(Ilustración: Giovanni Tazza)
(Ilustración: Giovanni Tazza)
Alexander Huerta-Mercado

Antropólogo, PUCP

Pese a que su vida fue corta, George Orwell la vivió de una manera tan intensa como su obra. Participó en la guerra civil española, la Segunda Guerra Mundial y fue funcionario británico en la entonces colonizada Birmania, hoy Myanmar. En este último lugar escribió una narración titulada “Matar a un elefante” (publicada en 1936), que no sabemos si es autobiográfica.

En ese texto, los habitantes de una aldea birmana denuncian que un elefante se ha vuelto agresivo y constituye un peligro. Entonces, exigen al poder colonial colaborar para terminar con ese flagelo. El narrador protagonista es el funcionario británico que se apersona a la zona rodeado de miles de aldeanos que lo ven con desprecio y cierta burla.

El inglés del relato encuentra al elefante ya calmado, pero también a toda la población observándolo y esperando que haga algo. Presionado y confundido, dispara al animal y, preso del remordimiento, se da cuenta de que esta colonización no solo daña a los sometidos sino que degrada a los colonizadores. El funcionario admite para sí mismo que hizo lo que hizo para no ser visto como un tonto.

Creo que algo parecido nos está pasando con la comunicación moderna que irrumpe en nuestro espacio privado (desde los primeros días de la radio hasta la relación interactiva que tenemos en Internet). Nos sentimos observados, juzgados y sometidos por un grupo que nos vigila y orientamos nuestras opiniones por miedo a no ser queridos.

Internet se ha convertido en una arena de lucha por la difícil economía de la atención. Algo que no es fácil de lograr, pero sí de manipular en el interior de lo que se ha definido en el Diccionario de Oxford como posverdad: “Circunstancias en las que los hechos objetivos son menos decisivos que las emociones o las opiniones personales a la hora de crear opinión pública”.

Esta definición habría sido la pesadilla de los filósofos griegos que desde los presocráticos diferenciaban la verdad de la opinión. Y también lo es para los sufridos profesores de humanidades que piden contestar los exámenes con teoría y no con opiniones propias. Aquí se genera lo que el periodista español David Alandete describe como una burbuja: cuando una mentira se comparte en la red miles de veces con fines políticos o comerciales.

Una de las obras más emblemáticas de Orwell es “1984”. La novela explora una visión pesimista de un futuro caracterizado por la dictadura, el control del pensamiento y la conversión de los humanos en seres sumisos. El liderato omnipotente al estilo de un dios vigilante fue un “gran hermano” que se constituía en un ente que observaba cada movimiento y sancionaba cada transgresión.

El “gran hermano” como figura política vigilante, sin embargo, no ocurrió como Orwell lo sugirió. Ha irrumpido algo peor. En esta burbuja de Internet podemos ver algo que ya existía en el espacio público de la modernidad. No necesitamos un ojo gigante que nos observe, todos nos vigilamos y tenemos insertado en nuestro cerebro el concepto de lo que nos han enseñado que es “normal” o “correcto”.

En estos tiempos somos policías de nosotros mismos. Tenemos miedo de lo que los otros dirán y sentimos vergüenza de hacer cosas “inadecuadas”. Los linchamientos mediáticos, la burla compartida y las acusaciones que sentencian sin presunción de inocencia son muestra de esta gran tiranía de miles de ojos acosando y acusando.

Aun así, también Internet ha albergado espacios de resistencia y denuncia, como es el caso de los grupos de defensa de los derechos de las mujeres. Entre las principales armas que estos grupos han tenido están sus propios integrantes. Los testimonios publicados en redes sociales, que a muchos nos han producido escalofríos, han permitido descubrir qué dura vida se alberga en un país machista en donde el poder es patriarcal en todas sus dimensiones (sea en la casa, el área de estudio, el trabajo o el espacio público).

Así, de manera bastante libre de censuras, con pasión y una furia desbordante se ha formado una sororidad (una palabra que la academia de la lengua observa como un americanismo que alude a una fraternidad femenina unida por un mismo ideal). En este caso, la sororidad excede al Internet y promueve acciones y marchas, cambios de consciencia y de sistemas educativos para no quedarse solamente en la burbuja.

No es extraño que la actual sororidad encuentre resistencias y temores. Si hay algo que la historia occidental nos ha enseñado es que ha sido muy frecuente evitar la reunión de mujeres, a menos que sea en claustros. En casi todos los casos, las fraternidades femeninas han sido perseguidas e incluso exterminadas, acusadas siempre de transgresoras, peligrosas, radicales o disruptivas.

Lamentablemente, parece que no hemos cambiado como sociedad y la violencia contra la mujer se ha normalizado a tal punto que las protestas y justas demandas son juzgadas de subversivas o exageradas. Lo cierto es que estamos ante un primer y valioso paso que logrará concretarse cuando todos nos unamos a la causa del respeto y la igualdad de derechos y dejemos el deporte nacional que es el juicio, el reproche y la nula empatía.

Internet y el pequeño universo ilusorio que genera en sí es, pues, un campo lleno de peligros y oportunidades. Es un área de aparente libertad de expresión y denuncia. Sin embargo, es también el área en donde corremos constantemente el peligro de dejar de pensar por nosotros mismos y llevarnos por la emoción. Se trata del espacio en el que la ilusión del libre pensamiento contrasta con el peligro del miedo a opinar distinto, a expresar nuestro modo de sentir con temor al rechazo masivo o a seguir cómodamente la ideología de “los buenos” sin cuestionarla.

George Orwell, un socialista confeso, quedó consternado por el contradictorio proceso en que la revolución rusa era seguida por el estalinismo dictatorial. Esto lo llevó a reflexionar acerca de la capacidad del poder y el temor para ejercer control en el comportamiento de las personas.

Animado a hacer una obra que combinase la creatividad artística y el ensayo político, Orwell publicó en 1945 “Rebelión en la granja”, una alegoría a una revolución socialista de un grupo de animales domésticos que se rebela contra un irresponsable y tirano granjero. Luego de un armonioso primer momento de victoria y acuerdo, una facción de los animales toma mayor poder y, bajo el temor sembrado acerca del posible regreso de los humanos, articula una dictadura basada en el miedo y el condicionamiento.

Esta increíble metáfora contada desde la perspectiva de cerdos, perros, burros, caballos y ovejas nos recuerda la fragilidad con la que podemos perder nuestro libre pensamiento y nos evoca que, en muchos espacios de aparente democracia, si nos dejamos llevar por el miedo al rechazo y el seguir ciegamente al líder carismático o a la ideología que domina la burbuja, nos convertiremos en una granja sumisa.

Finalmente, cuando los inteligentes y maquiavélicos cerdos toman el control total de la granja orwelliana, cambian la norma fundante “Todos los animales son iguales” a “Todos los animales son iguales, pero algunos son más iguales que otros”.

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