Bulevares y huaicos, por Pedro Suárez-Vértiz
Bulevares y huaicos, por Pedro Suárez-Vértiz

Recuerdo haberme puesto a pensar el verano pasado en que el calentamiento global aparentemente estaba llegando más rápido de lo que esperábamos. Esto debido al intenso calor que sentíamos todos los días. Pensé que a partir de ese momento cada temporada de sol sería más calurosa que la anterior y me empecé a preocupar. Las temperaturas eran insoportables. Este año, cosa nueva, cada día llueve más que el anterior y los fines de semana –cuando la gente frecuenta más la playa– los días no dejan de estar nublados.

Tiempos alocados que han terminado llenando de huaicos a miles de pueblos. No es así como se mide el calentamiento global, ojo, aunque con esas palabras haya empezado el artículo. Pero sí el desorden climático universal es una de sus antesalas. Véase el crudo frío europeo, con calentamiento y todo. También el fenómeno de El Niño hace más confusas las cosas.

Eso no quita irónicamente la diversión y el relajo que trae consigo el verano de estos lares al público que vive en zonas libres de inundaciones. Recuerdo que el bloqueador y el calentamiento global no estaban tan en boga como ahora. Solo el hueco en la capa de ozono. Todo ha cambiado hoy. Cuando mis hijos eran menores, nos íbamos siempre de campamento a una playa del sur llamada Wakama. Hoy han construido mucho ahí y se ha expandido más. Pero antes solo era un paisaje enorme con unos lindos bungalows al comienzo del terreno y el resto era desierto. Nos íbamos en la camioneta por la arena hasta el fondo, donde al mirar al norte y al sur no veíamos nada. Era un escenario realmente prehistórico, más que una playa desierta. Era un lugar virgen donde estábamos alejados de todo. No había lugar en Lima que pudiera darte tal sensación paradisiaca. Nos quedábamos a acampar el fin de semana con amigos cercanos y sus familias.

Mientras los otros niños se metían al mar con sus delfines u orcas de plástico, yo llevaba colchones infalibles king size para mis hijos. Se divertían mucho. Era una idea loca que no a muchos se les ocurría. Ellos amaban los colchones y en las mañanas se paraban impacientes a mi costado a esperar que los infle para meterse al mar. Lamentablemente, por lo que veo ahora, ya no hay donde acampar. Las playas están saturadas de gente, de casas, fábricas o edificios. La sobrepoblación es una de las causas por las cuales nos vemos obligados a seguir construyendo y malogrando playas que deberían quedarse vírgenes para siempre.

Por ello, la ciudad también es una inusual pero interesante opción. El verano en Lima es bonito. Pasear en bicicleta los domingos por el malecón era una de mis actividades favoritas, y seguramente la de muchos también. Se puede ver a los gatos en el parque Kennedy, que se echan a tomar sol y que no se mueven ni aunque les pase una bicicleta a un centímetro de los bigotes. Las calles están relativamente vacías, pero mucha gente sale a caminar. El malecón está muy visitado, más todavía alrededor de las 6 de la tarde, en que empieza la puesta del sol, muchas veces con una gama de colores alucinantes en el cielo. Volviendo al tema playero. Vayan a hacer huecos en la arena, a comer helado, a juntarse con los amigos y familiares, a broncearse, pero siempre con responsabilidad. Resulta agridulce para mí escribir de la gente veraniega sin problemas, y a la vez de aquellos que viven en las afectadas quebradas costeras abatidas por los huaicos. Solo me queda decirles que tanta agua no significa que esta nos vaya a sobrar, que seamos más precavidos y no nos engañemos con que el calentamiento global es un disparate.

Esta columna fue publicada el 28 de enero del 2017 en la revista Somos. 

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