"Para Eve no hay un sitio seguro. Esta es su vida. Y Avilés nos lo muestra sin titubear. Así es para tantas mujeres en servicio domestico o de cuidados: mal remuneradas, marginadas, invisibilizadas, blancos para la explotación. Solas". (Ilustración: Giovanni Tazza)
"Para Eve no hay un sitio seguro. Esta es su vida. Y Avilés nos lo muestra sin titubear. Así es para tantas mujeres en servicio domestico o de cuidados: mal remuneradas, marginadas, invisibilizadas, blancos para la explotación. Solas". (Ilustración: Giovanni Tazza)
Leda Pérez

Profesora e investigadora en la Universidad del Pacífico

Hace unos días, la cineasta Lila Avilés ganó el premio de mejor ópera prima en el Festival de Cine de Lima, organizado por la Pontifica Universidad Católica del Perú (PUCP), por su filme “La camarista”. La película me hizo pensar en la importancia de la mirada de quien relata la historia para contribuir a entendimientos más completos de situaciones complejas. En este largometraje, la narración la dicta una joven camarera de un lujoso hotel de Ciudad de México –Eve–, que lleva al espectador hacia sus quehaceres cotidianos.

Mientras acompañaba a Eve, no podía dejar de pensar en el director Alfonso Cuarón y en su aclamada “Roma”, en la que, pese a presentar a Cleo como una mujer inspiradora y colocarla como el personaje central de la trama, el que narra es Cuarón, con base en sus recuerdos de infancia.

Ambas películas han sido dirigidas por mexicanos, un hombre de mediana edad y una mujer joven. La primera relata una experiencia vivida hace casi 50 años, y la otra nos cuenta una historia mucho más actual. Ambas, sin embargo, centran su mirada en las labores de dos jóvenes, pobres, no blancas y que trabajan al servicio de otros. En los dos casos se nos presenta a personas cuyas existencias sirven para asegurar la comodidad de otros: Cleo lo hace en una casa llena de niños, quehaceres domésticos y dramas familiares, mientras que Eve se dedica a un hotel colmado de personas provenientes de diversas partes del mundo con necesidades de limpieza, alimentación y, muchas veces, atención personal.

Para Cuarón, situar a Cleo como la protagonista de “Roma” fue una manera de honrar a la niñera que jugó un papel clave en su infancia. Sin embargo, al basarse en su propia experiencia, no alcanzó a registrar los complejos sentimientos que –con seguridad– ella sintió con relación a su papel inferiorizado en la sociedad mexicana. En contraste, Avilés coloca la mirada del espectador en Eve, quien nos muestra directamente –a través de sus ojos y sus sensaciones– un testimonio del constante maltrato que sufre en su .

Por ejemplo, la película comienza con Eve limpiando una habitación desastrosa en la que encuentra a un huésped dormitando debajo de las colchas. Al descubrirse ambos, él solo le hace una seña con la mano para indicarle que se vaya –tal vez avergonzado de que la joven lo haya encontrado en una situación tan desagradable–. Eve también nos lleva al cuarto del huésped malcriado, que constantemente le pide objetos adicionales (el individuo es una suerte de acaparador de jabones y perfumes de hotel) y que, en lugar de agradecerle por su atención, la mira despectivamente. O al de la señora argentina que espera a su marido empresario en el hotel con su bebe, al que debe amamantar, y que engatusa a la joven Eve para que pase todos los días a encargarse un rato del niño a fin de que pueda ducharse tranquila. En contraposición, Eve aprovecha para ducharse en el hotel antes de salir hacia su lejano domicilio, que no cuenta con agua de caño.

Las escenas con la argentina, sin embargo, son engañosas. La señora es amable, aparentemente horizontal en su trato con Eve, y le paga a esta por su tiempo. Sin embargo, viendo la situación a través de la mirada de Eve, se percibe el abismo entre las dos: una cuenta con los recursos suficientes como para emplear a otra, quien, para salir a trabajar, necesita a su vez dejar a su propio hijo de 4 años a cargo de otra mujer pobre.

Al final, el poder está del otro lado y Eve, como tantas otras en su situación, es solo un instrumento que sirve para el momento. La señora parte luego de sugerirle un posible trabajo en Argentina, y ni siquiera se despide.

Y así prosigue la película, escena tras escena de huéspedes inconscientes —o indiferentes—, así como también compañeros de trabajo depredadores. Para Eve no hay un sitio seguro. Esta es su vida. Y Avilés nos lo muestra sin titubear. Así es para tantas mujeres en servicio domestico o de cuidados: mal remuneradas, marginadas, invisibilizadas, blancos para la explotación. Solas. Pero, gracias a Avilés y Eve, no mudas.