En busca de un milagro, por Federico Salazar
En busca de un milagro, por Federico Salazar
Federico Salazar

Periodista

El gobierno pedirá facultades delegadas para, entre otras cosas, bajar el Impuesto General a las Ventas (IGV) de 18% a 17%. También quiere bajar la actual tasa de impuestos a los dividendos y subir, más bien, la tasa del Impuesto a la Renta.

El gobierno cree que la recaudación del Impuesto a la Renta aumentará y podrá compensar, en parte, la baja del IGV. Para que la renta aumente, sin embargo, es necesario que la economía crezca. ¿Puede garantizar el gobierno que esto sucederá?

Los cambios en tasas de impuestos tienen que hacerse al revés. Primero tengo que obtener los ingresos adicionales de un impuesto y recién después puedo bajar las tasas del otro. Bajar tasas antes de obtener ingresos es irresponsable.

En nuestras casas no gastamos el dinero hoy porque esperemos que nos aumenten el sueldo mañana. Lo sensato es tener primero el dinero y luego gastar. La economía no se hace sobre milagros.

“Plata en el bolsillo de la gente”, ha dicho el presidente. “Vamos a hacer que la economía crezca basada sobre todo en el aumento de consumo e inversión de la pyme”, ha argumentado el ministro de Economía.

Apostar por el aumento del consumo es una lotería. Inyectar a la calle dinero que tendría que ir al Tesoro favorece un tipo de consumo. Eso estimula la producción de algunos bienes y servicios. El problema, sin embargo, viene después.

La producción que se aumenta requiere del mismo estímulo para su siguiente ciclo. Esa mayor producción no necesariamente se convierte en mayores ingresos fiscales.

Según el ministro, los sectores C y D pagan 65% más de IGV. Es bueno pensar en ellos. Sin embargo, si hablamos del Tesoro Público, ¿cabe esperar de ahí una retribución de mayores ingresos formales para el fisco?

La baja general de impuestos es una buena idea. Obviamente, para cumplir su objetivo no puede ejecutarse al revés. Primero hay que mejorar la situación fiscal y después se pueden bajar las tasas.

La situación fiscal no es buena. El déficit anualizado a julio fue de 3,3% del producto bruto interno. El objetivo debe ser bajar esa relación.

El país, sin embargo, necesita mucha obra pública. ¿Cómo aumentar la obra sin aumentar el déficit? El único camino es la eficiencia del gasto.

El gobierno tendría que partir de un mapa de las ineficiencias del sector público. En qué se gasta mal, en qué se gasta dos veces, dónde se gasta en exceso.

Se puede aumentar el gasto necesario aumentando el total bruto. Si hay mucha ineficiencia, no obstante, mucho aumento se traducirá en poca obra necesaria.

El gasto tiene su propia inercia. Hay sueldos, contratos, presiones y demandas. El gasto no va a mejorar por milagro. Hay que saber dónde hay que apretar y dónde hay que invertir. Se requiere visión y autoridad.

Necesitamos aumentar el número y tamaño de las comisarías, su infraestructura, su tecnificación. Necesitamos más personal y más capacitación. Lo mismo sucede con las cárceles, los juzgados, los hospitales y las escuelas, con las carreteras, los puertos y aeropuertos.

¿Dónde está la propuesta del gobierno de recomposición del gasto? ¿Dónde está su diagnóstico de las ineficiencias? ¿Ha evaluado en qué cosas innecesarias se desperdicia el aporte de la gente?

Para atender el gasto necesario no debemos ahondar el déficit. Tenemos, más bien, que desplazar el gasto innecesario. La ilusión de crecer porque inyectamos dinero comprueba la fe del gobierno en sí mismo, pero desestima la sensatez en el manejo del dinero.

Primero debe ser la reforma del gasto. Solo después, la reducción de impuestos. El gobierno lo entiende al revés.

El Congreso no debe obstruir el manejo económico, pero tampoco debe firmar un cheque en blanco. El Congreso debería corregir al gobierno en el tema fiscal, pero eso requiere que los congresistas tengan claridad al respecto.

Ojalá el gobierno explique las razones de su planteamiento. Y ojalá que, al hacerlo, se base en la sensatez y no en la ilusión de los milagros de gobierno.