"¿Debemos sacar alguna lección de la experiencia casi antiplanificadora de los años noventa?". (Ilustración: Giovanni Tazza)
"¿Debemos sacar alguna lección de la experiencia casi antiplanificadora de los años noventa?". (Ilustración: Giovanni Tazza)

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Si se encuentra a la orilla de un río caudaloso que jamás ha sido navegado, y su única opción es recorrerlo en un frágil kayak, ¿a quién prefiere contratar como piloto? ¿A alguien que ha pasado noches en su escritorio, imaginando la probable ubicación de cada roca y curva, y preparando un detallado plan de viaje? ¿O al piloto sin plan concreto, pero que ha demostrado tener reflejos en aventuras similares?

La planificación del desarrollo nació en el Perú durante la Junta Militar de 1962-1963, apoyada por expertos enviados desde Santiago por la (Comisión Económica para América Latina), un equipo dirigido por el economista chileno Pedro Vuskovic. Diez años después, Vuskovic estaría de regreso en Chile y aplicaría sus artes planificadoras como ministro de economía del presidente Allende. El “Plan Vuskovic” rápidamente produjo tal desorden, inflación y escasez que se volvió el pretexto para el golpe militar que terminó con el gobierno de Allende. La versión peruana fue, como uno se imaginaría, más criolla, y nunca llegó a los niveles radicales de ejecución que tuvo la chilena, cosa que diluyó y dilató los efectos de las ilusiones planificadoras, pero, como sabemos, finalmente tuvo un desenlace similar.

Como es evidente, la importancia de la planificación está en relación directa con la posición ideológica: más izquierda exige más papel del Estado y más planificación, llegando a los extremos de los países comunistas del bloque ruso. Por eso sorprende recordar que quien nos empujó hacia los planes fuera el gobierno de los Estados Unidos. El ofrecimiento de ayuda del presidente Kennedy –la “Alianza para el Progreso” – tuvo como condición la aprobación de un plan nacional, y se creó el grupo técnico de los “Nueve Sabios” para evaluarlos (un peruano, Jorge Grieve, integró el distinguido grupo). La exigencia fue reforzada por el Banco Mundial en sus primeros años, negándose a prestar a un país que carecía de plan. Pero la ilusión planificadora duró poco, y tuve la suerte de descubrir la razón en forma muy directa cuando asistí a la exposición de un exjefe de planificación del gobierno comunista de Polonia. Según el expositor, uno de los resultados de la estatización casi total había sido la desinformación casi total. Nadie creía en ningún informe oficial, y para seguir operando, cada gerente debía crear una red personal de informantes.

Revisando nuestra propia historia lo que destaca es la corta vida y la rápida obsolescencia de los planes. El mundo imaginado por el Plan Inca del gobierno de Velasco no incluía la disparada del precio del petróleo en los años setenta, ni el caos inflacionario y devaluatorio que sobrevino a mediados de la década, ni el terremoto que destrozó Chimbote, Huaraz y gran parte de Ancash. Tampoco se previó el masivo rechazo campesino a los planes para crear cooperativas agrarias. La llegada de sorpresas pareció acelerarse durante los gobiernos de y García en los años ochenta, incluyendo una crisis financiera internacional, un desastroso Fenómeno del Niño, una pasmosa explosión de terrorismo y un salto inflacionario.

¿Debemos sacar alguna lección de la experiencia casi antiplanificadora de los años noventa? Ante el naufragio que se vivía se procedió a una recatafila de iniciativas económicas y políticas acompañadas por un “que Dios nos ayude” del ministro Hurtado Miller. En cuanto al futuro, todo indica que el río viene aún más movido, en lo económico, lo político y lo social, y si bien no descartaría el valor que podría tener el plan de un gobierno futuro para prepararnos, sí recomendaría que cada página lleve impresa la frase “que Dios nos ayude”.

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