites de su capacidad de gastar sin generar ingresos. El reto es mayor también por el cansancio que deben tener los operadores de salud, de la policía y de la Fuerzas Armadas, así como de otros sectores a cargo de enfrentar la emergencia.

El 13 de abril no tendría sentido levantar o flexibilizar las medidas, si con ello pusiéramos en riesgo todo el esfuerzo; pero, a la vez, no queda claro si la mayoría de la población podría sobrellevar, razonablemente bien, un plazo adicional.

Por eso esta segunda quincena es decisiva. Ojalá así lo entendamos todos y colaboremos al máximo.

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